miércoles, 29 de junio de 2011

La vida de un libro II

     A medida que iba redactando las peripecias de los libros en el anterior escrito, sentía cómo se me iban quedando cortas las expectativas que tenía a la hora de detallar estos avatares del destino, tan caprichosos, que conforman nuestras bibliotecas. Sería innumerable la descripción de cómo han llegado a mi habitación de libros cada uno de ellos. Sirva solamente este apunte para que cada uno reflexione en el azar que entraña cada pequeño escrito que poseemos en nuestros palacios de cristal.        
     Ahora bien, no se ha abordado aún cómo los textos se han ido creando y metamorfoseando hasta llegar a adquirir la forma en que nos han llegado, con las palabras exactas y deleitadas, a través del tiempo y de la memoria. Tampoco se ha abordado lo que ha sentido el/la autor/a en el acto mismo de la creación, aunque este último aspecto formará parte de una tercera entrega. Vayamos por partes. Los textos que poseemos son azarosos, claro está. Caprichos de las musas si recurrimos a teorías inspirativas, como son las de Homero o las de Platón, en su lúcido Ion. De esta manera, para Homero el origen de la Poesía proviene de las Musas o de los Dioses. Es decir, no pone en duda la habilidad sobrehumana de los poetas. Los dones, los regalos y presentes que las Musas conceden al poeta son tres: el don de la palabra ("palabras aladas y maravillosas" nos señala), el don del argumento y la voz del cantor. De estos tres dones el más importante es el don de la palabra, puesto que tiene la fuerza mágica de la persuasión, tiene encanto, agrada en suma. Las Musas conceden al poeta esta habilidad, esta belleza formal que no todas las personas poseen, que debe adornar el canto para que resulte seductor al lector, al público, dirá él. De esta idea, deducimos que para Homero la finalidad de la Poesía sea la de alegrar. Su concepción del arte es hedonista aunque no desdeñe una carga didáctica, pero siempre reducida a un segundo plano. ¡Qué moderno el planteamiento de Homero! ¿No creéis? Hoy día el público quiere que se le entretenga, que le divierta lo que lee, pasando, en algunas ocasiones, la carga didáctica a un segundo plano.

martes, 28 de junio de 2011

La vida de un libro I

    
     Existen libros regalados, libros prestados, libros robados, perdidos, encontrados, libros empañados por la pátina del tiempo, libros infantiles, ensayos, históricos, filosóficos, novelados, poéticos, teatrales, libros que te dicen sí, que no te quieren, que te aman, que te seducen, que te dejan indiferente, libros desvencijados en tu estantería, libros subrayados, temidos, anhelados, libros incomprensibles, babélicos, matemáticos, exactos, redondos, cuadrados, de tapa dura o blanda, de bolsillo, electrónicos, best sellers, firmados, filológicos, didácticos, biológicos, libros, en suma, que rezuman nuestra vida por todos los ángulos de nuestra existencia. No solo son las autobiografías, que también, sino toda una pléyade de páginas apresadas en letras redondas que nos separan del abismo de estar solos. Una casa no es un hogar completo hasta que sus paredes se tiñen de libros de infinitos colores, tamaños y títulos. Es como si en esas estanterías se tambaleara de alguna forma nuestra conciencia y nuestra particular forma de mirar el mundo. Son las vigas más férreas sobre las que se sustenta nuestra casa. El material de un libro es tan firme, tan imperecedero, que nos acompaña a lo largo de nuestra existencia como un tabique imposible de quebrar. Los libros son esa columna vertebral, articulada y resistente,  que interviene como elemento de sostén estático y dinámico, nos proporciona protección y nos ayuda a mantener el centro de gravedad. El libro es tabique y columna vertebral.

