viernes, 27 de enero de 2012

Lila Downs: La voz de la Tierra mexicana

Quisiera vivir en la metáfora de su voz. Todo en Lila se me hace hermoso. Esa voz que vence al viento, aunque lo envidie, porque no tiene cuerpo. Pero Lila sí. Un cuerpo que dibuja en el aire el deseo, las ganas del otro, la búsqueda. Sus manos recorren el espacio, se desligan de su ser y alcanzan vida propia cuando cantan. Sí, las manos también cantan.
Lila es puro México. Desborda sensualidad y armonía. Su voz se remansa con la tormenta y la calma, únicas, personales.
Lila es la voz del sueño, de la madre, de las suripantas y adormecidos y de los indígenas. Ella sabe despertarlos y hacer que comulguen con el aire, que vibra en el silencio de esa noche de mezcalito y resaca.
Se muestra solidaria con el pobre, con la conciencia de los marginados y busca esa conciencia en los diarios y en las voces sordas de los tribunales. Alza la voz y se viste, nos viste  con traje de Tehuana de tradición matriarcal. Parece decirnos que su voz es refugio y consuelo, caricia y látigo, agua y tequila.
Nada en Lila es impostura. Es raigambre y tradición, el cucurrucucú más cercano que nos acuna. Su música es sangre, ojo de culebra, pecado y milagro. Las venas de la América hispana le deben parte de su pulpa, del ADN más preciado que las ha formado. Ya no puedo entender México sin su canto, como no entendería un cielo sin el dibujo de las aves.
Derriba fronteras, haciendo de los muros que han levantado los hombres poderosos frágiles piezas de cartón. Con la fuerza de su garganta ha hermanado a  dos pueblos tan cercanos y a la vez tan diferentes: México y Estados Unidos se vuelven más próximos aunque sea por el fugaz instante de una canción. El aire se serena y Babel se vuelve comprensible. Ya no hay distancias, ni invencibles vallas que torturan al otro, al más empobrecido. Todo por un momento se queda en éxtasis y quietud. Suena la música. Nos hermanamos.
Brindemos con el pensamiento y si hace falta, con el preciado mezcal. Va por ti.


jueves, 26 de enero de 2012

¿Película o novela? Pequeños apuntes II



No podemos, según lo que escribí en la anterior entrada, echarle en cara a una película su libro de origen. Creo, insisto, que es un error de planteamiento. Voy a detallar algunos ejemplos de novelas que han sido llevadas al cine con manejo, estilo y arte. Doy por consabido que todas las películas que señalo a continuación las menciono porque me he leído la novela. Si no, caería en la necedad de hablar por hablar. Estas son:

§  Drácula de Francis Ford Coppola basada en Drácula de Bram Stoker. Introduce una visión romántica respecto a la novela. La película es mucho más dulce que el libro, más serena y sofisticada. El vestuario, la música y la fotografía te envuelven en una especie de clima atemporal que te subyuga y te hace comprender un poco más de cerca el concepto del amor inmortal.

§  El nombre de la rosa de Jean-Jacques Annaud, basado en El nombre de la rosa (Il nome della rosa) de Humberto Eco.

§  Los santos inocentes de Mario Camus basado en Los santos inocentes de Miguel Delibes. Film y novela son magistrales. Las dos formas de narrar la historia rayan la perfección.

§  Charlie y la fábrica de chocolate de Tim Burton basado en Charlie y la fábrica de chocolate de Roald Dahl.

§  Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany´s) de Blake Edwards. Película basada en la novela del magistral escritor Truman Capote Desayuno en Tiffany´s.

§  La casa de los espíritus de Bille August, según la novela de Isabel Allende del mismo título. Reconozco mi reticencia a la hora de ver por primera vez la película. Sin embargo, esta me encadenó desde el primer momento. Es cierto que la novela cuenta mucho más, sin embargo, creo que la atmósfera del film así como el aura de los personajes es respetado y tratado con elegancia y sobriedad. Destaco el papel de Meryl Streep porque, a pesar de no ser una actriz de raigambre latino, sabe dotarle al personaje de Clara de toda la magia y maravilla que tiene en la obra literaria.

§  La colmena de Mario Camus. Película según la novela de Camilo José Cela. Una adaptación cinematográfica que sin duda tuvo que resultar complicadísima, sobre todo por el gran número de personajes que pululan por el texto escrito. Su versión en la pantalla es, aún así, magnífica.

