viernes, 15 de julio de 2011

Papelera de escritor

    El escritor se hace más grande no por lo que queda (o publica) sino por lo que tira a la papelera. Algo parecido oí una vez en boca de Gabriel Gª Márquez. ¡Cuánta razón lleva! En el acto de la escritura se reescribe una y otra vez hasta dar forma definitiva al texto que quieres conseguir. Muchas veces esta cima no se alcanza y te has de contentar con la caverna platónica, con la sombra de aquello que anhelas transmitir. La revisión del texto te puede llevar por caminos harto diferentes a lo que en principio el escritor había pensado. En ese punto el texto no es tuyo y cobra vida propia. Si esto es así con el ejercicio de escribir, con esa cocina a fuego lento que es la escritura, imaginemos lo que puede suponer componer una canción, pintar un lienzo o hacer los planos de un edificio. Pero como el tema que me he propuesto abordar es la escritura, no encuentro mejor ejemplo para ilustrarlo que el de la redacción de un pequeñito texto, anecdótico, pequeño en su pretensión. Sería una labor de gigante intentar ilustrarlo con la creación de una novela o de una obra teatral.

Rescato, espigo, tres versiones diferentes de un microrrelato escrito hace ya bastante tiempo. La idea es la misma, la forma diferente. En los distintos borradores aparecerían tachones, colores, notas en los márgenes, palabras rectificadas una, dos, tres veces, subrayados, flechas, comentarios... Todo un mosaico de marcas que ayudan en ese parto que es todo texto. Al final, añadiré la versión que se dio por cerrada y definitiva. ¿Por qué ha quedado esta como definitiva? No lo sé. Quizás ahí resida lo sagrado que encierra el misterio de todo acto creativo. El capricho de los dioses que juegan a su antojo con aquellos que recrean en forma de arco y lira este mundo.

Versión 1ª: 

¿Cómo se llamaba? Se preguntaba el poeta en el vacío de su habitación. Gramáticas, diccionarios descuadernados, borrones de tinta fresca, ceniceros pletóricos de ideas, una radio con la voz apenas extinguida. No encuentro la palabra que necesito, esta debe de haber saltado por la ventana. Sin pensárselo dos veces bajó, pies espantando palomas, a la calle. Tráfico, ruido, lluvia, hojas muertas en el arroyo artificial. Levantó baldosas, preguntó a los transeúntes, paró a los taxistas.  Se fijó en las hojas y tras ellas llegó a la alcantarilla. Allí, soterrada, estaba la palabra fugitiva: memoria. Ahora ya lo sé, dime tú.

Versión 2ª

¿Cómo se llamaba? Se preguntaba el poeta en la soledad de su habitación. ¿Por qué no le decía cómo se llamaba? Gramáticas, diccionarios descuadernados, borrones de tinta fresca, ceniceros pletóricos de ideas, alfabetos desordenados. ¿Adónde ha ido la palabra? ¿Habrá saltado por la ventana? Sin pensárselo dos veces bajó, pies espantando palomas, a la calle. Tráfico, ruido, lluvia, hojas muertas en un arroyo artificial. Levantó baldosas, las raíces de algunos árboles, preguntó a la gente, paró a los taxistas. Nadie sabía cómo se llamaba aquella palabra. Se fijó de nuevo en las hojas y siguiendo su rastro se dio de bruces con una alcantarilla. Allí, soterrada, estaba la palabra fugitiva: memoria, así me llamo-le dijo-. Ahora ya me conoces. Dime tú.

Versión 3ª:

¿Cómo se llamaba? El poeta estaba dispuesto a levantar las mismísimas raíces de la luna para averiguar cómo se llamaba aquella palabra que había saltado por la ventana al intentar apresarla. Había desaparecido de las gramáticas, de los diccionarios, de los atlas y de los poemarios exquisitos de su colección particular. Sin pensárselo dos veces bajó, pies espantando palomas, a la calle. Levantó baldosas, buscó entre los andamios, preguntó a los transeúntes, paró a los taxistas. Nada. Se fijó en el ritmo de las hojas al caer y cómo éstas se colaban entre los agujeritos de una alcantarilla de su ciudad. Buscó allí también y la encontró, soterrada, fugitiva. Es la memoria – gritó- y nadie, en toda la ciudad, logró entender ya qué significaba aquel vocablo.