     Los libros que llegan a nosotros lo hacen a su antojo en la mayor parte de las ocasiones. Son hijos del azar y de la cosecha que hemos ido sembrando. ¡Qué felicidad la recolección! Los amantes de los libros deambulamos por librerías, rastros, bibliotecas, casas de amigos, en la búsqueda de ese ejemplar que nos complemente. La emoción de entrar en un recinto sagrado, donde sabemos de antemano que nos vamos a encontrar con cientos de títulos y géneros de todo tipo, nos acelera el pulso. Ya, ya sentimos el calor de ese refugio amasado en letras de papel. Nos vamos acercando y de entre todos algunos de los ejemplares que ahí se muestran, nos llaman la atención por cualquier motivo desconocido a nosotros. Una portada sugerente y un título que nos remite a otros mundos posibles nos indican que, tal vez, ese sea el libro que estábamos esperando desde hace tiempo. Después, a modo de ritual, como hacen los pueblos árabes con el té, lo cogemos entre nuestras manos y como si fuera una ofrenda, lo pesamos, vencemos las leyes de la gravedad y con la paciencia de un acordeonista, lo abrimos y dejamos que sus páginas acaricien uno de los sentidos más íntimos: el olfato. Sí, el libro parece ser un manjar porque lo olemos. Dejamos pasar sus páginas por nuestra nariz y aspiramos apenas un instante su aroma, que, como el del té, nos acerca a un estado meditativo y muy cercano al paroxismo. Más tarde leemos la contraportada y lo acariciamos. ¿Será el elegido? El paratexto nos grita, nos dice algo muy íntimo, y entonces jugamos con la idea de tenerlo o no. ¿Degustaremos ese ansiado néctar?

     De esta forma, han llegado a mis manos cientos de libros. Una mera intuición, un olor y un tacto agradables, y ya vamos a formar parte de una unión invencible por mucho tiempo, quizás, para siempre. En otras ocasiones, amigos que te quieren, te prestan un libro que ni siquiera sabías que existía, pero que desde que lo ves, te atrapa. A mí me pasó una vez con un libro de collages de Carmen Martín Gaite: Visión de Nueva York. El libro era un ir y un venir. Me explico: mi amiga me lo dejó, incluso dedicado a mí, para que me lo quedara el tiempo que fuera necesario. Así fue. Después, volvió a su dueña cerrando un pequeño círculo de una amistad. No fue un intercambio al uso, puesto que si hubiera querido (me lo regaló finalmente) me lo habría quedado. Pero yo insistí en que volviera a ella, porque fue ella la que se encargó, desde un principio, de cosechar ese estimado libro. Otras veces no ha sido así, y claro que he aceptado el regalo de ese bien tan preciado. Como aquel de una noche especial en que me fue ofrecido otro libro de la Gaite: Nubosidad Variable, espejo en añicos que conforma una pequeña pero estimada parte de mi vida: "La vida está hecha de añicos de espejo, pero en cada añico se puede uno mirar." El libro, dedicado, me reconfortaba en un mundo que acababa de descubrir. Colecciono ese tipo de dedicatorias tan sentidas y cercanas: "Gracias por convertirte en un añico del espejo de mi vida que, con su luz, permite que el espejo entero pueda iluminar... Aquí te doy un pedacito, otro añico del espejo, una parte fundamental de mí, así que cuídamela. Cuando vuelvas reuniremos otra vez los añicos de este verano... Gracias por todo lo que me has dado en estos meses. Te quiero muchísimo, no lo olvides."

     Así que cuídamela, rescato de la dedicatoria. Creo que se refiere a dos cosas distintas en principio pero entretejidas más tarde. Ese "cuidar" se refiere a la vida de mi amiga, pero también, intuyo, a la vida que palpita el texto regalado. Una y otra se confunden en un sutil hilo que viene a decir más o menos: Te entrego parte de mi existencia en estas palabras, cuídalas. No creo que se pueda expresar de una forma tan cariñosa y cercana un sentimiento de amistad. De nuevo el libro es la columna vertebral de la amistad entre dos personas.

