domingo, 11 de diciembre de 2011

Tríptico poemático: En Cruz. I

Tengo miedo a perder la maravilla

I

 
Tengo miedo a perder la maravilla
de tus manos volcánicas,
enraizadas en sarmientos
que abrazan la tierra con esperanza.

Temo la llegada de la nieve
que en invierno oculta su rostro
entre racimos doloridos.

Tengo miedo de la ausencia,
de palpar paredes encaladas a solas,
de encontrar tibias las aceras
y aún más frías las madrugadas.

Me dan pena los colores,
y las piedras,
las espigas quebradas,
los cordeles abandonados.

Por eso tengo miedo a perder tu maravilla
de la mirada delicada de tus ojos,
el roce de tu tacto en el lienzo,
maravilla,
maravilla de un día soleado
que quiebra las serenas estatuas
con la furia contenida de Dios.
________________________________________________________
Tengo miedo a perder la maravilla, según un verso de Federico Gª Lorca



sábado, 10 de diciembre de 2011

Tríptico poemático: En Cruz. II

          Te doy un poema



                II

Te doy un poema
de tarde intermitente
en esta hora en que los colegiales
juegan con las cerezas de la infancia.

Te doy un poema,
chico eterno de mirada montaña
que me hace hablar entre los ecos
aunque solo sea una voz
atenta a ti.

Y como pasan los relojes,
fusiles despiadados,
aquel tempus fugit,
carpe diem,
rosa-ae, puella-ae,
pasan,
ubi sunt,
vita-ae.
Mientras tanto la vida late lunas y lunas
y yo te doy un poema
en este ángulo del Mundo
arriesgado,
tenso,
armónico,
feliz,
tuyo.

Te doy un poema,
y es suficiente.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Tríptico poemático: En Cruz. III

Espera


III

Así como el campesino espera la lluvia de abril
y el panadero el olor de la harina fermentada,
                                  el artista espera su oficio algunas veces.
                                                 − Tal vez
sea mejor apuntar: siempre, siempre espera.
Por eso no encuentra una habitación para llorar,
sencillamente porque no existe.
Mas a pesar de todo
llegará otro tiempo distinto
en el que se confundan las algas y las mareas,
el trigo y la tierra,
las manos y el cemento.
A pesar de todo
ha estado bien la vida,
haberla vivido a manos llenas,
                              qué más quisieran muchos,
haberla bebido a grandes sorbos,
                             qué alegría la ebriedad,
haberla sentido a corazón abierto,
                             qué desazón maravillosa el amor.
A pesar de todo,
la espera es la misma vida,
y desde luego,
merece la pena haber sido,
ser
esa hora tan breve.


martes, 6 de diciembre de 2011

"Voy a dedicarme a contemplar los pájaros"

Hace muy poco que conozco a Maribel. Maribel no es ni alta ni baja, aunque tiene una mirada que delata cariños, y una voz que se ondula entre la calma y la tormenta. Maribel va a prejubilarse en medio año. Quiere dedicarse, entonces, a contemplar los pájaros. Esa va a ser su gran meta. Ver el vuelo del halcón, el serpenteo aéreo de una golondrina o la cotidianidad de los gorriones de ciudad.

Me pregunto si hay algo más fructífero que esta tarea que nos regala el cielo. Maribel no quiere otras metas, otros menesteres ni ataduras. Eso es, el trino y el vuelo serán sus armas vitales que acompasará al júbilo de las horas abiertas, sin dueño.

Maribel escribe su propia intrahistoria en sus gestos, sus pequeños comentarios sobre su vida — la vida— sobre el arte de estar aquí, a pesar de todo.

Tuvo hijos, se divorció, aprendió un idioma europeo, vivió en otras ciudades y ahora quiere escribir un blog. Maribel se adapta a los tiempos. A ella le preocupa la vulgaridad y esas pequeñas cosas que hacen daño con solo mencionarlas. No le gusta que se queden las pegatinas de los precios en las suelas de los zapatos (y más si son de tacón), ni que las chicas se afeen con tanto maquillaje ni con prendas en exceso provocadoras. Ella —pienso— cree que la belleza y la sensualidad residen en la mirada. No es necesaria tanta alharaca para decir que estamos ahí y que queremos gustar y seducir. A Maribel, por lo tanto, le gusta el detalle, los mensajes en las botellas con palabras sencillas y verdaderas.

Maribel es el futuro. Un futuro prometedor. Mujeres como ella son las que han hecho posible que vivamos en un país democrático y libre. Y no solo eso, sino también en un país en el que hemos podido crecer con el estómago lleno y la piel aseada, los cielos abiertos a aves migratorias y el reloj en el bolsillo para hacer aquello que más nos gusta: soñar.

Ella, como tantas otras, es responsable de ese anhelo que ha sido el estado del bienestar. Según los diarios, está a punto de resquebrajarse. Los más jóvenes, si esto sigue así, no podremos dedicarnos a contemplar el delicado vuelo de las aves. O al menos, no tanto como quisiéramos. Vamos a ver qué pasa. Viviremos para contarlo, que diría el colombiano. Y si no, al menos para evadirnos como hizo El principito, aprovecharemos una migración de pájaros silvestres. Se lo debemos a Maribel.

martes, 1 de noviembre de 2011

A dos metros bajo tierra y la levedad del ser

Del recogimiento interior de las culturas hispánicas en torno a la muerte, al carnaval de la cultura anglosajona por estas fechas, ha sido todo un abrir y cerrar de ojos. Y entiéndanme, con ello no quiero criticar ni desdeñar los ritos anglosajones y la estupenda fiesta que gira en torno a los muertos y sus mitologías, sino reivindicar ese sosiego que nos ha acompañado durante siglos.

El recuerdo, el diálogo que establecemos con aquellos que convivieron con nosotros, nos hace ser más leves y vulnerables y, por lo tanto, más humanos. Olvidarnos de la muerte, pasarla de soslayo como si no estuviera, no oír el tic-tac del péndulo que a todos nos aguarda, es, en mi opinión, perder la oportunidad de saborear más esta vida. El Tempus Fugit está en íntima relación con el cacareado y sobrevalorado Carpe Diem, por lo que para aprovechar este día hemos de ser conscientes de lo que en realidad somos: Polvo más polvo enamorado, que dice el poeta.