§  Tiempo de silencio de Vicente Aranda, según la novela de Luis Martín Santos.

§  Como agua para chocolate de Alfonso Arau y basada en el libro de la escritora mexicana Laura Esquivel. Exquisita película, exquisito libro. Una simbiosis perfecta entre la novela original y su adaptación al cine.

§  Brokeback Mountain del director Ang Lee (subtitulada En terreno vedado en España) inspirada en el relato original de Annie Proulx. Película y relato causaron un fuerte impacto en  círculos literarios y cinematográficos.

§  Los Puentes de Madison (The Bridges of Madison County) dirigida por Clint Eastwood, adaptación de la novela homónima de Robert James Waller. Este es un ejemplo de la superación del film frente a la novela. Encontré, personalmente, el texto escrito mucho más vago y superficial que su correspondiente adaptación al cine.

 
§  El silencio de los corderos (The silence of the lambs) de Jonathan Demme basado en El silencio de los inocentes de Thomas Harris.

§  La lengua de las mariposas de José Luis Cuerda. Película inspirada en tres relatos de Manuel Rivas de su libro ¿Qué me quieres, amor? Estos relatos son La lengua de las mariposas, Un saxo en la niebla y Carmiña. A pesar de provenir de distintos relatos la unidad en la película es sobresaliente. El pulso está marcado tanto en el film de Cuerda como en la pluma de Rivas.

§ Memorias de África (Out of Africa) de Sydney Pollack  basada en el libro autobiográfico de la escritora danesa Karen Blixen (Isak Dinesen era su psudónimo). Personalmente me quedo con la película, sin pretender desdeñar el texto. Pero su adaptación es tan brillante, tan subyugante, que te hace imágenes lo ha hecho. La fotografía y la música, así como la magnífica interpretación de los actores principales, forma parte de la memoria del cine escrito en letras mayúsculas.

§  El paciente inglés (The English Patient) dirigida por Anthony Minghella, basada en la novela del mismo título de Michael Ondaatje. Considero la película más vibrante que la novela, más seductora y sensual.

§  Las amistades peligrosas (Dangerous Liaisons), de Stephen Frears; basada en la novela epistolar de Pierre Choderlos de Laclos. Tuvo que ser un guion bastante complicado de escribir. Aún así, en el film se trata magistralmente la atmósfera palaciega dieciochesca, todos los anhelos, secretos e intereses que se reflejan en las distintas cartas del libro.

§  Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton, según el clásico de Lewis Carroll Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas y A través del espejo y lo que Alicia encontró allí. Burton hace algo que en mi opinión es muy complicado, esto es, ahondar en el mundo fantasioso de Alicia con todos los vericuetos abiertos que tiene su lectura. Sin embargo, el director estadounidense te hace asistir también a una magia muy particular, muy suya. Es una magnífica y arriesgada adaptación al cine.

§  Una palabra tuya de Ángeles González Sinde y el libro del mismo título de Elvira Lindo. La atmósfera de pesimismo y el humor socarrón de la novela son respetadas en la película. La interpretación de las actrices principales refleja a la perfección esa nebulosa que desprende el texto literario, ese hincar la realidad con la soledad que toda vida comporta.

§  El sur de Víctor Erice, según un relato inédito de Adelaida García Morales. En comentario de Ángel A. Pérez Gómez en Reseña, «el contenido narrativo de El Sur no contiene originalidad mayor. Lo que la convierte en obra importante es la forma en que está narrada. Erice es un cineasta impresionista, preocupado por suscitar emociones sensoriales en el espectador. La intensidad de la emoción la transmite gracias a la luz, a las lentas transiciones (encadenados, fundidos), a una cuidada banda sonora hecha de silencios, medias palabras o ruidos en off. El aumento, la disminución, el cambio de luz dentro del mismo plano produce ámbitos mágicos. También la relación de los planos entre sí, por esa sintaxis peculiar, produce idéntico efecto. El ritmo, majestuoso y solemne, incita a dejar volar la imaginación, a que el espectador se impregne de ese algo inefable que las imágenes autorizan a adivinar». EL PAÍS.