     Nuestros libros somos nosotros. Recorro, visualizo, huelo, palpo aquellos libros que me han dejado una huella indeleble en mi memoria y en mi casa. Atisbo, casi de puntillas, el primer libro que llegó a mis manos y a mi corazón. El principito de Antoine de Saint-Exupéry llegó por mandato escolar a la edad de los siete años. Ya no tiene tapas, y huele a prehistoria. Es una edición en blanco y negro de Alianza Editorial en su formato de bolsillo. Recuerdo pidiéndole doscientas pesetas a mi madre e ir a todo correr a la librería de mi pueblo a comprarlo porque en breve iban a cerrar, y yo lo necesitaba para una tarea escolar. Recuerdo ir, pies espantando palomas, poseído por un afán de encontrar el libro, no sé si por temor al castigo del maestro o porque creía que me podía encontrar en el libro algo que me agrandase. A día de hoy me inclino por la primera de las dudas...  El hecho es que tantos años después sigue viviendo al lado mío, con el vaivén de los tiempos y el azar del destino.  Tengo subrayas a lápiz algunas palabras que ahora comparto: "digestión"; "reflexioné"; "obra maestra"; "desalentado"; "extraviarse"; "lúcida"; "náufrago"; "misterio"; "absurdo";  "estupefacto"; "embarazoso"; "indulgencia"; "tiempo"; "palabras"; "avión"; "aquí"...  Me resulta poético pensar que con todas esas palabras subrayadas, a las cuales no consigo encontrar relación de ningún tipo (señalo), se podría aventurar hoy una especie de cadáver exquisito de palabras. Sea como fuere, todas y cada una de ellas me vienen de maravilla para mi escrito porque me he quedado un tanto estupefacto al descubrirlas, tanto que son un misterio en su relación, pero con toda mi indulgencia las he aprendido a querer, a lo largo del tiempo, aquí, desde donde escribo. Palabras lúcidas y en ocasiones absurdas, a veces embarazosas, que conforman esta obra maestra que es El principito que, gracias al azar, no se han extraviado y  han tenido tiempo suficiente de hacer la digestión de la olla podrida mientras iba creciendo y tomaba aviones que me han traído, sin rechistar, a este estado más maduro, reflexiono, sin estar nunca desalentado por el fracaso que supone toda vida.

     Los libros andan y son como sombras, siempre al acecho. Los libros, por utilizar un término de Miguel de Unamuno, son la intrahistoria más sagrada que poseemos: nuestra vida más silenciosa, nuestro decorado, las venas del pensamiento y del disfrute. Con los libros aprendemos a ser y a serlo todo.



     Mi primer libro

lunes, 27 de junio de 2011

El Domador de Versos

     
     "A ti la dama, la audaz melancolía, que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio. Tú, que atormentas mis noches cuando no sé qué camino de mi vida tomar... Te he pagado cien veces mi deuda. De las brasas del ensueño solo me quedan las cenizas de la mentira que tú misma me habías obligado a oír. Y la blanca plenitud, no era como el viejo interludio y sí una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí, y que no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad".

     Estas palabras, maravillosas, pertenecen a uno de los personajes comentados en el anterior escrito. Vuelvo a inmiscuirme por una ventana que nos transporta a ese personaje del film, Léolo, que me dejó atrapado. Este es El Domador de Versos, uno de los espigadores de la ficción que más bien ha hecho en este nuestro universo compartido. Palabras en off que dejó escritas el protagonista. El Domador que hurga en las basuras cree que las imágenes y las palabras deben mezclarse en las cenizas de los versos para renacer en la imaginación de los hombres. Busca y rebusca como un Don Quijote de desechos poéticos los intersticios de la imaginación. Domador de palabras, hogueras, domador de historias que hace suyas, de cartas y fotografías.

     Domar en ocasiones la vida puede ser un acto de fe, si se hace con respeto y empatía. Domar la vida de los otros es reconocer esa otra existencia y hacerla cómplice de la nuestra; crear una especie de justicia poética ante el dolor de los demás, máxime cuando ya no están.