No conozco una serie de televisión que ahonde tanto en el dolor o el festejo de la muerte, según las distintas culturas, que en Six Feet Under (A dos metros bajo tierra) de la cadena norteamericana HBO. Es una serie de cinco temporadas magníficamente enlazadas y con un objetivo muy interesante y peculiar: mostrarnos cómo esa fugacidad de la vida es tan cotidiana que podemos llegar a convivir con ella en el sótano de nuestra casa. Esto es precisamente lo que le pasa a la familia Fisher. La matriarca, Ruth Fisher, junto con sus dos hijos y una hija adolescente, son los encargados de llevar la empresa familiar. Todos los capítulos empiezan con la muerte de alguien que es llevado hasta su casa para que le realicen el embalsamamiento y el duelo. De una u otra manera esa muerte (a veces natural, la mayor parte de las veces accidental) se va a entretejer con sus propias vidas conformando con ello una forma un tanto peculiar de relacionarse. Allan Ball dice sobre su serie:

Six Feet Under se refiere no solo a ser enterrado como un cadáver, sino a aquellas emociones y sentimientos que se mueven bajo la superficie. Cuando uno se encuentra rodeado de muerte, para hacer contrapeso a esto, hay necesidad de cierta intensidad en la experiencia, en la pulsión de escapar. Es el caso de Nate siendo mujeriego, es el caso de Claire y su experimentación sexual, es Brenda y su compulsión sexual, es David teniendo sexo en público con un prostituto, es Ruth teniendo varias aventuras amorosas - es la fuerza de vida que trata de abrirse paso a través de todo ese sufrimiento, dolor y depresión.

¿Cómo puede sobrellevar una familia entera el peso de la muerte en su día a día? Parece que esta es la idea que persigue a sus creadores en todas las tramas presentadas. El realismo más crudo, el humor negro, el delirio del dolor conforman cada uno de los capítulos con maestría y sensibilidad. Si somos capaces de ver esta serie, creo que podemos ser capaces de entender mejor esa levedad nuestra, reconciliarnos con nuestra condición y sobre todo ser más humildes.

En estos días en los que la muerte parece que nos acecha un poco más, aunque sea en forma de inocente calabaza, es en donde podemos entender nuestra esencia y nuestro sentido último. A mí, que me gusta el recogimiento de los cementerios y la quietud de las estatuas, me sorprende esa prepotencia del ser humano ante la muerte. Parece que esta es cosa de otros, la muerte innombrable. Todos, más tarde o más temprano, acabaremos teniendo parcelas de dolor, seres queridos que se mueren, enfermedades y, sin duda, un funeral que será el nuestro. Un exquisito funeral al que me encantaría asistir, porque sin duda, seré invitado.
Cementerio de Niembro. Asturias

miércoles, 26 de octubre de 2011

domingo, 23 de octubre de 2011

El pasillo

Coloca en un jarrón de cristal las azaleas recién cortadas. Es un acto cotidiano, natural en ella. Entra, llena el jarrón con el agua de la llave y, con ternura, amolda al espacio cristalino el ramillete de flores frescas. Esta mañana tampoco lo ha olvidado. Se siente cómoda en ese mundo inventado por ella. Un mundo de lluvias y azaleas. Mira el jarrón desde distintos ángulos de la casa y, como si llevara tiempo esperándolo, encuentra un ángulo desde el que es capaz de entender toda su vida. Entonces lo comprende. Se calza unos zapatos —los más cómodos que encuentra— y se arregla el pelo con un sencillo gesto ante el espejo que en otro tiempo le regaló Mario, su amor.
Cierra las ventanas que dan al jardín, con esmero, con la certidumbre de saber que es la última vez que en su espacio entra el aire fresco de la mañana. Aspira y roza las hojas de las azaleas con la yema de los dedos. Deja sentir, aún húmedos, los pétalos, y decidida sale y cierra la puerta principal.
Un vecino la saluda con un Buenos días radiante y ella le regala una sonrisa limpia, como de eterna primavera.
Camina sin prisa por la vereda que da a la avenida principal y espera hasta encontrar un taxi. Lo para decidida y sube.
—A Urgencias, por favor, —apunta con la voz firme y aterciopelada.
— ¿Tiene prisa?  Le espeta el conductor mirándola de soslayo.

—No, ninguna. Vaya usted tranquilo.

El taxista así lo hace. Los edificios pasan lentos, como en un travelling perezoso ante sus ojos. Las personas son en ese momento de acuarela, borrones que en otro tiempo fueron posibles conversaciones, posibles amigos. Los borrones son sus albañiles y carpinteros, poetas, panaderos, cristaleros, lecheros…
Ve cafeterías con gente que sale seria, abriendo los paraguas ante la intermitente llovizna. Cierra los ojos y siente la ciudad de otra manera. Espera.
—¡Ya estamos en Urgencias!
—¡Ah! Tome, quédese con el cambio.

—Que tenga buen día, señora.

—Igualmente. Adiós.

Baja del taxi y no se apresura por llegar a la entrada acristalada donde un cartel señala en letras redondas y rojas Urgencias.
El txirimiri insistente se va apoderando de su cabello, del rostro. Se queda de pie, sin más espera que la de sentir el agua tamizada.
—¿Viene por algún familiar?

—No, vengo por mí.

—¿Qué le ocurre?

—Tengo dolor en el pecho—finge.

—De acuerdo, espere ahí sentada— dijo la recepcionista señalando con la mano una silla de plástico.

—Muy bien, gracias— contesta complacida.