§  La Regenta de Fernando Méndez-Leite, basada en la obra homónima de Leopoldo Alas Clarín. Esta adaptación fue hecha para Televisión española. Tuve la suerte de poder hablar con el director durante el rodaje, allá por el año 1994. Recuerdo que le pregunté precisamente cómo había sido el proceso de adaptación de la magna novela de Clarín a la pantalla. Méndez-Leite me contestó que había sido un trabajo durísimo, que le había llevado un largo tiempo de encierro y más de un desvelo. Yo le dije que era un valiente. El resultado ha merecido la pena, desde luego. Una brillantísima adaptación del clásico decimonónico.

§  Las horas y El lector. Estas dos películas han sido comentadas en la anterior entrada: http://www.juancarlosdelosreyes.blogspot.com/2012/01/pelicula-o-novela.html
Fotograma de la Película de Mario Camus Los Santos Inocentes
Fotograma de El Paciente Inglés

Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton

Fotograma de Drácula de Francis Ford Coppola

lunes, 23 de enero de 2012

¿Película o novela?

En un país en el que nos movemos por dicotomías excluyentes es muy común el comentario, referido a películas y su relación con las novelas, que prioriza el texto escrito frente a su adaptación cinematográfica.  
Es cierto que cuando una novela me ha seducido me da miedo ver su proyección cinematográfica. Miedo, señalo, porque la imaginación en la prosopografía de los personajes, ambientes o lugares, puede aparecer dañada o al menos alterada respecto a lo que fantaseé. Aún así, en muchas ocasiones he visto películas basadas en novelas que previamente había leído, o al contrario.
No nos podemos quedar en el reduccionismo de pensar que siempre la novela es mejor que la película. No. Sucede, pero no siempre. Lo mejor es no compararlas y tratarlas como dos formas de enunciación distintas en cuanto a su naturaleza técnica y artística. Efectivamente, las estructuras a la hora de narrar y de realizar un guion cinematográfico son diferentes. Es imposible pretender abarcar todos los matices descriptivos de la novela en el cine. Pero esto no significa que el filme tenga que ser por necesidad inferior, como vamos a ver en algunos ejemplos.
Lisandro Duque en Cine y literatura como agua y aceite en VI encuentro nacional de críticos de cine. Germán Ossa. Hoyos Editores. Pereira, 2004, señala lo siguiente:
«El lector de una novela establece con ella una relación íntima, irrepetible y solitaria… El espectador de una película, en cambio, está asistiendo entre quinientos desconocidos más, al mismo momento de la historia, en una especie de liturgia colectiva».
Este hecho que apunta Lisandro Duque nos puede dar las pistas de lo que hasta ahora he venido tratando. El lector se siente dueño y señor de su fantasía, dejando volar la imaginación y creándose una imagen muy personal de aquello que va leyendo. Por lo tanto, podríamos entender que un director de cine y su guionista  no son nadie para romper con lo  que habíamos fantaseado desde la soledad de la lectura. Es como si el director se inmiscuyera en nuestra imaginación. La literatura es abstracción; el cine concreción de la idea.
Pero ello no quiere decir que no se pueda llevar a imagen un universo narrativo. Solo tenemos que aprender a verlo desde esa otra óptica, tan nueva, que es el cine. No en vano, la literatura le lleva muchos siglos de ventaja y eso, lo queramos o no, puede estar dentro de nuestro subconsciente colectivo. El escrito, por otra parte, piensa palabras, metáforas, conceptos abstractos difíciles de visualizar, pero no se sentir. El cine piensa imágenes y hace de puente entre la idea y la representación. Este último aspecto es complicado. Y he ahí la delicada labor de todo guionista cinematográfico. ¿Es imposible? En mi opinión no, no lo es.
Dos ejemplos de novelas que han sido llevadas a la gran pantalla de una manera sublime son Las horas y El lector. Las dos adaptaciones son dirigidas por Stephen Daldry. La novela Las horas (The hours) está escrita por el estadounidense  Michael Cunningham y El lector (Det Votleser) por el alemán Bernhard Schlink.
El respeto de los textos es bastante escrupuloso. Pero no es por ello por lo que me maravillan los filmes señalados. Siendo las novelas magníficas obras literarias, cada una en su estilo y temática, las películas ahondan en los personajes, los matizan y les dan vida en imagen.
Las horas es una película compleja con la superposición de tres historias y tres momentos cronológicos. Me parece impecable la labor de montaje, de unión de las tres mujeres protagonistas con un sustrato en común: la soledad e incomprensión en un mundo que les resulta hostil. Esa soledad, desesperanza y amor por la belleza las aúna y les hace formar parte del mismo universo, pese a las diferencias históricas que a cada una les toca vivir.
La novela arranca con un «Todavía hay que comprar las flores», matiz este con el que se inicia la película en la presentación de sus tres protagonistas: Virginia Woolf, Laura Brown y Clarissa Vaughan. Se entreteje en el film esta idea de la búsqueda de las flores de una forma tan armónica y natural que la consideramos parte integrante de la historia. El guionista, con esta primera frase de la novela ha creado otra forma de decirlo, elegante, artística y significativa a su vez. Con este ejemplo, lo que pretendo argüir es precisamente algunos de los puntos expuestos hasta ahora: la novela crea un universo, el cine otro, y ambos pueden ser conjugables, reconciliables en una u otra forma de narrativa.
La película El lector da vida a unos personajes con unas circunstancias muy especiales. La fotografía tratada, la lentitud de algunas de las secuencias me envuelven, de la misma manera que el libro, en ese estado incandescente que provocan el dolor y los secretos de los demás. Si disfruté con la novela, también lo hice con la película. Kate Winslet, Ralph Fiennes y David Kross dan vida a Hanna y Michael Berg, los protagonistas de la novela de Schlink y no desmerecen de los imaginados. Les ponemos un rostro, es cierto, pero sus interpretaciones están tan contenidas, son tan serenas que me parece que del libro saltaron a la imagen de la pantalla y son lo mismo. Sufrí con unos y con otros, hasta que poco a poco el secreto, el misterio que guardan sus protagonistas se va revelando en voces, letras, imágenes, en suma. En este caso, y según mi opinión, libro y adaptación cinematográfica (hecha por David Here) se acompasan como las olas y la arena de una playa. Es delicado el equilibrio, pero se consigue.