     Recuerdo una vez que fui domador, aún sin saberlo. Era de noche y caminaba por las calles de Oviedo. Entre cajas amontonadas me encontré un montón de fotografías en blanco y negro que parecían el álbum de una historia familiar. Caras anónimas se me revelaban en elipsis temporales (¿qué habría pasado entre tanto en sus vidas?) entre una y otra foto. La indumentaria de la época (entre los años 50, 60 y tal vez 70), la forma de relacionarse entre las personas que aparecían, los peinados, el estatus social al que podrían haber pertenecido, sus gustos y preferencias, los amores sentidos... Me encontré, repito, con ese fardo de fotografías y me quedé ensimismado mirándolas. No entendía nada. Seguro que todas, o la mayor parte de esas personas estarían ya muertas, de ahí que hubieran ido a para a la basura. Las fotos estaban bien cuidadas, como las de cualquier familia que se precie de poseer ese irrepetible bien y las cuide como si de su alma se tratara. Pero el hecho factible es que estaban allí, tiradas, y después en mis manos. Miré al edificio que estaba enfrente de los contenedores. Era alto, imponente, en una buena zona de la ciudad cerca del Hotel de la Reconquista. Volví a mirar mis manos llenas de una historia familiar ajena a mí. Entonces me invadió la tristeza. Me vi reflejado en las instantáneas de esas personas que en otro tiempo fueron felices; lo destilaban sus rostros. Me invadió la tristeza, repito. No tuve el valor de volver a ponerlas donde me las encontré y me las llevé sin saber qué haría con ellas. Ese fue mi acto de justicia poética. Me sentía, en parte, salvador de los recuerdos de una familia anónima con tan triste final. Tan triste como una lápida plagada de caracoles.

     Durante años, esas fotos estuvieron deambulando conmigo en los distintos lugares en los que viví, hasta que al final se quedaron guardadas en una caja con otros recuerdos míos en mi casa familiar. Un día, haciendo la limpieza anual de los armarios, mi madre dio con ellas, y muy sorprendida me preguntó que de quién eran esas fotografías. Yo balbuceé y acabé por confesarle la verdad. En un principio ella se quedó callada, como si esa historia le diera vértigo. Hubo un momento tenso y anacarado, a la manera de una escena de cine francés. Momento en ralentí, de reflexión. Pasados unos segundos me miró y me dijo con seriedad: - Esas fotos es mejor que no estén aquí. Lo entendí. No fuera a ser que esas fotografías se confundieran con los recuerdos de las nuestras. Cada uno en su casa y Dios en la de todos, parecía decirme con su mirada. Mi madre no fue cruel ni despiadada, tan solo una madre protectora de los suyos y de su propia memoria. Cierto es que a mi madre le encantaba conservar, como un tesoro, las fotos de su propia historia y la de su familia. Recuerdo esos domingos norteños y lluviosos en los que sacábamos las fotos de los álbumes y de cajas con motivos chinescos y compartíamos palabras mirando las imagénes tantas veces repetidas. De esa forma fui reconstruyendo mi propia historia; a modo de pequeños girones deshilachados fui hilvanando la historia de mis antepasados y de mis familiares más cercanos. ¡Qué alegría tan grande me producía saber que una tía abuela mía, por parte paterna, había sido aya de la Reina Fabiola de Bélgica! La miraba y la veía en la fotografía de un diario de la época, guapa y con una mantilla, mientras comentábamos los pormenores de estar al servicio de una familia aristocrática. De ahí se entretejían otras conversaciones al calor de las fotos que derivaban en otras y, así, sucesivamente. Una espiral de acontecimientos familiares rehogados al calor de las viejas y adoradas fotos.

     Nos habíamos quedado en la reacción de mi madre cuando supo de la existencia de esas fotos que yo llevaba años guardando (o custodiando, según se mire). Entonces supe que ya había llegado el momento de dejar las fotografías libres. La poética del destino se había cumplido. Fueron rescatadas del vertedero del olvido y ahora les tocaba seguir caminando, seguir siendo verso libre. Las deposité en un lugar privilegiado de mi pueblo natal y dejé que fuera el destino el que jugara con ellas. No sé lo que sucedería, pero de lo que sí estoy seguro es de que el viento o el mar u otro Domador de Versos vendrían en su ayuda para rescatarlas de un nuevo desdén.