Y se sienta. Y espera más de cinco horas a que la llamen. Durante todo ese tiempo está como un pez en el fondo de un acuario, lenta, torpe, viendo un territorio mil veces repetido aunque nunca había estado en un lugar como aquel. Se acuerda de Mario y de la gran suerte que tuvo en morir junto a ella. Se acuerda de la cama donde rieron, hicieron el amor desenfrenado, durmieron, palparon las sábanas, se escondieron… También se acuerda de que a Mario se le veló en casa. Cuando ella despertó allí estaba su cuerpo inerte, como dormido. Le vistió y esperó paciente la llegada del ataúd. Unos muchachos amables le ayudaron a colocarlo en la caja y después, un tanto sorprendidos por la ausencia de más gente, se fueron. Ella colocó alrededor de Mario, bordeando su cuerpo, decenas de azaleas granates. El aroma invadía toda la habitación  y así, sin más, colocó una vela y se dedicó a contemplarlo. Su rostro, sereno. Las manos que yacían sin pulso acurrucadas como si contuvieran un polluelo de gorrión recién caído de un árbol. Ella estaba allí, feliz. Se supo amada y respetada y supo que había hecho la vida de Mario más hermosa. Estaba segura de ello.
Cuando la enfermera pronuncia su nombre despierta de ese duermevela caleidoscópico en el que se encontraba. Se levanta. Nota las piernas entumecidas y las manos ágiles.
—Pase al primer box, por favor.
Un médico joven, residente en segundo año, la atiende sin mirarla a los ojos. No hay nada más lamentable —piensa ella— que alguien que no consigue sostener la mirada en la del otro. El médico la examina y mientras tanto ella piensa en que no la mira a los ojos.
El médico, de nombre Miguel Medina del Río, reza en su plaquita, no encuentra nada anómalo en ella.
—Pero doctor, me encuentro mal—, fingía insistentemente.
Ante estas palabras de su paciente, Miguel Medina del Río opta por no complicarse más el ajetreado día y decide dejarla en el pasillo del servicio de Urgencias en una camilla. El doctor no quiere complicarse la vida y delega para el siguiente turno a esta paciente sin más síntomas que lo que ella dice. El joven médico apunta en la historia de la paciente: «En observación pendiente de evolución complementaria. Dolor torácico.»
Y allí queda ella, recostada en la camilla desgastada del sufrimiento de otros, en un pasillo ajeno a la vida, a la primavera, a los versos de Neruda y a sus cerezos: Quisiera hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos, recuerda ella estas palabras que Mario  le decía. Siempre le gustó que Mario le susurrara esos versos al oído. Y más aún le gustaba que le mintiera  y que le dijera que los había escrito él para ella. Un día descubrió que en realidad esos versos no los había escrito Mario, sino Pablo Neruda, y le entró un cosquilleo aún mayor en el estómago. Una ilusión como de eterna infancia al saberse partícipe de ese falaz juego del que Mario le hacía participar. Si Mario era capaz de robarle unos versos al poeta Neruda, ¿qué no sería capaz de hacer por ella?
Quisiera hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos, murmuró ella. Después llega el vaivén, la cadencia serena y de nuevo el ángulo y el jarrón de azaleas, y Mario, y los versos. Y después, ella, la mujer que llena el mundo de flores, muere.
A su alrededor un sinfín de camillas van y vienen. Enfermeros azorados corren presurosos a coger vías, quitar vendas, poner suturas… Algunos familiares se adentran preocupados en los boxes, discuten con los médicos, con los auxiliares. Se oyen quejidos y vómitos al lado. De nuevo las sirenas homéricas de las ambulancias. Llega la noche y tampoco llega la quietud esperable. El trasiego del personal sanitario es imparable. De nuevo pacientes, aspirinas, suero, glucosalino, omeprozol, furosemida, nitroglicerina, metamizol…. Los aparatos son interminables y bailan a su alrededor: fonendoscopio, perfusores, bombas de infusión, monitores, manguitos, pulsioxímetros… Camillas, tracciones, más glucosalino y furosemida.
Y ella sigue allí.
Está veinticuatro horas en la camilla sin que ninguna persona del Servicio ni ningún enfermo se diera cuenta de que estaba muerta—según recogían al día siguiente los periódicos en la sección de noticias curiosas—.
No hay ninguna reclamación, ni nadie que se preocupe de ella. Muere acompañada del arrorró de los quejidos de los que sufren. Ella se prometió no morir sola. De esta manera fue velada por el chirrido de las camillas al pasar. El pasillo fue su aliado, el ángulo final en el que se supo descansar. Aunque no muriera sola nadie se acordó de cortar frescas azaleas y colocarlas a su alrededor. De este dato, no se hicieron eco los periódicos.


viernes, 21 de octubre de 2011

ETA pone fin a la lucha armada

¿Cómo se llamaba? El poeta estaba dispuesto a levantar las mismísimas raíces de la luna para averiguar el nombre de aquella palabra que había saltado por la ventana al intentar apresarla. Había desaparecido de las gramáticas, de los diccionarios y de los poemarios exquisitos de su colección particular. Sin pensárselo dos veces bajó, pies espantando palomas, a la calle. Arrancó baldosas, andamios, paró a los taxistas. Nada. Observó las hojas muertas de otoño y siguiendo su rastro se dio de bruces con una alcantarilla. Allí, soterrada, estaba la palabra fugitiva: MEMORIA.
 ― Así me llamo ―dijo―, ahora ya me conoces, dime tú.

martes, 18 de octubre de 2011

Los conos son las naranjas del asfalto

Hace ya algún tiempo un conocido me encomendó una tarea que en un primer momento me dejó atónito. Me pidió que escribiera algo sobre un cono. Sí, un cono de esos que ponen en las carreteras o en las aceras para delimitar algo que está en construcción. Es una señal tan común que por eso mismo ya forma parte del paisaje, como un gorrión o una farola. Me senté frente al ordenador y empecé a escribir sin saber muy bien qué decir sobre un objeto tan particular; parecía un experimento surrealista, una creación que surgía por una petición que en principio me resultaba extraña y alucinada. Aún así, como he dicho, me senté y dejé que fuera mi imaginación la que estableciera libre asociación entre los conos y la vida. El texto tenía la función de servir a modo de prólogo en una exposición que giraba en torno a este objeto común: el cono.
El texto quedó conformado finalmente así:
     Los conos son las naranjas del asfalto. Diseminados en nuestro paisaje urbano nos resultan imperceptibles. De la misma forma que un gorrión, nuestras retinas están acostumbradas a verlos en la anatomía de las ciudades, o de las carreteras, o de una veredita perdida en un pueblo que no llegamos a recordar el nombre.
Los conos exprimen, al igual que los cítricos del mismo color, una pulpa que no sabemos definir si nos lo proponen. Se mantienen ingrávidos ante el sol, ante la lluvia, en la noche. Están ahí, lo sabemos, pero nadie se pregunta por su existencia. Sencillamente están. Estrambóticos y llamativos, con sus collares fluorescentes, gritando un reclamo de atención que nunca llega. No son residuos, ni obras de arte, ni tan siquiera son carne, piedra o leño. Antes eran magma perdido en el centro de la tierra. Ahora naranjas moldeables en las cunetas. Nadie los rescata, ni los roba, parecen estar yermos.
Pero vamos más allá y su nombre nos grita: cono botánico, cono molusco, cono geométrico, cono norte, cono sur, cono de cenizas, detritos, deyección, funerario, vaginal, astillado, simbólico, cono, singular masculino 1 superficie que resulta de la rotación de una línea que mantiene fijo uno de sus extremos y describe con el otro un círculo u otra curva cerrada, y el cuerpo geométrico que resulta de ella 2 Fruto de esa forma, con textura de madera, que contiene las semillas de las coníferas.