viernes, 20 de enero de 2012

Tenemos dos vidas

Tenemos dos vidas: la vida real, la que rumiamos día a día, con nuestras fortunas y pesares y la otra vida virtual, la que vivimos a través de las nuevas tecnologías, especialmente en las llamadas redes sociales.
Sobre la primera poco he de decir que no se haya dicho ya. Nuestra vida real está escrita desde la memoria de las letras, de la filosofía, del arte. Sin embargo, esta otra vida virtual, tan reciente, nos hace pertenecer a una nueva dimensión espacio-temporal.
Todos sabemos que con un simple clic podemos mover sentimientos, ideas e incluso leyes. Hoy día es habitual opinar según nuestro parecer en periódicos de largo alcance, hacer presión a las Instituciones para que cambien tales o cuales leyes con las que no estamos de acuerdo e incluso, molestar al prójimo desde nuestra confortable casa o arroparlo, si obramos de buena fe.
Cada día me molestan más esas personas que se dedican a lanzar improperios a los demás por el mero hecho de no estar de acuerdo con sus planteamientos u opiniones. Son personas que se camuflan en el anonimato (en algunos casos) o en el cobijo de sus hogares para soltar aquello que les apetece, sin cortesía, respeto y educación. Para muestra se puede consultar cualquier foro de cualquier temática. En numerosas ocasiones se pierde el tema central objeto de debate y se pasa a menospreciar, insultar e incluso agredir verbalmente. Se establecen polémicas estériles en donde el único objetivo es zaherir a los otros sin la más mínima argumentación ni criterio. 
Antaño, las polémicas en los periódicos tenían un fundamento y un discurso estructurado. De hecho, en los siglos XVIII y XIX, por ejemplo, los debates eran encarnecidos, mordaces, agudos y satíricos, pero no se saltaban las leyes del decoro ni del buen decir. Hoy no, hoy parece que todo vale y cerebros estrujados de estulticia pueden escribir (por llamarlo de alguna manera) lo primero que les viene en mente. Este es el caso más irritante del uso de las redes sociales.
Me parece, empero,  muy positivo que seres anónimos puedan opinar, firmar peticiones de apoyo o censura ante determinadas medidas o problemas sociales. Si estamos ahí parece que existimos un poco más. Es la nueva catarsis del siglo XXI: el saberse partícipe de los acontecimientos, del rumbo de la historia que en suerte nos haya tocado vivir.
Los políticos tienen miedo de Internet. Saben que es un arma poderosísima que puede hacer cambiar el rumbo de una ideología, de una ley, de un estado borreguil. Véase si no, el Spanish Revolution que ha dado la vuelta por medio mundo. Las plataformas que se han creado en Facebook, Tuenti o Twitter han sido dignas de mención, de solidaridad y apoyo por aquellos que han alzado la voz  en beneficio de un mundo mejor y más igualitario.
“Amigos” virtuales florecen por doquier. Contamos nuestros problemas a personas que están a cinco mil kilómetros de distancia, pero quizás desconozcamos cómo se encuentra el vecino, si le podemos ayudar en algo o si necesita simplemente hablar. Si lo necesitamos nosotros. Veo a diario cómo los adolescentes se cuentan a través de redes sociales sus problemas más importantes nada más salir de clase. Llegan a casa, comen y automáticamente muchos de ellos encienden el ordenador para conectarse. En un instituto de Educación Secundaria si no tienes la archiconocida Blackberry pareces no existir. Desde siempre ha existido el afán de comunicarnos. No tengo criterios para sancionar esta actitud, ni quiero tampoco ensalzar los tiempos pretéritos cuando a las cinco, los chicos de pueblo, nos reuníamos en la plaza central a jugar con lo primero que pillábamos. Tan solo manifiesto un cambio radical en esa necesidad vital de comunicarnos, de decir que existimos y de expresar lo que pensamos, lo que sentimos, lo que nos hace un poco más humanos.
Por eso tenemos dos vidas, que cada día son más conjugables y quizás más armónicas. La del contacto de piel, donde la mirada es la reina y señora y la aparentemente más fría que pasa por pantallas digitales cada vez más sofisticadas. Estoy seguro de que poco a poco se irán aunando hasta que se lleguen a fundir, a amalgamar. O tal vez sea nuestra vida real la que  llegue a cambiar en sus relaciones y formas de mirar al otro. Vete tú a saber.