Versión definitiva:

¿Cómo se llamaba? El poeta estaba dispuesto a levantar las mismísimas raíces de la luna para averiguar el nombre de aquella palabra que había saltado por la ventana al intentar apresarla. Había desaparecido de las gramáticas, de los diccionarios y de los poemarios exquisitos de su colección particular. Sin pensárselo dos veces bajó, pies espantando palomas, a la calle. Arrancó baldosas, andamios, paró a los taxistas. Nada. Observó las hojas muertas de otoño y siguiendo su rastro se dio de bruces con una alcantarilla. Allí, soterrada, estaba la palabra fugitiva: MEMORIA.
-Así me llamo, -dijo- ahora ya me conoces. Dime tú.







miércoles, 13 de julio de 2011

Aviso por derribo

      Es cómodo adentrarse en el mundo creativo de aquellos artistas que nos llegan, que nos aportan sensaciones y experiencias en nuestra vida. Hay cientos, miles de libros, películas, arquitecturas, pinturas que nos seducen sin saber por qué. Establecemos una conexión íntima con el autor-creador de las mismas y nos hacemos seguidores en numerosas ocasiones sin condición. Ya no nos preocupa si la calidad de las mismas es aceptable o no. Decimos: es que esta es la nueva novela de Gª Márquez, o la nueva película de Almodóvar, sin cuestionarnos nada más que el origen de aquel o aquella que la la ha creado. A veces nos resistimos, con estos creadores nuestros adorados, a hacer un análisis más profundo, porque quizás esta vez nos haya podido defraudar. Pero el motivo de este escrito va por otros derroteros; esto es, las obras de aquellos que, por más que lo hayamos intentado, no nos llegan, no nos dicen nada ni mucho menos nos seducen de ninguna manera. A pesar de que los hemos espigado (sería imposible adentrarnos en las obras de todos los artistas del mundo) seguimos sin conseguir que nos recreen o nos empaticen. Vaya de antemano que este escrito se hace desde el respeto, desde el valor que todo artista tiene si lo hace con honestidad y veracidad.
     Rescataré desde mi experiencia algunos de estos artistas que no han conseguido ahondar en mí, ni aportarme nada, a excepción de ese intento frustrado. Con muchos de ellos he optado por tirar definitivamente la toalla en el combate.

     Gonzalo Suárez es un director de cine con una larga y avalada trayectoria. Nunca me ha llegado. No consigo adentrarme en su atmósfera, ni entender sus guiones, ni mucho menos simpatizar con los personajes creados. Es una pena, me dicen aquellos seguidores del director. Probablemente sea así. Yo me lo pierdo, pero por más que lo he intentado, nada. Recuerdo una vez que una amiga me dejó, para que visionara durante la Semana Santa, una película emblemática de el director titulada Remando al viento (1988). Me comentó que era un lujazo de película, que me iba a gustar seguro. Cuando empecé a verla me iba sintiendo incómodo puesto que no lograba encontrarle ese encanto que me había comentado esta amiga. A la hora iba pensando que me había tomado el pelo y que lo único que quería era gastarme una broma, al prestarme un film tan pesado y aburrido. Cuando le devolví la cinta (soy de los que devuelven las cosas) le dije que la broma había estado simpática. Ella, mi amiga María, no lo entendía. Se lo expliqué y ella me reprochó que en absoluto, que me la había dejado porque para ella era una película muy buena. Me quedé así como titubeando y le mostré mi parecer. Ante estas situaciones sobran las críticas cinematográficas o el intentar persuadir. No es no, y en este punto no hay mucho más que hablar. Lo he intentado con algunas películas más del director: El detective y la muerte (1994) y, a pesar de aparecer mi admirada Charo López, casi me duermo en el cine. Aburrimiento. Dije que nunca más cuando fui al cine a ver Oviedo Express (2007). Le di al director esta última oportunidad puesto que me gustaban a priori dos aspectos: el elenco de actores y el lugar de la ambientación, mi entrañable ciudad de Oviedo. A pesar de que las claves de este film giraban en torno a la novela La Regenta y que veía escenarios por los que yo había transitado a menudo en mi época de estudiante, no consiguió decirme absolutamente nada. Bueno, sí, me moría de risa en en el cine (cosa que no es poco) por lo que a mí me parecía un sinsentido de guión, un sinsentido de situaciones absurdas y caóticas.

     Una escritora, por tocar otro palo artístico, que no consigo seguir ni muchas veces entender es la respetada y fructífera Almudena Grandes. Lo he intentado con varias de sus novelas y no he conseguido terminarlas. Su estilo es correcto y la intención de sus historias también lo es; lo mismo me pasa con los artículos que publica en El País. Por más que lo intento se me quedan en agua de borrajas. No empatizo con su escritura, con las situaciones planteadas, me da sopor. ¿Por qué? ¿Qué mecanismos nos hacen simpatizar con unos escritores y con otros quedarte a las puertas de su mundo creativo, de su imaginario? Si esta autora, por ejemplo, es considerada como una buena muestra de narrativa contemporánea española, exalzada por parte de la crítica y un gran público, ¿por que me cuesta tanto leerla, adentrarme en su mundo literario? ¿Por qué no consigo terminar un artículo de ella aunque tenga una sola página? No tengo ni idea, pero la realidad es que me aburre y me cuesta seguir su hilo de cometa. Vaya, no obstante, mi admiración hacia ella por lo difícil que es llegar al podio literario en el que se encuentra.