Cono, por lo tanto, ambiguo, preñado de significaciones y metáforas. Lo atrapo, ya lo sé mirar de otra manera, me dice, me recrea y me revela parte del mundo. Me atrapo en él. Lo escalo. Me sumerjo a través de su cráter y me quedo dentro, apenas un agujero para poder respirar. Quietud. Miro a lo alto; soy lava incandescente en la nueva isla. El horizonte es vertical. Se estrecha allá en las nubes. Veo rasgos del cielo, un atlas difuso. Trepo y resbalo en sus lisas paredes. Solo veo un agujerito de esperanza y un cromatismo celeste inalcanzable. Escucho los ruidos de las taladradoras y de pasos de gigantes que merodean en el exterior. El cono ahora es mi morada, mi torre dúctil de marfil. Me voy encontrando a gusto en el epicentro. Me acostumbro a estar ahí, dentro, calentito, en mi casa anaranjada con anillos de plata. Me instalo. Me acostumbro y me hago un lecho con la gravilla desordenada. Me instalo. Los hierbajos pisoteados son manta y alimento, néctar. Ahora los sonidos son Fray Luis, Santa Teresa, San Juan. Es mi unión definitiva con la tierra y el alma. El mundo entonces tiene el color de los atardeceres. Me instalo. Cono volcán, cono isla, cono madre, castillo, mapamundi, elemento, anclaje, bisagra. Definitivamente, el mundo tiene entonces el color de los atardeceres.
Están ahí, lo sabemos, pero nadie se pregunta por su existencia.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Séptima y última espiga del verano: Detalles

Cuando siembras, recoges, dice el refranero. Y lo que es mejor, podemos recoger todo aquello que nos apetezca, que nos diga algo, que nos haga sentir más reconfortados en nuestro paso.
Ver el detalle, el jardín secreto que se esconde detrás de las cosas, es una de las formas más baratas que conozco para disfrutar del momento. Hoy ya es oficial, ha llegado el otoño y de esta forma se transformarán los paisajes y las miradas. Las madreñas salvarán espacios en la dura y fatigosa faena de los campos, los geranios apagarán su voz, colorida, de forma intermitente y las manzanas pasarán a fermentar su dolor en un exquisito licor que nos hará, sin duda, entrar en calor.
Esta vida está conformada de detalles y de esquinas que atrapan los ángulos de nuestras existencias. Solo somos lo que sentimos, y lo que sentimos es fruto de saber apreciar ese instante fugaz de lo imperceptible para muchos. Por eso somos únicos. Nuestros ropajes son tan exclusivos que están diseñados a medida, alta costura para algunos, andrajos para otros.
En este otoño descubriremos nuevos matices que nos hagan saber dónde estamos y cómo nos sentimos. Para ello solo hace falta saber abrir los ojos de par en par. Bienvenidos, por tanto, al otoño.


sábado, 17 de septiembre de 2011

Sexta espiga del verano: la mimesis.


Según Sócrates la escultura y la pintura no producen objetos que se den de forma natural, sino que tratan de imitar seres u objetos de la naturaleza. En Recuerdos de Sócrates de Jenofonte, en su diálogo con el pintor Parrasio y según el procedimiento inductivo que hace decir al artista lo que hasta entonces desconocía o lo guardaba en el inconsciente, Sócrates mantiene lo siguiente:

«¿Es, Parrasio —le dijo—, la pintura una reproducción de las cosas que se ven? Que así es, por ejemplo, que los cuerpos hondos y salientes, los oscuros y los luminosos, los duros y los blandos, los ásperos y los lisos, los jóvenes y los viejos, los imitáis vosotros representándolos por medio de colores».

«Verdad es como dices», respondió.

En estas palabras observamos cómo la imitación de las bellas artes es lo que las distingue de otras técnicas de carácter no representacional. Esta idea de la imitación germinada ya en Sócrates, va a ser consagrada en la estética de Platón y Aristóteles, aspecto fundamental en cualquier teoría artística desde la tradición hasta la actualidad.

Sócrates quiere distinguir el arte (escultura, pintura, literatura) de otras actividades que en el mundo helénico eran consideradas como arte. Según Sócrates, estas actividades (zapatero, herrero…) crean objetos inexistentes en la naturaleza frente a la pintura, escultura o literatura qué sí existen en la naturaleza.

De esta manera se entiende la concepción del arte como mimesis o imitación de la relación de semejanza entre una obra artística y el mundo exterior. Además, es interesante añadir que para el griego el arte no ha de ser una reproducción o repetición exacta de la realidad, sino que este ha de operar un proceso de abstracción e idealización. Intuimos en este pensamiento socrático que en el arte no solo hay una imitación de lo externo (formas, colores…) sino también de lo interno (sentimientos, pasiones…).

Esta pequeña introducción de lo que supone esa mimesis o imitación de la realidad, de la naturaleza, me vino de lleno a la mente cuando capté una fotografía de un paisaje mientras un pintor captaba, a su vez, la esencia del mismo paisaje: sus formas, colores y profundidad.




Me resultó curioso cazar al cazador a través de un nuevo bucle artístico al hacerle una foto. De esta manera tenemos una triple perspectiva: la de la naturaleza (que poco o nada le falta para ser un locus amoenus), la del artista que atrapa fielmente esa naturaleza y la del fotógrafo que captura el momento de la creación y la re-creación.

Rescato la siguiente cita de R. Gabás en Estética. El arte como fundamento de la sociedad, por ajustarse al planteamiento que he seguido:

«El arte es la imitación verosímil de la realidad. El artista puede jugar cuanto quiera con su fantasía creadora, pero no tanto que desaparezca de ella su referencia al mundo, a la sociedad y a la humanidad».

De estas palabras se deduce esa representación de la realidad por parte del artista, sea más o menos fiel a lo que se contempla o se siente. Podría haberlo hecho de otra forma, con otras técnicas u otra visión del paisaje pintado, pero la realidad estaría ahí. Tal vez el arte, como señala Platón, solo sea un engaño para los sentidos. Dulce y bienvenido engaño, concluyo.

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Nota: estas fotografías han sido tomadas en la Playa de Arnía (Cantabria). Más tarde descubrí que el pintor se llama Alberto Quevedo. Le agradezco su colaboración en formar parte de este pequeño cuaderno de espigas. Os dejo las páginas de su blog: www.artemont.blogspot.com

viernes, 16 de septiembre de 2011

Quinta espiga del verano: las puertas.