jueves, 19 de enero de 2012

10 consejos útiles para aprender a espigar

Hay personas que nacen con un instinto para espigar la vida. Esto es, saber mirar las cosas, a las personas, los pequeños detalles cotidianos que pasan imperceptibles para el resto.

Los poetas, a modo de ejemplo, son espigadores natos. A un poeta de verdad, de corazón y no de farándula, las cosas se le transforman palabras y ritmo. Ahondan en ellas y les dan chispa, como si fueran herradores del alma. Todo poeta, estoy seguro de ello, lo es desde niño. Tiene un don y un castigo a la vez: el don de la luz, de la revelación, y el castigo de tener que trasvasar por su cuerpo el dolor de los otros.

Los músicos espigan el aire, la persistente sonoridad del tiempo. El misterio, la magia, reside en su plenitud balanceándose entre las ondas de viento y ellos saben rescatarla, y compartirla.

Los escultores atrapan el instante, la materialización de las formas.

Y así, todos tenemos un don. Un don que recogemos de una forma instintiva, a cada paso, tranquilamente, sin esfuerzo. Abrimos los ojos y desplegamos nuestra sensorialidad y recogemos esa materia allá donde se encuentre. Hay personas, por ejemplo, a las que les resulta muy fácil espigar el sentimiento de los demás. Solo con mirar al otro a los ojos saben si se encuentra feliz, o angustiado, o sencillamente necesita un abrazo. Es un arma de doble filo, porque hay personas buenas y personas malas. Pueden usar ese don según les venga en gana, por lo que pueden hacerte un poco más feliz o un poco más desgraciado.

Por lo visto hasta ahora, espigar es sinónimo de vivir. Desde el momento en que nacemos aprendemos a espigar. Pero puede que este sentido se quede adormecido con el paso de los años. En ocasiones, los avatares de una vida nos hacen desentendernos de nosotros mismos y perdemos. Perdemos en sensualidad y en criterio para observar. Una imagen que me conmueve es la de ver a una persona sola en una cafetería, o en un banco, mientras observa cómo viven los demás. La gente que entra y sale, que va y viene en sus quehaceres cotidianos. El observador es como una liebre tras un matorral. Escucha, abre los ojos, y tiene las patas preparadas para dar el salto que le ayude a encontrar el misterio que encierran acciones diarias que, de otra manera, pasarían inadvertidas.

Los diez consejos útiles que se me ocurren y que pueden ayudarnos a despertar del duermevela que a veces nos invade son los siguientes:

1.      Frótense la mirada y abran los ojos a los detalles más imperceptibles de nuestro alrededor. En una cafetería, como he señalado, se pueden encontrar actitudes muy interesantes y reveladoras de nuestras conductas.