     Un tercer ejemplo que rescato, en este caso de creación arquitectónica, es el de Santiago Calatrava. Creo que  muchas de sus obras son un despropósito arquitectónico. A primera vista, el envoltorio te puede seducir, puesto que es llamativo y diferente. Si vas acercando el ojo a las grandes moles (bastantes de ellas en serie,  con mucha menos imaginación que la de un niño con un Lego) te das cuenta de que quizás no es ni arquitectura, sino ingeniería y, lo mismo da que esté en Valencia, Santa Cruz de Tenerife u Orejilla del Sordete. El edificio se pone allí y punto, porque sí, porque es de Calatrava... Por favor, no me vendan lo que no es. ¿Qué pinta el Auditorio de Tenerife con ese blanco cegador, al lado del puerto de la ciudad? ¿Es acaso una prolongación visual de la refinería que está un poco más arriba? Ellos, los políticos, lo imponen y después se olvidan, porque no hace falta más que echar un vistazo para ver que la costa que lo rodea está sucia de petróleo y es maloliente. ¡Qué Locus Amoenus para el arte! Eso es, lo mismo da ubicarlo en ese emplazamiento que en cualquier otro. No hay integración paisajística de ningún tipo. Tampoco creo que les importe (de nuevo a los políticos), porque ya tienen el Calatrava, no vaya a ser que seamos menos.

Espejismo urbano

     Un caso agonizante es el Palacio de Congresos Princesa Letizia de Oviedo, también del arquitecto comentado. ¡Un horror! ¡Una arrogancia de formas y firma! No hay matices. Un despropósito que afea la ciudad. Lo peor es que es casi imposible no verlo. Antes me encantaba subir hasta el Monte Naranco y, desde allí, dejarme extasiar por la vista de mi Oviedo. Ahora, la última vez que he subido, mis ojos van sin querer al monstruo níveo y no consigo alcanzar a ver otra cosa que esas alas como de OVNI trasnochado como si fuera una mala película de ciencia ficción.

 
    Maldita moda, reflexiono a colación de este tema,  desde hace unos años en nuestro país de poner, por parte de las Diputaciones o ayuntamientos, edificios de arquitectos celebrados. Toda ciudad que se precie tiene que tener algo de Calatrava, Foster, Gehry, Moneo, o esculturas del tipo Botero, Úrculo, Chillida y un gran etcétera. Algunos de estos arquitectos, escultores, artistas, son grandes, maestros en su materia, casi genios, pero de ahí a que los ayuntamientos se gasten lo que se gastan hay un trecho que habría de ser considerado. ¡Con la de artistas desconocidos que existen que nos harían grandes obras por mucho menos de la mitad de dinero! En fin, una cuestión que dejo en el aire.

     Sigo con el hilo del escrito. Ahora me adentro en la pintura, arte este que desde pequeño me ha seducido, por más que mis trazos en papel se limiten a cuando hacía párvulos. Pero eso no quita para que me deje embriagar por cientos de pinturas que forman parte de mi subconsciente. Sin embargo, no conecto con el admirado y reconocido más allá de nuestras fronteras Joan Miró. Admiro la combinación de colores, lo decorativo que pueden llegar a ser sus cuadros, pero no consigo ver mucho más allá. No me hacen reflexionar ni sentir. ¡Una lástima! De nuevo, lo que me debo de perder.

     ¿Y qué decir de Mariscal y su famosísima mascota Cobi y otras lindezas? Nada de nada. Que no llego, que me parecen ideas creativas que no calan más allá que la de decorar una bolsa de FNAC o una carpeta de colegial.
    
     A veces no comprendemos una obra de arte determinada porque no podemos alcanzarla por barreras culturales o interculturales. Aunque otras veces es una incomprensión que nos deja mudos, sin explicaciones. A esto es a lo que me he referido en este escrito. Gonzalo Suárez, Almudena Grandes, Santiago Calatrava, Joan Miró o Mariscal son muy buenos en lo suyo, según los otros. Ese tema no lo cuestiono. Pero cuando algo no nos roza el sentimiento, no nos abarca, ¿para qué ocultarlo? Quizás, pasado el tiempo, algunos de estos artistas lleguen a enamorarme. Con algunos otros me ha pasado. Al darles una segunda oportunidad (o tercera)al final han ido calando en mi experiencia de espigador en este nuestro universo artístico. Señalaré un ejemplo: la primera vez que vi, en el cine, la película de Coppola Drácula, me pareció un disparate porque rompía con el personaje de mi imaginario y de mi lectura. Pasados unos años, y de casualidad, la volví a ver, pero esta vez con otros ojos. Entonces me enamoré del film; me subyugó tanto que me dejó extasiado esa Mina con el cuello en flor ante el Conde, con esos océanos de tiempo que, con paciencia, tuvo que esperar para encontrarla. La fotografía del film, la excelente banda sonora, sus actores-personajes, el mundo recreado por el maestro Coppola se me quedaron hincados en mi memoria.