     Muchas veces me he sentido atraído por las puertas. A veces es mejor dejarlas cerradas, como si no se les permitiera la voz. ¿Para qué atravesarlas si somos desconocedores del interior y lo que hay detrás puede llegar a hacernos daño? Cuando tomamos la suficiente confianza puede que entonces queramos dar ese pequeño paso de lo ignoto y acercarnos a otro mundo posible. Pero de momento me conformo con la puerta en sí, como símbolo de esa bisagra que separa lo sabido de lo desconocido.

Tenemos puertas que abren abismos, otras que cierran la esperanza. De momento y a la espera de algo mejor, me quedo contemplando las puertas que me he ido encontrando este verano por si en algún momento tengo la necesidad de traspasarlas.





Cuarta espiga del verano: los animales.

     Desde que tengo uso de razón siempre he estado rodeado de animales. No me refiero solo a la especie humana, que también, sino a esos otros seres que pululan a nuestro alrededor y que no todo el mundo sabe apreciar, o mirar.

No entendería este mundo sin la presencia de animales a mi alrededor. Sería como una película de ciencia ficción si viviéramos solamente los humanos. Se perdería, en suma, la esencia de nuestra llamada humanidad. No seríamos lo mismo, seríamos otra cosa distinta, sin duda.
Este verano me he encontrado, como es habitual, con la inocencia de los terneros, los caballos, las ovejas o los burros. De nuevo me ha sorprendido el vuelo de las aves y la proclama de su libertad. Incluso me topé con una mantis religiosa y la extrañeza de su anatomía.
A poco que nos detengamos a pensar, cualquier tipo de animal ha sido compañero fiel en nuestra vida desde que éramos niños. Desde los cuentos infantiles hasta novelas que hemos leído ya de adultos han sido piedra angular que nos han conformado. 
En El Principito los animales son esenciales para la historia del pequeño héroe perdido en su peculiar planeta: corderos, zorros, boas, elefantes… Los cuentos de la tradición nos muestran lobos, ratones, gatos o perros que se han confabulado con nuestra infancia. De mayores hemos asistido a lecturas como las de Miguel Delibes en las que los animales son personajes consustanciales a la historia: hombre, paisaje y animal crean un círculo férreo y estrecho en su poética narrativa.

Recuerdo con intensidad los documentales de Félix Rodríguez de la Fuente, que fue el que nos abrió la puerta a otros seres que nos resultaban extraños y lejanos, pero no por ello menos interesantes que aquellos otros con los que convivíamos. Félix nos brindó la oportunidad de aprender a saber mirarlos de otro modo, como parte intrínseca de nuestra naturaleza. Nos mostró que existe un delicado equilibrio que si lo rompemos por nuestra vanidad las consecuencias pueden ser devastadoras.


Hoy día los documentales son mucho más sofisticados. La tecnología ha puesto al alcance de la naturaleza el hecho de poder observarla tan de cerca que parece que la humedad, la lluvia o el árido desierto se entremezclan en la pantalla de tu televisor. La serie documental Planeta Tierra de la BBC es una mirada a los distintos entornos naturales más que recomendada. De hecho, ha sido descrita por sus creadores como «a mirada definitiva en la diversidad de nuestro planeta». Las imágenes que muestran la serie documental son más que recomendables; son un salto a otros mundos posibles que existen dentro del nuestro. Es una pequeña obra maestra en esa conjunción entre la mirada del hombre y el espacio que le rodea.

Dejemos la puerta abierta a la contemplación de ese otro Reino en donde la maravilla se puede llegar a realizar.









miércoles, 14 de septiembre de 2011

Tercera espiga del verano: el ternero.

   Para Conchi, defensora y amante de los animales


     No puedo mostrar una foto que me produzca más ternura que la de un ternero mamando de la ubre de su madre. Si se observa la fotografía se ve la mirada de felicidad ante el ansiado néctar de la vida. El ternero chupa con devoción y con placer en este nuevo alimento para él. Capté de casualidad ese instante que me emociona cada vez que lo miro. Es la delectación, el placer de sentirse vivo y acompañado de la madre, la inocencia. No hay locura, ni violencia ni tortura. Tal vez llegue más tarde, pero en ese instante el ternero se aferra a la vida y la disfruta de tal modo que muchos quisiéramos.

Estos días pasados hemos tenido que asistir a la crueldad del hombre y a su sadismo en el llamado Toro de la Vega. No voy a entrar en las lindes de la ira que tal ensañamiento me produce, solo destacar que es en la mirada de este ternero en donde quiero dejar mi sentir y mi sensibilidad. La vida, en ocasiones, es tan hermosa...

Segunda espiga del verano: las marismas de mi pueblo

      Un arca de Noé a orillas del Mar Cantábrico. Nacer arropado de la majestuosidad de las marismas te abre un mundo a nuevos viajes ya desde la infancia. Estas marismas tienen secreto bajo su balsa, custodiado por especies de aves que nos recuerdan que todos migramos y que las echaremos de menos. Cambian. Las marismas dan la vuelta en cada estación y nos enseñan a mirar otras latitudes posibles. Un mundo en miniatura se descubre en cada rincón, en cada paso que das, hasta que poco a poco te adentras en el secreto: La belleza del saber mirar, los tesoros del mar aún por crecer. Un mundo latente por salir a la luz bajo la infatigable balsa, los vuelos de las grullas, los correlimos, las garzas, fochas o ánades.

3866 hectáreas de belleza se muestran al viajero, como perlas diseñadas por una naturaleza caprichosa en ensalzar su patrimonio. Estas marismas constituyen una ventana a los viajeros pintores, a los poetas, a los amantes del senderismo, a los gastrónomos, a los fotógrafos, o simplemente a aquellos viajeros que se dejan seducir por paisajes que miran y sienten como propios.



 
                                                                                              



                                                                                                                                                          

Primera espiga del verano: La Playa de la Arena (Isla)

Mi modo de mirar este entorno roza lo sagrado. Creo que este es mi rincón esencial, en donde soy y me encuentro. Un lugar en el que la ría se confunde con el mar y te deja la arena en la ribera, desde donde contemplas ese fluir del tiempo acompasado con la serena cristalería del agua. Siempre que voy Manrique y sus Coplas se me vienen a la mente, dejando ese sustrato de melancolía al sabernos perecederos y frágiles. Aún así, cuando llego y me dejo vencer en la arena, encuentro sentido a la existencia y recobro el valor de la belleza y de la armonía.