     Tal vez ahora la soledad de esa familia ovetense rescatada de la quema sea su palacio y, como el Domador, rescato de El valle de los avasallados el siguiente fragmento:
"Solo encuentro momentos verdaderamente felices en mi soledad. Mi soledad es mi palacio. Allí tengo mi silla, mi mesa, mi cama, mi viento y mi sol. Cuando estoy sentada fuera de mi soledad, estoy sentada en el exilio, estoy sentada en un país engañoso. Estoy orgullosa de mi palacio. Saco pecho para mantenerlo cálido, agradable y resplandeciente, como para recibir mariposas y aves. [...] Cuando un amigo camina por mi palacio, las paredes tiemblan, la sombra y la angustia se precipitan por las ventanas de luz y silencio que cada uno de sus pasos rompe. [...] Tengo que vencer mi miedo. Para vencer el miedo hace falta verlo, oírlo, olerlo. Para vencer el miedo, hace falta estar a solas con él. [...]."
Bérénice, Léo, el Domador, las fotografías envidian una soledad reconfortante al saber que mientras tanto duermen los felices.

 Versos sobre pared

                                          

sábado, 25 de junio de 2011

Porque sueño, yo no lo estoy. Porque sueño, sueño

                                           

      Fotograma de Léolo, de Jean-Claude Lauzon, 1992


    
     ¿Qué mecanismos inducen al conjunto de una sociedad a considerar a determinadas personas como locas? El adjetivo loco/a funciona a modo de hiperónimo para abarcar un gran campo semántico de actitudes que se consideran extrañas o alejadas de la norma social. Está loco porque habla solo, loco porque siempre se le ve solo, porque ha dejado a su pareja con lo maravillosa que es, loco porque no me da la razón, loco porque es un extravagante... Parece ser que no podemos hablar, andar, abandonar o salirnos de la norma porque entonces vamos a tener el sambenito del dichoso adjetivo. Y es que, los mecanismos que tenemos los seres humanos para combatir la hecatombe de nuestra sociedad, el día a día, son difíciles de encorsetar. Para eso nos quedan los sueños, nuestro mundo onírico, nos recuerda la literatura o el cine. Si queremos hablar solos dialogamos con los libros, si pecamos nos vemos reflejados en la pantalla o en la escena (qué necesaria la catarsis), si sufrimos por amor, ahí tenemos cientos, miles de escritos o filmes que nos reconfortan, si somos extravagantes, solo basta con mirar alrededor y nos sentiremos, sin duda, pequeños en nuestra rareza, porque siempre es superado por la selva humana en que vivimos.