     El tiempo todo lo recoloca y ordena -se dice-. Espero que ese tiempo me ayude a reconciliarme con aquellos artistas que a día de hoy no logro saborear. Al fin y al cabo, el gran perjudicado soy yo. Solo una última cuestión: ¡Por favor! ¿Para cuándo el derribo del Palacio de Congresos Princesa Letizia en Oviedo?


  Esto no me gusta, esto sí


martes, 12 de julio de 2011

Secreto a voces

 
     N es del todo cierto que una imagen valga más que mil palabras; tampoco que el sistema verbal sea algo tan simple que pueda ser suplido por gestos o movimientos. No es cierto que queramos volver a la Edad de las cavernas, con hueso en mano y sonidos paralingüísticos como única arma de expresar nuestros sentimientos al mundo. Si no fuera a través del lenguaje... ¿Cómo podríamos expresar el sentimiento, el abismo que nos produce la contemplación del rostro de la Gioconda? ¿Debatir si El Pensador de Rodin mantiene en serio una postura intelectual? ¿Cómo expresaríamos si no la poesía? ¿Y el brillo de los ojos de la Infanta Margarita?
La Infanta Margarita y sus ojos


    Mil palabras pueden suponer mucho para una determinada cultura; pueden cambiar el ritmo de una vida, adentrarse en la memoria para siempre de una colectividad o de un individuo. Mil palabras pueden suponer la victoria o la derrota, y esto, es incuestionable.  De ahí que el mérito de una lengua evolucionada, espontánea en sus hablantes nativos, la cosmovisión que esa lengua nos ofrece, sea uno de los secretos mejor guardados de la tierra en que nacemos. Debemos compartir ese secreto, saber transmitirlo con aprecio, tanto como nos fue legado a nosotros. Debemos intercambiar el secreto de las palabras, de la lengua... Esto es tan formativo como viajar a un país extranjero, volar sin hélices y pensar más allá de las fronteras.

     No es fácil transmitir el secreto con el que nacimos, desde luego que no. Tenemos que mimarlo, adentrarnos en su espesura y disfrutar de cada término, de sus piruetas estilísticas, como cometas, a veces tan variables, caprichosas según los vientos. Si comprendemos la lengua, la nuestra, será más fácil regalarla, recogerla de la calle, de las esquinas, de los teatros, llevarla en las manos y ofrecerla, nunca imponerla. El secreto por fin es de todos y para todos.

     Pero no es menos cierto  que esas mil palabras, importantísimas, nunca van solas. Las arropa una determinada cultura, una manera de ser, de pasar por la vida. Pensamos palabras y gestos, dudamos, chasqueamos los dedos, nos acercamos al calor o nos distanciamos de lo que nos rodea. Ademanes, forcejeos verbales y físicos, lágrimas y risas, suspiros y silencios también nos dicen algo, mucho, todo...

     El lenguaje es el cincel de nuestra memoria y de nuestro ahora; nuestra cultura es el paisaje de los sentimientos más íntimos. Si un día cercano el ser humano acabara consigo mismo, no cabe duda de que la palabra y la cultura, diversísimas, estarían ahí, en el último momento, aunque solo fuera en forma de esperanza.
Letras talladas

domingo, 10 de julio de 2011

Otra forma de viajar

     Continuamos viajando. Pero hoy, en este escrito, de una forma bien diferente a la comentada en el anterior. Viajamos porque seguimos creyendo en la trashumancia, en un ir y venir de norte a sur y de sur a norte constantemente. Ahora bien, el sentido de esa trashumancia es muy distinto al original. Ya no es una necesidad creada por los ciclos estacionales para pasar el ganado desde las dehesas de invierno a las de verano, y viceversa. Ahora viajamos por otros motivos. Podemos hacerlo para ir a ver a nuestra familia y amigos, en el caso de que no vivamos en el mismo lugar; lo hacemos por trabajo, por motivos de salud, para asistir a unas jornadas que nos interesan o para ir a un concierto. Es muy sencillo. Cogemos coche, o avión o tren o cualquier otra forma de transporte y en un ratico llegamos a nuestro puerto, sea cual sea el motivo de ese viaje. Pero hay otra forma de viajar que desde hace unos años está calando en los hábitos de vida de muchas personas: el viaje como una necesidad vital. Ahora, que estamos en época estival y vacacional para muchos, los aeropuertos y carreteras se llenan de miles de seres que van de aquí para allá por el mero placer de visitar lugares, tener experiencias y conocer otras latitudes. No se paran ni un minutito. Tienen que ver tantas cosas, poner el pie en lugares tan distintos que ese viaje puede llegar a convertirse en una contrarreloj estresante y apabullante. Me da mucha pereza trashumar de esta forma.