Rincones de verano 2011

Cuando te vas haciendo mayor te das cuenta de que veranos como los de antes ya son una quimera. Aquellos veranos tirados al sol, la mayor parte de las veces sin protección solar y sin más horizonte que pasarlo bien; el rezo para que el día siguiente hiciera bueno y te permitiera vivir otro día como el pasado. Recuerdo que mi tiempo se iba en mi querido norte en pescar con aparejo (la caña era un lujazo), desplegar la toalla en la playa y montar en bicicleta. Todo lo demás no importaba. La cena, que rezumaba a veces sardinas, a veces salchichas y huevos, se convertía en un protocolo frente al televisor, en un tiempo en el que todos veíamos lo mismo con la misma sensación de plenitud y alborozo. Si llovía te buscabas la vida para pasarlo bien, yendo al monte, leyendo Los Cinco tumbado encima de la cama o haciendo alguna que otra jugarreta por el pueblo.
Cuando eras pequeño nadie te entretenía. Nuestros padres ni siquiera intuían que quizás podrían hacerlo. Nos conformábamos con que la cena estuviera preparada a una hora prudente, cuando el hambre ya hacía mella, y que te compraran un bañador o te dieran veinticinco pesetas para pasarla de madre.

Este verano de 2011 ha sido bien diferente. Creo que me he refugiado en mi cámara fotográfica y he contemplado de nuevo mi norte desde ella. No tengo ninguna noción sobre hacer fotografías, solo lo que la sensibilidad del momento me empuja a atrapar determinada parte de la vida que en ese momento me rodea. Si bien no podría decir que he disfrutado del verano como antaño, también es necesario decir que ahora tengo más matices que pueden llegar a conformar mi estructura. Más intelecto no quiere decir más sensación, por lo tanto.

De esta forma, como espigas desordenadas, me he encontrado con lugares reconocidos desde mi niñez que me hacen inmensamente feliz. Recogeré en los siguientes escritos todas estas esquinas de mi mundo que comparto y que os ofrezco como la lluvia le ofrece a la tierra su bendición.




domingo, 11 de septiembre de 2011

Matices

     El ser humano es capaz de distinguir miles, millones de colores según he leído. Sin embargo necesitamos de etiquetas que definan el mundo y por lo tanto a nosotros mismos y nuestra particular manera de mirar la vida. Nos movemos, en numerosas ocasiones entre dos polos excluyentes con todos los matices que puede haber detrás.

Recuerdo hace unos meses, con una amiga asturiana, con mi amiga Natalia, que jugamos como los niños a definir esos dos desdobles de la realidad de las cosas. Fue muy divertido. Así, yo por ejemplo decía “pera” a lo que ella respondía “manzana”. Fuimos mucho más lejos: gato/perro; café/té; Coca-cola/Pepsi; Nocilla/Nutella; otoño/primavera; pescado/carne; sol/luna; playa/montaña; rubio/moreno; prosa/poesía; cine/teatro; yin/yan; ópera/zarzuela; mar/río; derecha/izquierda; ciencias/letras; blanco/negro; rico/pobre...

Este, como he señalado, era un juego infantil. Lo pasamos de madre yendo tan lejos que casi alcanzamos el delirio. Nosotros éramos, sin embargo, conscientes del reduccionismo que estábamos haciendo. Pero era tan solo eso, un juego.

El problema viene cuando en el día a día seguimos anclados en esa simpleza de las dicotomías excluyentes y reduccionistas. Si observamos un poquito, nos damos cuenta del daño que nos puede hacer a todos esta estrecha forma de ver la vida por lo poco enriquecedor que es al no contemplar otros matices.

En los terrenos de la política, a modo de ejemplo, parece ser que una gran parte de la sociedad española solo ve dos opciones: la del PP o la del PSOE. Mucha gente no piensa o no quiere pensar en que existen más partidos que pueden defendernos igual o mejor que estos dos elefantes que mueven la macroeconomía del país. Esto es lo que se está reivindicando desde el necesario 15M, es decir, que sepamos ir más allá en cuanto a ideario político y rompamos esa barrera tan férrea que se ha creado y consolidado. No creo que sea bueno moverse en este simplismo político.

Uno de los peores lastres que ha tenido la historia de la humanidad ha sido el racismo, por argüir otro ejemplo. Parece que se decía: los blancos con los blancos y los negros con los negros. El tiempo ha demostrado que todas las barbaries cometidas han sido estériles, porque aún permanecen anclados tintes racistas entre muchos de los que a diario nos rodean, se ha dado un salto de gigante al estar permitidas las uniones. Las relaciones de amistad o de amor son más o menos aceptadas (depende del país del que hablemos, claro está) superando con ello el triste escollo de la sinrazón dominante en siglos pasados.

A pesar de los infinitos matices que caracterizan al ser humano y a sus extrañas relaciones sí que puede existir una etiqueta que nos diferencie; esta es la de gente buena y gente mala. De la misma manera que existe la bondad también la maldad y crueldad más absolutas crecen por doquier. Sin embargo, es en esa bondad y en esa maldad en donde continuamos encontrando distintas perspectivas y detalles.

Todos somos personas contradictorias. Tenemos aspectos positivos y negativos, y aquel que lo niegue es que se ha ensoberbecido en el valle de la omnipotencia y vanidad. Son precisamente los matices lo que nos caracterizan, porque por lo demás somos muy semejantes los unos con los otros. Buscamos en esencia lo mismo: encontrar un hueco que nos defina en nuestra existencia, querer ser y encontrar la relativa felicidad. La diferencia estriba en que es en esa búsqueda en donde unos lo hacen con honestidad y buen sentimiento y otros no desperdician su tiempo en mostrar el lado más amargo y cruel del ser humano.

La belleza, leí una vez, es poética. Seamos entonces poesía y hagamos de nuestras vidas algo poético, sin pretender reducirnos a simples etiquetas que lo único que hacen es consolarnos en un intento fallido de explicación de nuestras estructuras.