2.      En una conversación aparentemente irrelevante de nuestro vecino, podemos averiguar el latido de muchas cosas que pasan cerca de nosotros. Quiénes están tristes o apesadumbrados o son, por el contrario, felices.

3.      Hemos de seguir aprendiendo a escuchar a los otros. Un mal actual es la soberbia de escucharnos a nosotros mismos, de contarnos y recrearnos. Pero, ¿escuchamos con sinceridad a los otros? ¿Sabemos, por tanto, escuchar? Menos yo y más tú, concluyo.

4.      Espigar nuestro pasado no es fácil. Puede hacernos daño. Rebuscar cartas antiguas, e-mails, fotografías, encontrar cajas con objetos que creíamos olvidados, nos hacen reencontrarnos con nosotros mismos y con lo que hemos sido. Esta acción nos puede ayudar a entender mejor quiénes somos ahora y lo que probablemente estamos camino de ser.

5.      Una buena forma de recolección es espigar a través de un zoom fotográfico. Colocar la cámara en aquellas partes de la vida que nos llamen la atención es un método más que eficaz para capturar un momento de nuestras vidas, sea dulce o amargo. Fotografiamos puertas, fachadas, piedras o laderas. Es lo mismo. Es una recolección del mundo más inmediato que nos rodea y, por ende, una forma de apresar la forma en la que existimos.

6.      También podemos espigar cosas muy interesantes en los desechos de los demás. A veces me he encontrado con objetos valiosísimos que  habían tirado a la basura. De ahí, con un poco de mano y cierto gusto, pueden pasar a ser objetos esplendorosos que formen parte de nuestras casas. Objetos que nos dicen.

7.      Observar la naturaleza. En ella podemos encontrar un montón de sensaciones que nos complementan: sonidos, cantos de pájaros, el viento, la arena, el agua, las piedras…

8.      Espigar palabras que nos den ropajes nuevos. La mejor, la palabra caída o azarosa: palabras que leemos desde el coche; palabras escuchadas en la radio que de pronto son una revelación; las palabras del km 32 de la Autopista del Norte: http://www.juancarlosdelosreyes.blogspot.com/2011/07/proxima-parada-km-32-de-la-autopista.html; palabras de los sueños; palabras andantes, en suma.

9.      Espigamos el alma de los libros. Es un estado de búsqueda infinito y necesario. Pienso que podríamos vivir perfectamente sin escribir una sola línea en toda nuestra vida, pero no sin el placer que nos brinda la lectura. Lecturas medievales, renacentistas, barrocas o contemporáneas. En la intrahistoria más secreta de los libros florecen campos eternos de cereales que nos dan alimento y calor.

10. Por último hemos de espigar nuestro propio cuerpo. No en una imagen narcisista, sino como una forma de mirar y mirarnos. Nos espigamos las manos, la piel, los pliegues, los límites allí donde termina nuestra existencia corpórea. Es en ese límite donde terminamos y donde a su vez empezamos a existir, en otra dimensión, en el contacto con todo lo demás.

Estos son, en suma, 10 pequeños consejos que nos obligan a estirar un poco más el tiempo y el espacio en el que existimos. Podría haber muchísimos más, claro está, solo es una aproximación. ¿Qué consejo aportáis vosotros para llenar este carruaje de simientes?

martes, 17 de enero de 2012

Niñas enfermeras, bailarinas o amas de casa. Niños médicos, bomberos o policías

Imagínense algo tan bonito como una clase de lengua y literatura con un grupo de alumnos y alumnas de 12 años.  Estos chicos y chicas que tengo la suerte de enseñar, son educados, pertenecen a un estrato sociocultural medio-alto y tienen un potencial oceánico para fantasear y divertirse.

En una de las clases surgió el tema tan recurrente de lo que les gustaría ser de mayores. Escribieron redacciones llenas de sueños, voluntad e ilusión en un futuro que ven prometedor y muy, muy lejano. Después de leer sus redacciones les mandé que escribieran en la mitad superior de una hoja cuáles eran sus profesiones elegidas. Más tarde les mandé que en la mitad inferior escribieran también qué profesiones les gustaría elegir de mayores en el supuesto de que en lugar de chicos fueran chicas, y viceversa. La polémica estuvo servida. De 28 alumnos/as tan solo dos mantuvieron las mismas profesiones en los dos casos.