     Las agendas vacacionales las tienen repletas de lugares que se han de visitar. A las nueve están clavados cual estandartes en la puerta de la Galería Uffizi, para ver apretujaditos, el maravilloso Nacimiento de Venus que, como recuerda la guía, es obligado. Después se compran la tacita de café con esa pintura estampada y cuatro o cinco postales con otras obras de arte destacadas. Raudos y veloces se toman un sabroso capuccino (que cuesta un riñón y medio) para tomar fuerzas y no desfallecer, que aún queda ir a ver la catedral florentina. Entonces conocen a Brunelleschi y la compleja estructura de la cúpula a la que dio vida. Hormiguean de acá para allá llenos de folletos. Foto en los puentes, pizza típica y de nuevo algo más de arte en cualquier rincón de esa ciudad que te lo regala por sus cuatro costados. Rapidito que mañana nos vamos a Roma y tenemos cientos de cosas por visitar. El Coliseo también hay que verlo a vuela pluma, porque en una hora han de sentarse 30 minutos en las escaleras de la Plaza de España, para más tarde ir ahogados a la Plaza Nabonna, ir al Vaticano, admirarse con la Capilla Sixtina, ver en un segundo La Piedad y a todo correr a la archifamosa Fontana di Trevi, no vaya a ser que la cierren. Y así, en esta ágil y trepidante manera de visita, lo hacen con cualquier ciudad que se precie. Entonces yo me paro en seco y pienso: ¡Viva el arte! No tenía ni idea de lo importante que eran estas manifestaciones artísticas para algunos de mis convecinos. Me enorgullece vivir en un mundo en el que el arte tiene ese apreciado valor. Efectivamente, en las conversaciones cotidianas me encuentro con decenas de personas a las que les apasiona el arte en estado puro. Cuanto más antiguo y estudiado mejor que mejor. Rezumamos arte por los cuatro costados. De hecho, me es grato pensar que en la televisión los programas sobre arte deben de ser  los más vistos, los de mayor audiencia. Lo he pensado después de reflexionar sobre este aspecto, porque hasta el día de hoy lo desconocía.  

     ¿Y qué decir de aquellos que en el viaje se dejan enamorar por una naturaleza exuberante y exótica? De golpe y porrazo se vuelven geólogos, expertos en botánica y ecologistas a ultranza. Entonces, allí, en los Fiordos, entran en éxtasis y alucinan con la belleza del entorno. ¿Y qué decir de aquellos otros que en su ciudad o pueblo pasan al lado de un perrito y se echan para atrás, así como con miedo, y cuando van a Kenia, a Tanzania, son los más osados ante un león? Entonces se acordarán de Félix Rodríguez de la Fuente y disfrutarán de ese viaje-aventura como si fueran unos auténticos amigos de los animales. Mira aquel tigre, y aquella cebra... Foto va y foto viene y entre animal y animal un piscolabis en mitad de la sabana para seguir en pie.

     En mis exiguos viajes he observado cosas parecidas a estas que acabo de comentar. Recuerdo cómo, una noche de julio, estaba sentado en la Fontana de Trevi (escribo fontana, en italiano, porque "fuente" me resulta extraño para un emplazamiento tan majestuoso) mientras contemplaba cómo decenas de turistas lanzaban la monedita, para seguir el protocolo, (yo también lo hice, claro está). Entonces, rodeado de multitud, pasó una señora (de procedencia oriental) con un niño de unos diez años. La señora se paró delante de la Fontana pero ni se dio la vuelta para mirarla. Solo posó para la foto que le hizo el niño. Después cambiaron los papeles y esta le hizo una foto al chavalín. Ninguno de los dos se detuvo a mirar la grandiosidad de la escultura. Acto seguido se marcharon, sabedores de que en su carrete de fotos llevaban ese preciado jugo con el que sorprenderían a sus amigos y familiares en su país de origen. Quiero pensar, que a día de hoy, y aunque haya sido al menos fruto de una curiosidad, ese niño se haya detenido a observar el bello monumento. Y cuando me refiero a "observar" quiero decir a sentirlo, a estrecharse con las formas clasicistas e incorporarlas de una forma más serena y necesaria a su experiencia de viajero. Estoy casi seguro de que mucha gente que no viaja, porque no puede o no quiere, puede llegar a sentir más de cerca el alma de los países, su historia, tradiciones, acervo o cultura que aquellos otros que se jactan de conocerlo todo aunque sea en forma de instantánea y plan de vacaciones apretado y obligado. 