     Una de las mejores muestras de reconciliación con el mundo de la locura la encontré, hace ya bastantes años, en un film del canadiense Jean-Claude Lauzon. Léolo es una de esas películas que se te quedan enquistadas de por vida desde que la ves y te recreas en su mundo, tan cercano y tan distante de nuestro país. Léolo es una espiga al viento que se desgrana en multitud de rincones que a todos, en mayor o menor medida, nos puede tocar, aunque sea un diminuto granito. Pero lo que más me llama la atención de la película es precisamente la hondura con la que trata el mundo de los locos, de los enajenados, apartados, por más que nos lo muestre desde la mirada de un niño. Niño muy pequeño, de unos dos años, después de unos seis, después de unos nueve. Toda la infancia de Léolo es recorrida desde el desfiladero insalvable de la locura que le envuelve al venir al mundo en una familia y en un barrio que lo apresan y lo encadenan a la mayor frustración del ser humano: la insatisfacción vital. Lo que vemos a través de sus ojos es un campo sórdido y yermo de seres que deambulan a su alrededor sin darse cuenta de que la vida puede ser más rica en matices y esperanzas. Su madre es el único subterfugio de salvación en esa deriva existencial del pequeño: "Mi madre tenía la fuerza de un gran barco caminando por un océano enfermo", señala la voz en off de Léolo. Efectivamente, un océano enfermo de hermanos y hermanas con los que no podía compartir su maravilloso y planetario viaje. Él quiere a sus hermanos, porque son suyos, pero no desiste en reprocharles en su pensamiento cómo están malgastando su vida en tareas estériles. Véase la escena en la que su hermana Rita colecciona insectos de todo tipo en tarros de cristal, o en la obsesión de su otro hermano Fernand por tener un cuerpo esculturalemente tallado para defenderse de su trauma más persistente: el miedo. Léolo, en la habitación despiga sus pensamientos: "Mi madre nos regaló una bonita rosa de plástico, teóricamente para alegrar nuestra habitación, por eso de que la flor es una imagen o más bien, una idea de la naturaleza. Su rojo escarlata estaba asfixiado por el polvo que cada vez lo iba matando más. Si al menos alguien de la familia pudiera darse cuenta de que esta flor carece de naturalidad. Con su etiquetita dorada “made in Hong Kong” pegada bajo un pétalo. Bastaría con un pequeño gesto sin esfuerzo para despegar esa etiqueta y empezar a creer en esa ilusión. Pero me niego a tocarla. No quiero hacerme un lugar en este cementerio de cuerpos vivientes. Pero resulta que mis dedos del pie me recuerdan que estoy aquí. Salen de un agujerito en el extremo de mi manta. Cada día, sin que yo mismo me dé cuenta, consigo asomar un dedo más que el día anterior. Mañana asomaré mi pie entero, y mi pierna. Y pronto será mi cuerpo. Siento que debo abandonar esta vida antes de estrangularme con este agujero".Pero Léo se recrea en su mundo y no encuentra otro recurso para escapar que la lectura. Se encuentra con un problema reseñable: en su casa no hay ningún libro. Se nos cuenta cómo un día, fruto del azar, llega un espigador a su casa, un recolector de fotografías envejecidas y desaliñadas en los contenedores, un recolector de escritos, cartas o diarios. Es este uno de los personajes más subyugantes que me he encontrado en la historia del cine: El Domador de Versos. Ese Domador que cree que las imágenes y las palabras deben mezclarse en las cenizas de los versos, para renacer en la imaginación de los hombres. El Domador se encuentra con algunos escritos que fueron desechados en el contendor de basura del humilde barrio de Léolo. De ahí que quiera subir a su casa, con un pretexto, para conocerlo. Entonces es cuando vivimos un momento mágico. Gracias a la hospitalidad de la madre que le sirve un trozo de pastel y al comprobar este que la mesa cojeaba, decide ponerle un libro a la pata de la mesa para que dejara de tambalearse. Ese libro es pieza y engranaje de la historia. El libro lo abandona a su suerte, sabiendo que tiene alguna probabilidad de caer en las manos de nuestro protagonista. Efectivamente, ese libro va a ser el desvelo de las noches de Léo: " Lo único que le pido a un libro es que me inspire energía y valor, que me diga que hay más vida de la que puedo abarcar, que me recuerde la urgencia de actuar."

     Ese libro no es otro que El valle de los avasallados (L'avalée des avalés) del quebequense Réjean Ducharme. Leólo se arma de guantes y gorro de lana y pasa algunos ratos nocturnos leyendo a la luz de la nevera fragmentos disgregados de ese libro que quizás, filosóficamente, se le quede grande. Aún así trata de apresar palabra a palabra el alma del libro. No puedo encontrar una poesía tan sublime como la de un niño empeñado en cambiar su propio destino a través de la lectura acompañado por la tenue luz de la nevera. Por cierto, y haciendo un inciso, una vez conocí a un poeta asturiano que me contaba que en su casa, de niño, leía alguna que otra noche de la misma forma que acabo de detallar. Para mi sorpresa desconocía esta escena del film. Es curioso cómo  la vida y el arte se entretejen es una suerte de amalgama hermosa y fortuita sin poder deshacer ese nudo irrefrenable entre una y otro. 