Vamos a ver algunos ejemplos que hablan por sí mismos:
Elena dijo que le gustaría ser enfermera. Si fuera chico policía, médico o ingeniero.
Carmen señaló que a ella lo que le gustaría ser es fotógrafa profesional o tenista. Sin embargo, si fuera chico las profesiones que elegiría serían futbolista, abogado o jugador de béisbol.
Pedro escribió que informático o policía. Al pensar que era una chica cambió sus profesiones por las de profesora o azafata.
A Tomás le gustaría ser jugador de baloncesto o piloto de aviones, pero si fuera chica ama de casa, actriz, enfermera, profesora o azafata.
A María le gustaría ser veterinaria o patinadora. De chico bombero.
Francisco, por otra parte, quiere dedicarse a la arquitectura o al submarinismo, pero si fuera chica elegiría ser modelo.
Javier sería deportista, sin especificar. Al ponerse en la piel de una chica elegiría ser cocinera.
Estos son algunos de los ejemplos copiados literalmente de sus escritos. He cambiado los nombres de los chicos por aquello del anonimato. Como he señalado al inicio, estos niños, ya adolescentes, son muy educados, buenas personas e inocentes. Son nuestro futuro, nuestras esperanzas en un mundo mejor y más satisfactorio. Es un placer darles clase y sentir el pulso de la vida en sus ojos. Entonces, ¿qué es lo que sucede para que ya bien entrado el siglo XXI se sigan manteniendo este tipo de prejuicios dependiendo del sexo que tengamos?

Las estadísticas nos dicen que en el caso de nuestro país, España, sigue imperando un modelo machista en las relaciones laborales, el salario o el papel que desempeñamos según seamos de uno u otro sexo. Efectivamente, aún queda mucho camino por recorrer. Hemos avanzado en ciencia y tecnología a pasos de gigante. Cada vez visitamos más países, nos mezclamos interculturalmente con personas tan lejanas espacialmente que hace cien años sería impensable para un español medio; hemos conquistado cimas altísimas y el mundo es cada día un poco más pequeño, más conocido. Sin embargo, el lastre de la tradición del papel que debe asumir cada sexo parece mermado, pequeñito, estancado como lluvia atrapada en un caldero.

No tengo la fórmula ni sé qué solución habría que emplear para amalgamar el rosa con el azul. Aún se ve, en las tiendas de ropa infantil, esos dos colores divididos en estantes, tan monos, tan pulcros. A ver si vamos dejando un rato a nuestros genes en paz y aprendemos a pintar un mundo con más matices. Que para eso existen las paletas de colores.

jueves, 5 de enero de 2012

Mercadotecnia y libros, libros, libros

Hay muchas formas de decir y de no decir nada. Me explico. Voy a hablar de libros y de sus portadas o, en la mayoría de las ocasiones, de las contraportadas. Es muy común encontrarnos con un aspecto que me irrita sobremanera; no es otro que el de imprimir el código de barras. ¿No se ha inventado un sistema un tanto más neutro para la comercialización de un ejemplar sagrado, como es el libro? En ocasiones les pegan etiquetas como una muestra de solución del problema. Sin embargo, a veces creo que es peor, puesto que al despegarlas parte del papel se va con ellas quedándose el libro con una gran cicatriz que rememora las transacciones que se hicieron con él.
Pero hay otra cosa que me irrita aún más. Muchos libros aparecen con el precio grabado a fuego, sin etiqueta y sin nada. Directamente impreso en la contraportada con su P.V.P. expresado en euros, libras, dólares o la moneda que se tercie. Tengo por norma no comprar esos libros. Las personas que los han creado (y no me refiero al texto ni a los escritores) han demostrado un mal gusto que raya la grosería y un pragmatismo exacerbado. ¿Cómo se les puede ocurrir hacer eso con un objeto sagrado y mágico? Especialmente en libros de bolsillo hay una moda generalizada (no en todas las editoriales, menos mal) de ponerles en la portada, y bien grande, una cifra en colores llamativos sobre lo que vamos a pagar por el libro. ¡Qué horror! Sí, todos sabemos que los libros hay que comprarlos y que tienen, por supuesto, un valor en el mercado. Pero de ahí a intentar venderlos como si de patatas fritas se tratase hay un trecho muy grande. Insisto, me pone de mal humor esa falta de estética y refinamiento en un sector del mercado editorial.