     Viajar no es una necesidad vital. Nadie se ha muerto por no hacerlo. Con esto no quiero decir, ni mucho menos, que el viaje de placer sea una tontería (resultaría envidioso y resentido porque en realidad no puedo viajar lo que me gustaría). No, no es una tontería en absoluto. Pero no sé qué sentido tiene viajar para estresarse aún más y ver para decir que lo hemos visto. Si no nos dejamos seducir por el arte, recrearnos serenamente con una iglesia que no aparece en las guías, dejarnos perder por caminos de tercera, observar una plazoletita con encanto sin ser famosa, charlar con el paisaje y el paisanaje con actitud de respeto y cercanía o dejarnos extasiar por una puesta de sol de las gratuitas, ¿qué sentido tiene ese trashumar? Esto es como aquellos que vienen de Irlanda o de las costas escocesas con caras de bobalicones por lo bonito del paisaje (que lo es) y no conocen o no se han percatado de que en nuestro país tenemos paisajes muy parecidos en belleza en mi adorado norte. Yo, que soy muy mío para estos menesteres, primero me dejo seducir por los acantilados imposibles de la Costa de la Muerte gallega o el casco viejo de San Sebastián que por otros lugares similares. A veces se desprecia lo nuestro y no se siente de la misma forma porque es como el cariño de una madre: sabemos que siempre está ahí. Ahora hay que aprender a mirarlo y, lo que es más difícil, a sentirlo.

     Este viaje que hacemos ahora no es una necesidad vital, como he señalado, sino un dejarse querer sin más obligación que la de espigar sensaciones y aprendizajes que nos ayuden a complementarnos un poquito más. Es la trashumancia de los sentidos. ¿Qué plan tienen para el próximo vuelo?







sábado, 9 de julio de 2011

Viajar

     Me pregunto cuáles serán los sentimientos de las personas que viajan en el mar para llegar a mejores puertos en los que vivir. "Viajar" es trasladarse de un lugar a otro en cualquier medio de locomoción, según el diccionario de la RAE. El medio de locomoción de esas personas a las que aludo es una pequeñísima embarcación construida por el vaciado de un tronco de árbol, en ocasiones de palmera; es, lo que nosotros llamábamos bote, de escasa eslora y fondo plano. Ahora, y para designar esta forma de inmigración, se le denomina patera o cayuco. Hasta el año 2001, en el diccionario señalado, no aparece el término de patera, que designa una embarcación pequeña cuyo fondo es plano y carece de quilla. No obstante, antes de este año ya venían a nuestras costas (especialmente la canaria y la andaluza) este tipo de embarcaciones salpicadas de dolor, muerte y desesperanza.

     Gracias a los medios de comunicación, este "viaje" forma parte de nuestro entorno cotidiano. Ya no nos sorprenden este tipo de noticias. Marruecos, Sáhara, Mauritania o Senegal son nombrados como países de origen de estas personas que quieren encontrar un futuro mejor en Europa. Hace falta ponerle mucha imaginación y empatía para intentar acercarse siquiera al grado de frustración vital que pueden arrastrar tras de sí estas personas, tan cercanas a nosotros espacialmente y tan distantes en cuanto a vivencias.

     Por más que lo intento no logro acercarme al dolor y al vértigo que tiene que producir tal viaje; quizás haría falta sumergirse en la ficción de lo literario para poder entender ese dolor, ese apartamiento de los suyos, de su terruño, sus costumbres, su sol y su noche. La vida, cuando se empeña, es un pozo sin fondo de sinsentidos. Nacen y son arrojados al vacío del mar. En ese mar pensarán, quién sabe, en ese brazo de la madre que les agarraba antes de salir, en la mirada del viejo que titubeaba hacia el horizonte, en un destino que va a ser mejor que lo de antes. A veces se dejará de pensar, de sentir, cuando la sed aprieta en la boca y esta se sella como si fuera un beso mortal. La sed, la sed debe de doler tanto que te hace llorar. Después vendrá la furia incontenida del mar, tan alejada de los versos como de la costa que nunca se ve. Fatiga, sed, hambre, dolor, desesperanza, de nuevo el dolor que se clava en los sentidos, de nuevo la boca seca, árida, yerma en felicidad. Pero tiene que haber, en algunos momentos, miradas de empatía ante tanto sufrimiento entre los miembros de la embarcación. Eso puede ayudarles a seguir el periplo. Tiene que haber un sencillo gesto de amor a los niños de las pateras, tan pequeños, frágiles y con ese destino vuelto del revés. Algo habrá de brillar más que la solitaria luna en ese bote perdido en el ángulo de la tierra, sino fatal de Dios. Algo tiene que suspirar para no desistir. Ellos lo saben. Nosotros también. El mar muerde y estrangula cuando menos te lo esperas pudiendo suceder que todo cese. Y cuando todo cesa es la nada. El mar.