sábado, 13 de agosto de 2011

La crisis de los caballeros

     Uno de los aspectos más terribles y sórdidos de la crisis que nos abate desde ya hace unos años es la del abandono de animales. Aquellos que se ven más afectados por los mercados fluctuantes, por el paro o porque su economía se ha visto encogida en esta época de vacas flacas (o mejor aún, de caballos flacos) optan por deshacerse de sus mascotas y mirar para otra parte. Esos animales sufren la sinrazón de esta deshumanización que no tiene sentido alguno. Antes de abandonar a un indefenso animal se podrían buscar soluciones más razonables. De esta manera, miles de perros o gatos o animales exóticos han sido despojados como si de una chaqueta vieja se tratara. La diferencia es que esa chaqueta no sufre, pero sí el animal que, desorientado, acabará muerto en cualquier carretera de extrarradio o de inanición bajo una climatología despiadada si se quedan al amparo de ella.
Terrible me parece en el caso de los caballos. Estos, desde hace cientos de siglos, nos han acompañado en la andadura de nuestra civilización. Siempre han sido un símbolo de poder. Véase si no los pormenores de la palabra “caballero”; esta es la persona que monta a caballo. Poseer un caballo ha tenido, en diferentes culturas connotaciones que iban más allá del mero hecho de poseer un équido. La ligazón entre hombre-caballo ha ido tan estrecha que incluso, en nuestra lengua española, decimos “ir a caballo”, usando la preposición “a” en lugar de “en” como utilizamos para expresar la forma de transporte por otros medios: “ir en coche”; “ir en autobús”, “en avión”, “en burro” o “en elefante”. Sin embargo, de la misma manera que decimos “ir a pie” usamos esa misma preposición a la hora de desplazarnos en el équido más popular. ¿Por qué? Puede ser porque la imagen del caballo se ha ido ligando a la del ser humano como un todo, como una parte de la misma cosa. Hombre y caballo unidos a lo largo de la historia.
Para las tribus nómadas de Asia Central ha existido una vinculación entre persona y caballo que figuraba en los rituales mágicos y religiosos. Para los romanos y griegos, por otra parte, implicaba un prestigio social y económico dado el alto valor de este animal. Y de este modo, en la Edad Media, a modo de ejemplo, la institución de la caballería definía códigos de conducta y de honor.
Parece ser que en los últimos tiempos hemos vilipendiado todo este rico bagaje cultural y armónico entre nosotros y los caballos. Me he encontrado con noticias espeluznantes, derivadas de esa crisis antes aludida, sobre el abandono de estos animales. Los picaderos y los clubes hípicos no saben qué hacer con los animales que los clientes han dejado a su suerte. Las cuotas de mantenimiento y manutención no se pagan en muchos casos, estando estos picaderos al límite de la desesperación, puesto que no pueden afrontar el considerable gasto que supone tener un caballo.

Como la crueldad no tiene límites, el propietario de un club hípico de Sevilla encerró en un habitáculo de reducidas dimensiones a dos caballos con el agua justa y escasa paja con la intención de que los demás socios se dieran cuenta de lo que les podría deparar a sus équidos en el caso de que no pagaran las cuotas. Podemos imaginarnos la muerte lenta y cruel, el abandono, de estos dos animales secuestrados para que sirvieran de escarmiento a aquellos que no pagaran.
Otras imágenes que he visto por televisión te dejaban sin aliento. El Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil intervino en una finca de Andalucía en la que se encontraban un número considerable de caballos en estado grave de desnutrición y abandono. Es desolador ver a los animales con las costillas marcadas, sucios y abandonados, sin ningún alimento y apenas agua. El constructor en bancarrota que era propietario de estos caballos, alegaba que no podía hacer frente al cuidado de los mismos. Antes de buscar opciones es más fácil echar la culpa a la crisis que asumir responsabilidades.
El caballo como símbolo de estatus es una de las imágenes más patéticas con las que me he encontrado en los últimos tiempos. Si lejanos nos quedan ya los códigos del amor cortés y ser nombrados caballeros, los caballos, empero, siguen conviviendo con nosotros. No hemos de considerarlos propiedades de poder ni modas transitorias. Nosotros y estos animales hemos formado parte de un todo y aquellos que quieran quebrar este sereno equilibrio por ansias de estatus y poder, para pasar más tarde al abandono, solo queda calificarlos como desalmados y sinvergüenzas. He aquí el hombre.
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Ø  Enlace: les dejo un enlace que trata sobre 172 caballos abandonados en la provincia de León: http://www.rtve.es/alacarta/videos/espana-directo/espana-directo-170-caballos-abandonados-leon/865805/ 

Ø  La asociación CYD de Santa María es uno de los pocos albergues, si no el único, para caballos maltratados y abandonados que existe en toda España.  

viernes, 12 de agosto de 2011

Locura, violencia, pobreza y miedo en Platero y yo

En algunas ocasiones parte de la crítica y del juicio de muchos lectores ha visto en Platero y yo la imagen de un idílico burro, revestido de algodón y de ternura que refleja un paisaje andaluz romántico. En realidad, sin embargo, este idilio se transforma en una elegía; una elegía andaluza que lamenta la universalidad del hombre y en particular la de un hombre y un burro.