Volvamos al principio. Hay muchas formas de decir y de no decir nada. Siguiendo con las estrategias de venta, las campañas de marketing son asombrosas dentro del mercado editorial. Me refiero a la publicidad que de los libros se hace. A veces esta publicidad es hermana de la estulticia más alta. ¿Cómo se puede intentar decir algo sin decir nada? Resulta que hoy día, casi todas las novelas que salen al mercado, por poner un ejemplo, son imprescindibles, necesarias y más que recomendables en nuestras bibliotecas. No hay publicidad que se resista a esta triple vertiente de palabras que ya resultan tópicas y manidas, desgastadas. Lo que las editoriales hacen, en bastantes ocasiones, es extraer el trozo más subjetivo y concluyente de algún crítico de bien que ha publicado sus impresiones sobre la novela en algún diario de prestigio. Diarios como El País, El Mundo, Público, ABC, Le Figaro Littéraire, ELLE, LIRE, LA Gaceta de los Negocios, The New York Times, Il Giornale y un largo etcétera, son la fuente principal de la que se nutren los estrategas publicitarios para vender más ejemplares. En ocasiones estos mismos medios de comunicación sacrifican muchas otras obras literarias de alta calidad no dándoles un espacio entre sus páginas porque, quizás, no van a ser tan vendidas como las que ellos presentan. No siempre esto es así. Pero las otras obras, vamos a llamarlas de segundo orden en su popularidad, aparecen recogidas en suplementos más especializados, a los que el público en general no accede con tanta facilidad.

Pero el tema que nos ocupa, una vez comentados los problemas de las pegatinas y los precios grabados con forja, son esos comentarios críticos que no dicen nada y que podrían ser puestos en una novela u otra y no caeríamos en cambios significativos. Son, por tanto, comentarios intercambiables entre las novelas. Pasen y vean:

1.      «Pocas novelas podemos calificar como imprescindibles.»

2.      «La materia que trata tiene en sí tal fuerza emocional y apela a principios éticos y humanitarios tan fundamentales, que basta por sí sola para proveer de interés el relato. No dice cosas en detalle nuevas, pero sí las dice con emoción y coraje.» SANTOS SANZ VILLANUEVA, El Cultural de EL Mundo.

¿De qué novela se trata? Estas palabras aparecen en la contraportada de una magnífica novela, cierto es, pero, ¿nos aportan algún aspecto relevante respecto a la misma? ¿No podrían  ̶ ̶ insisto ̶  aparecer reflejadas en muchas novelas de distinta temática y estilo?

Doy por sentado, como ya he comentado, que el crítico en este caso no tiene culpa alguna. Seguro que la crítica que él hizo es más que enjundiosa y de interés. No lo pongo en duda. Son los mecanismos de publicidad los que hacen perder fuerza a esos comentarios seleccionados y extraídos en aras de algunos intereses. Están, por lo tanto, manipulados.

Continuamos con nuestra retahíla de palabras vacías:

3.      «Una gran novela donde se confirman magistrales dotes de narrador.» Le Figaro Littéraire.

Por supuesto que es un comentario crítico muy revelador. Deducimos que ya ha escrito más novelas y que tiene unas grandes capacidades para escribir, cosa un tanto extraña al tratarse de una novela que ha sido editada en bastantes ocasiones.

4.      «Una novela impresionante, de una temible gravedad.» Le Figaro Magazine.

5.      «No se puede decir más en menos papel. Una grandísima novela. Regálenla.» La Gaceta de los Negocios.

Regálenla. Claro que me gusta regalar libros y todo lo que tenga que ver con la cultura. Quizás, para atreverme a regalarla debería, primero, leerla. No me fío de la cáscara de palabras con la que en tantas ocasiones adornan los libros. Demasiado ruido. Me quedo antes con una imagen sugerente a modo de paratexto. Y si no, siempre nos pueden quedar los clásicos. En ellos no hay tanta trampa. Los siglos nos lo atestiguan. Además no hace falta leerlos, porque como dice Ítalo Calvino, los clásicos nunca se leen, sino que se releen.
Nota: Para aquellos amantes de los libros, os dejo unos enlaces en este mismo blog sobre lo que para mí significan. Porque los libros tienen vida, y hay que saber cómo cuidársela:
http://www.juancarlosdelosreyes.blogspot.com/2011/07/la-vida-de-un-libro-iii.html