viernes, 8 de julio de 2011

La duda o la ignorancia de saberlo todo

     Desconfío de las personas que creen saberlo todo. Desconfío de esa clase de personas que, con la rotundidad de un científico, sientan cátedra en aquellas conversaciones que mantenemos. ¡Qué pavor! Me producen desasosiego. Se hable de lo que se hable, sea trivial o intelectual, parecen tener el don de una inteligencia y conocimientos superiores. Pacientes que se creen médicos, enfermeros, alumnos que son expertos en cada asignatura y porfían al profesor constantemente, gente que sabe de crítica literaria cuando apenas ha leído un libro completo, personas que tienen la clave para nunca vacilar ante una falta de ortografía, gente que es experta en ingeniería de minas o en paisajismo o urbanismo. Míralos, que seguros están en sus afirmaciones contundentes. Tú te vas quedando pasmado ante tanto caudal y derroche de conocimientos y poco a poco te vas callando y haciendo pequeñito porque, ¿para qué decir nada? ¿Para qué señalarles que quizás en esa materia sepas algo más porque llevas diez mil horas de estudio en el tema que ha salido a colación? Pero puede ser incluso peor: aquellas personas que se jactan de tener un título universitario y se aprovechan de ello con aquellos que tuvieron la mala suerte de no poder estudiar, porque se tuvieron que quedar al amparo del campo, del cuidado de los hijos o de los embistes del mar.

     Ante tanto escozor vale la pena enmudecer y dejarles que se sientan bien en su reino de la omnipotencia. Enmudecer pero hasta un punto, claro está. ¡Cómo me gustan en este punto las nuevas tecnologías! Que tienes una discusión que no llega a ningún puerto después de una cena, pues sacas tu ordenador y en un plis plas te metes en Google, por ejemplo, y puedes callar la boca al más resabiado en un instante. Aún así, en muchas ocasiones, este seguirá buscando argumentos para justificar su equívoco o gran metedura de pata. A veces tienen la boca tan grande que les reabsorbe el sentido del pundonor y del decoro. El niño quiere tener la razón y cree saber que eso es lo correcto, el adolescente ni te cuento, pero el problema gordo es cuando pasados los veinte se sigue persistiendo siempre en saberlo todo y en tener las palabras apropiadas en cualquier tema. Muchos profesionales están hasta la gorra de tener que escuchar esas majaderías en su labor cotidiana. Véase, por ejemplo, al filólogo que se le comen porque duda (¡sí, oh, qué gran decepción!) ante el significado u ortografía de una palabra; véase aquel arquitecto que tiene que soportar cómo se le reprende o se le reordenan los planos porque el que pone el dinero sabe más que él de construcción de edificios; véase cómo el paciente le da instrucciones al enfermero en la cura... Y así hasta un larguísimo etcétera de despropósitos por aquellos que lo saben todo.

     Todavía tengo presente cómo un alcalde (que no tenía nada que ver con el tema de la arquitectura, era historiador de formación, creo) reconducía los planos de un arquitecto porque la guardería que estaba haciendo no se ajustaba a lo que él consideraba que tenía que ser una guardería. Y señalo el pronombre "él" porque parecía estar tocado, el alcalde, por el don de la divinidad. Por el mero hecho de haber sido votado en las urnas parecía capacitado y cualificado para una materia tan compleja como es la construcción de un edificio. El arquitecto, más listo que él, lo engañó vendiéndole el proyecto con otro envoltorio para llegar a lo mismo y el alcalde entonces sufrió un paroxismo de orgullo, pues pensó que ese otro proyecto había sido logrado por él. Vamos, que se creyó que él había dado las nuevas ideas para la construcción de la guardería.

     Hace muy poco, una amiga se quemó una mano. Fue al médico en el centro de salud que le correspondía y la enfermera le trató la mano como ella consideraba. Hasta ahí todo correcto (omito, porque no es tema de este escrito, los modales con que fue tratada por parte de la enfermera). Otro enfermero  que no trabaja en el mismo centro de salud al que fue, le trató la mano pero le hizo unas curas diferentes, optando por explotarle las ampollas que la quemadura le había producido. Sin duda, el proceso de curación fue más rápido y el dolor más atenuado. Después de cinco días mi amiga volvió de nuevo a su centro de salud y la enfermera acabó reprendiendo la práctica del otro enfermero. La enfermera no tuvo ni siquiera un atisbo de duda pensando que, tal vez, la otra forma de curar una quemadura podría ser mejor y más eficaz. ¡Nada! Que no se bajaba del burro.

     Interesante también es la actitud de mucha gente ante los problemas lingüísticos. Si cometen alguna incorrección y tú (humilde filólogo) le corriges con tacto, siempre buscan un argumento para echarte las reglas gramaticales por los suelos. Hay, en este caso, dos argumentos infalibles (ja ja ja): 1. En la zona en la que vivo se dice así. 2. Yo paso de lo que dice la Academia de la Lengua. Respecto al primer punto, todo filólogo honesto y sabedor, siempre respetaría los dialectalismos y peculiaridades regionales. Pero hay palabras o construcciones sintácticas imposibles de aceptar. Respecto al segundo punto, y sin caer en un purismo exacerbado, hace falta saber y haber leído mucho para poder llegar a rebatir a la Academia de la Lengua, que no digo que no.