Platero, el burro Platero, lleva sobre su lomo la carga de un poeta y al mismo tiempo el destino de su tierra: el Moguer real, con sus costumbres rituales, sus hipocresías, complejidades, degradaciones, injusticias sociales y paisajes poéticos. Esta tierra presentada, aparece dividida en dos tiempos, el Moguer recordado y el Moguer presente, los recuerdos de la niñez y la nueva conciencia del adulto. Hay pues, en el libro, una constante superposición de dos actitudes, la del niño y la del hombre, la del mundo ingenuo e inconsciente, y la del mundo adulto, consciente del dolor, el sufrimiento y la muerte. Así pues, la función del adulto es ir educando al niño, a Platero, en su camino de perfección hacia Dios. Existe en Platero lo que cabe llamar una intuición poética del cristianismo. Vivir en Platero y yo es vivir religiosamente, lo cual significa vivir cristianamente, entendido y sentido por los krausistas españoles  como la exaltación del valor y la dignidad del hombre.
“Parece, Platero…, que otra fuerza de adentro más altiva, más constante y pura, hace que todo, como en surtidores de gracia, suba a las estrellas.” (en «¡Angelus!»)
“¡Qué fuerza de adentro me eleva, cual si fuese yo una torre de piedra tosca con remate de plata libre!” (en «Noche pura»).
La crítica Karen A. Oram¹ extrae como conclusión sobre la religiosidad de Platero que así como Jesús siguió la senda profética hasta el Gólgota y abrió ante el hombre una vislumbre de salvación, el escritor y el asno siguen el poético sendero hacia la realidad, dando al hombre una nueva dimensión y visión de la vida.
Es en esa comunión espiritual entre los dos personajes principales del libro en donde la crítica ha encontrado una relación con las estaciones del Vía Crucis. Nos encontraríamos en esas calles de Moguer cuatro viacrucis que están tratados al servicio del contenido temático de la obra:
1.      LA LOCURA
2.      LA VIOLENCIA
3.      LA POBREZA
4.      EL MIEDO
Recorrer estas cuatro estaciones, teñidas de una acusada religiosidad, es parte del más amplio viaje del poeta y el burro hacia la oscura, la misteriosa región de la deseperanza. A ambos protagonistas, la sordidez de la locura, de la pobreza, la cruel violencia o el miedo les afecta en lo más íntimo pero aún así, la añaden a su carga de lirios y mariposas; recogen con su experiencia vivida esa crueldad y necedad de las actitudes humanas, el horror de ese pequeño universo de Moguer y lo suman al peso de las cruces que llevan por el camino que conduce a la eternidad.
La primera estación de este particular viacrucis es LA LOCURA, como hemos apuntado. Ya desde la dedicatoria de la obra nos encontramos la primera referencia:
“A la memoria de Aguedilla. La pobre loca de la calle del Sol que me mandaba moras y claveles.”
Observamos, en esta locura, un recuerdo de los pasajes del Nuevo Testamento que muestran la compasión de Cristo por la deformidad humana, la dolencia extrema, los tarados o marginados.
De esta manera la crítica Karen A. Oram apunta: “El libro está escrito para una muchacha loca, no para un niño de la luz del día que nada sabe de tormento, penalidades y crueldad. Está escrito para el iniciado, el de nocturnos hábitos, el extraño, el de las complejas rutas interiores, el que no se ajusta a ser lo que todos los demás; y hay algo de esa tenebrosa locura en lo profundo de su propia textura poética.”
La segunda estación del viacrucis es LA VIOLENCIA. En el capítulo «Mariposas blancas» pasamos rápidamente de un idílico día a la noche púrpura llena de sombras, de fragancia de hierba, de canciones, de cansancio y de anhelo. De repente, aparece un hombre “oscuro” con una gorra y un pincho, de “cara fea” que quiere clavar ese pincho en el seroncillo de Platero. Pero al abrir la alforja el hombre “oscuro” no consigue ver nada. Ese hombre de la noche es ciego para esas blancas mariposas traídas por el poeta y el burro.
En el tercer capítulo, «Juegos del anochecer», JRJ nos presenta a unos chiquillos que juegan a asustarse, a ser mendigos. A otros a ser cojos, para más tarde ser príncipes de cuento. Uno de ellos dice:
“—Mi pare tié un reló e plata”
Y otro dice: —“Y er mío, un cabayo.”
Otro:
“—Y er mío una ejcopeta.”
Tras el juego de los niños permanece el poeta en pie pensativo, amargo, agnóstico, con una interpretación propia de tonos más oscuros:
“Reloj que levantará la madrugada, escopeta que no matará el hambre, caballo que llevará a la miseria…”
Estos niños son la POBREZA, la tercera estación del viacrucis de Moguer.
Continuando su camino, encuentran una cuarta estación del Vía Crucis, que puede ser designada como MIEDO. Con la pura, blanca luna llena siguiéndoles, Platero y Juan Ramón entran en la cañada de las Brujas. Platero tiembla y entra en un arroyo, quebrando la imagen de la luna en minúsculos fragmentos que dan la impresión de que un enjambre de claras rosas de cristal trata de retenerlo. Platero sentirá ese miedo a menudo en el curso de la narración. Este miedo parece ser dotado de forma e intención y, junto con la muerte, la constante de las estaciones del viacrucis de Moguer.
Recorrer las estaciones del viacrucis de Moguer, sufrir una herida, ser llamado loco, anhelar, ser un príncipe de cuento… todo esto es parte del trayecto del borrico y del poeta hacia la misteriosa región de la soledad y la desesperanza.
En esta sociedad moguereña se nos plantea el tema bíblico de la persecución y de la injusticia dirigidas especialmente hacia los abandonados e indefensos. Moguer es un mundo necesitado de un ideal redentor. Y es en ese mundo en donde entra el poeta “vestido de luto, con mi barba nazarena”. El poeta, como Cristo, es malentendido y perseguido por los niños pobres que le gritan “El loco”. Si Cristo vino a la tierra para atender, sobre todo, a los pobres, los enfermos y los desgraciados, Platero y su amo han venido para atender, con amor cristiano, a las criaturas más desamparadas, como La Tísica, La niña chica y Sarito.
Es en este contexto en donde podemos apreciar mejor el valor de Platero y yo como texto literario de su tiempo. De hecho, otros críticos han analizado la conjunción entre el espíritu franciscano de los seres y la naturaleza y Platero: por esa humanización del burro, por la humanización de otros animales y por la comparación establecida entre el hombre y otros seres que pueblan Moguer. Esto es el recogimiento de una armonía universal, poéticamente descrita.
En Platero y yo los opuestos son alianzas que están en constante movimiento para el lector. Vida y muerte van unidas de la mano de la infancia y del mundo de los adultos. Incluso Platero muere en ese mediodía :
“A mediodía, Platero estaba muerto. La barriguilla de algodón se le había hinchado como el mundo, y sus patas, rígidas y descoloridas, se elevaban en el cielo. Parecía su pelo rizoso ese pelo de estopa apolillada de las muñecas viejas, que se cae al pasarle la mano, en una polvorienta tristeza…” (CXXXII)
El tema subyacente de Platero es el tema de muerte y resurrección como proceso de metamorfosis. Muerte que es posterior al dolor y a la crueldad y que es determinante para la redención del asno y del poeta.
Así, por ejemplo, en el capítulo titulado «La púa» se describe un curioso incidente que relata la extracción de una dolorosa espina del casco de Platero. También, en «El loro» el médico cura la herida que accidentalmente se hizo a sí mismo un cazador. En estos capítulos el dolor y el sufrimiento no son gratuitos, sino vistos como resultado de una condición específica: enfermedad o defectos de nacimiento, acciones premeditadas, niños pobres que atormentan o torturan animales viejos o enfermos.
En la crítica hacia la crueldad llega incluso a abarcar las corridas de toros:
“¡Venían locos, Platero! Todo el pueblo está conmovido con la corrida […] A eso de las dos, Platero, en ese instante de soledad con sol, en ese hueco claro del día, mientras diestros y presidentas de están vistiendo, tú y yo saldremos por la puerta falsa y nos iremos por la calleja al campo, como el año pasado […]”
Quizás este libro haya pasado a formar parte de nuestras letras en una forma un tanto ingenua y edulcorada. Pienso que, pese a todo, abunda más la pena que la alegría. Si este libro ha pasado a convertirse en un clásico es, en parte, a que todos, estamos condenados, inexorablemente, a deambular por esas cuatro vías bien de cerca o de soslayo.
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Nota: ¹Oram, Karen A. “Platero y yo. La doble misión de Juan Ramón Jiménez”, Cuadernos hispanoamericanos, núms. 376-378, 1981.