     He rescatado algunas de las escenas más sobresalientes de la película comentada no con el objetivo de hacer una crítica de cine, ni mucho menos, si no con el afán de ilustrar de la mejor forma que conozco, cuáles son esos resortes que usamos los seres humanos para librarnos de la locura, como he señalado al principio de este escrito. Creo que el film nos puede dar pistas sobre esos mecanismos inherentes a la condición del hombre, aunque tantas veces denostado por la sociedad que en suerte nos haya tocado vivir. No en vano, desde la tradición literaria clásica (por algo será) se nos recordaba el efecto purificador que tienen las obras de arte sobre nuestras conciencias y condiciones. De esta manera, la catarsis se refiere a los efectos sobre el espectador (sea el género que sea o la forma que usemos para crear este efecto) y a las reacciones que en el público calen. El espectador sentirá una especie de purificación de sus propias pasiones que puede ser objetivada a través de cualquier historia que se le cuente y la relación entre las acciones culposas (conscientes o inconscientes) y por tanto, el castigo que les corresponde. Ya Aristóteles utiliza el término en tres pasajes de sus obras (en el Libro VIII de la Política y dos en la Poética). Mediante la compasión y temor se lleva a cabo la purgación (catarsis) de las afecciones que el ser humano arrastre. Efectivamente, el arte presenta un mundo de ficción en el que existe el dolor y el mal, además de la fatalidad del destino y la culpa en general (hybris), además del error que es consustancial a la conducta humana (hamartía), que podemos encuadrarlo a medio camino entre lo objetivo de nuestro destino y la subjetividad de nuestras conductas.

viernes, 24 de junio de 2011

Los más pobres espigaban al atardecer

    
Las Espigadoras Jean-François Millet, 1848, Musée d'Orsay




Vivir es buscar, recolectar y compartir. El título de este blog queda delimitado a un ámbito que nos evoca lo rural, lo de antes, lo antaño. Espigar tiene, según diversos diccionarios, una gran carga semántica. Espigar es coger las espigas que los segadores han dejado en el rastrojo, pero también el crecimiento de los cereales, cuando estos empiezan a echar espigas. Un adecuado ejemplo encontrado en el diccionario de la lengua española de Espasa-Calpe, que nos viene de maravilla, es el siguiente: "Los más pobres espigaban al atardecer". ¡Qué curioso que señalen esta oración para ilustrar el verbo espigar. ¿Quiénes son "los más pobres"? ¿Qué nos evoca esta oración tan simple, tan sencilla en su sintaxis y, sin embargo, tan rica en matices? Los más pobres, pienso, podemos llegar a ser todos. Los más pobres somos todos, repito. Espigamos por una necesidad imperiosa de sobrevivir. Espigamos para después recolectar. Qué paradójico resulta que se hable de los más pobres, refiriéndose, quién sabe, a los campesinos que se tenían que levantar y agachar una y otra vez en las faenas del campo, en esa recolecta estacional tan dura y en pequeñas ocasiones festiva. Paradójico, señalo, porque entonces los más pobres somos multitud.

Hace algún tiempo vi un exquisito documental de la francesa Agnès Varda titulado Los espigadores y la espigadora (Les glaneurs et la glaneuse) que cambió mi percepción de las ciudades y de los habitantes que pululan por ellas. Partiendo del campo, Varda nos conduce más tarde a la ciudad para mostrarnos cómo las personas, en esta sociedad de la obsolescencia, recolectan por una necesidad vital (véase la gente que espera ojo avizor en los mercados para llevarse las verduras que están a punto de tirar a la basura) o por una necesidad que yo llamaría artística. Los dos aspectos se entretejen en el film hasta llegar a fundirse. Efectivamente, el hambriento o necesitado busca y busca hasta encontrar el residuo de nuestra aparente opulencia: cables, metales, hortalizas, carne... Somos gaviotas sin alas, pienso. El artista busca también aquello que lo recree y que le haga complementar este mundo: un paisaje, un cuadro desvencijado en una tienda de extrarradio, palos, piedras, arena. Es tanto lo que la directora busca que de tanto intentarlo se encuentra a sí misma, filmándose sus propias manos, como si fuera un hallazgo que la hubiera complementado, revelado. Un film que es un espectáculo para los sentidos. Seguro que no os decepcionará.

Pero como no soy crítico de cine, ni tampoco pretendo serlo, volvamos al tema que nos ocupaba, la definición del verbo espigar. Sigo leyendo y me topo con otros significados que me subyugan. La tercera definición a la que nos remite el diccionario señalado es la siguiente: "crecer demasiado algunas hortalizas, como la lechuga y la alcachofa". ¡Vaya! ¡Qué poca literatura le puedo poner a esta acepción! Tal vez me haya precipitado a la hora de resaltar las siguientes definiciones... Solo se me ocurre apuntar que, claro, si las lechugas o las hortalizas crecen demasiado, se nos espigan, ya no nos sirven para alimento, aspecto este que no deja de tener su preocupación, tal y como está el mercado alimenticio. Voy a dar, aún así, un voto de confianza a la última acepción reseñada: "crecer notablemente una persona". Ahora sí que me froto las manos puesto que me sirve para el desarrollo del tema que estoy tratando. "Crecer", "notablemente", "persona", una buena tríada para cualquier comentario sobre lo divino y humano. Efectivamente, al espigar crecemos como personas, porque aprendemos a mirar el mundo con otros ojos y a morderlo con los labios, como si fueran espadas, que diría el poeta. En la búsqueda está ese crecimiento al que hace alusión la definición. Si espigamos somos, diría yo.

Y como tantas cosas que ya están escritas o en este caso, cantadas, me remito a una brillante película (de nuevo el cine, vaya con mi obsesión) de Pedro Almodóvar. La película en cuestión es la oscarizada y desdeñada en España Volver. Quiero rescatar únicamente el inicio de este film, cuando, en un cementerio de Castilla la Mancha, mujeres de distintas edades cuidan y limpian no solo las tumbas de sus seres queridos, sino también las tumbas que serán, sin remedio, suyas. De un modo esencial, y no como un mero adorno, se escucha el tema titulado Las Espigadoras (La Rosa del Azafrán), canción que ya podríamos encuadrar dentro de nuestro folclore popular: "[..]por los carriles y los rastrojos soy la hormiguita de los despojos y como tiene muy buenos ojos espigo a veces de los manojos/ [..] ¡ay, ay, ay, ay! qué trabajo nos manda el Señor, levantarse y volverse a agachar todo el día a los aires y al sol /[...]". No se me ocurre una mejor canción para una película que muestra la última estación de nuestra existencia: la muerte. Nosotros nos morimos pero esas mujeres, en una expresión de alegría, nos limpian y sacan brillo a las lápidas, se agachan y se vuelven a levantar, porque no en vano, en eso consiste ese atardecer al que aludo en el título. Pobres somos todos.



jueves, 23 de junio de 2011

Noche mágica, noche de San Juan


     Hoy es una noche señalada en el calendario de nuestra cultura. Hoy arde la tierra y los troncos se abrazarán al campo con la esperanza de un año más suculento. Hoy, 23 de junio de 2011, es una buena noche para que arda el mar, como señalaba Gimferrer, y de paso nuestras conciencias. Tiempos revueltos, de crisis dicen, habrán de ser cremados sin piedad. No hemos de tenerle miedo al fuego ni mucho menos al efecto purificador que dicen que tiene. Hemos de hacerle frente y aprender a mirarlo; de esta manera, nos podremos encontrar con nuestros ancestros y con nuestro propio yo para abarcarlo al tú, tan desdeñado (excepto de boquilla) en nuestra sociedad. Insolidaridad, lo llaman algunos. De ahí que en esta Noche nos reencontraremos y recogeremos los restos de las pavesas para hacer frente a lo que se nos puede venir encima. Propondría que hoy fuera la Noche de fin de Año, el antes y el después, pues es mucho más cercana esta fiesta que la encorsetada y ebria Nochevieja. Esta Noche es todo lo contrario. Es pura y redonda, iluminada y sabrosa.


Recuerdo las hogueras al son de la música celta y decenas de personas bailando alrededor, unidas al compás del baile del fuego. La sidra que brotaba, los jóvenes que saltaban, el cura que deambulaba. Cuando aquello no tenía el pesar del futuro incierto y el fuego era eso, fuego, y la Tierra una cabaña en la que me sentía protegido. Ahora esta cabaña arde, como el mar, reitero, y pienso en lavar toda la arena de la playa para que quede limpia y fuera de rastrojos.


Agradezco esta muestra de cultura popular (término tan en boga hoy día) porque así todos nos sentiremos más hermanados, aunque solo sea por un pequeño instante, como el de la chispa de una cerilla. Por favor, no se quemen.

Restos de una noche de San Juan