     Y así, si seguimos tirando de este hilo de cometa de despropósitos, nos podemos sumergir en terrenos mucho más enfangosos. Un asunto que me deja poco menos que temblando: las ideologías políticas. Forma infalible de no argumentar: es que YO SOY DE X partido. En ese YO SOY parece ser que esas personas nacen de tal o cual partido como se nace rubio, moreno o bajito. Al nacer, la comadrona ya lo detecta cuando lloras. ¡Uy! mira, este niño es del PSOE, o esta niña es de IU. ¡Qué mundo tan feliz, como diría Huxley, que  en ese tema no tenemos que pensar ni mucho menos argumentar porque nos viene de gen...! Nos olvidamos de que la política nunca puede ser apasionamiento ni genética, sino un estado coyuntural tan endeble como las espigas al viento.

     Donde sí que no existen argumentos es si nos adentramos en terrenos espirituales. Somos (de nuevo con el verbo "ser", aunque en este momento sí puede servirnos de ayuda) de religión católica, o hinduista o budista o cualquier otra religión de las miles que hay. Ahí, repito, si se puede considerar el verbo "ser". Tenemos una espada argumentativa eficaz al 100%: la Fe. ¡Qué maravillosa la Fe! (Y no va con tinte irónico, señalo). Hay personas que tienen la gran suerte de pertenecer a esa esfera que nos sumerge en la Fe y que anula cualquier argumento. Ahora bien, Fe sí (por favor) pero paripé ninguno. Precisamente por eso, porque respeto la Fe y el compromiso ante determinada religión, me molesta cuando veo a la gente casarse porque es muy lindo ese día en la iglesia (y hablo de la religión que más conozco y en la que he sido educado, aunque seguro que en todas las demás pasan cosas similares), o mandamos a nuestros hijos a hacer la comunión porque toca, o nos enterramos con la bendición del cura porque de otro modo es raro, extraño. Si no tenemos esa Fe, ¿por qué nos gusta tanto un ritual? ¿O es que solo tenemos Fe llegados esos momentos? No sé, dímelo tú porque yo es un tema en el que ahora, al menos, no pienso entrar porque no es el objetivo de este escrito.

     Definitivamente, y después de todo lo argumentado, he llegado a la conclusión de que la duda es muy beneficiosa para el ser humano. Si no hubiéramos dudado nunca habríamos avanzado. ¿Quién sabe si todavía seríamos bacterias anaerobias que no necesitaban ni oxígeno para respirar? ¿Acaso lo dudas?


Grupo de bacterias ante la duda

    

jueves, 7 de julio de 2011

Niños del monte

   U na necesidad básica e imperiosa de todas las personas es la de comunicarnos, la de establecer lazos afectivos y decir que estamos ahí, que compartimos una información y que nos acordamos de los otros. Desde la implantación de Internet en nuestras vidas y culturas se ha dado un giro copernicano en este menester aludido. Cada día llegan a nuestros correos electrónicos e-mails llenos de buenas intenciones con el afán de entretenernos o enseñarnos algo. Muchos de esos correos no vale la pena ni abrirlos, porque son majaderías o ñoñerías que lo único que hacen es ayudarte a perder el tiempo. Pero, en ocasiones, nos encontramos con una joyita que brilla en la pantalla de nuestro ordenador como brilla la lluvia en los pastos de la tierra. No hace mucho tiempo me enviaron un correo con un enlace al pantagruélico YouTube que me dejó pensativo y que me ayudó a entender más la azarosa vida de los libros, objeto de mis tres anteriores escritos. Este enlace se titula Biblioburros; precioso neologismo, necesario allí donde no hay otro modo de acceder a la lectura. En el vídeo nos encontramos con cuatro protagonistas: Luis Soriano Borges, su madre Carmenza Bohórquez, Beto y Alfa, estos dos últimos los tiernos burros que son parte esencial de la magia de aquella zona de Colombia. Si nosotros tenemos bibliotecas, librerías o Internet para acceder al preciado manjar de la lectura, ellos tienen, en aquella selva alejada, las ocho patitas de dos burros pacientes y serenos. Ocho patitas que les abren, a los niños de aquella remota zona del planeta, nuevos universos a través de las palabras.

     Luis Soriano Borges es un Domador de versos, un Quijote actual que se ha empeñado en hacer llegar libros a ese rincón del mundo: "Debemos llevar cuentos a los niños, porque si ellos no tienen biblioteca hay que inventar una" -nos cuenta Luis con su acento tan puro y bonito. Me gusta mucho que utilice el verbo "inventar", que yo traduciría con miles de sinónimos en este contexto: inventar es fantasear, crear, jugar, sobrevivir o subsistir. Luis se inventa una forma tan dulce de acercar los libros a esos niños que me emociona. También nos dice que "esos niños del monte no han ido a una biblioteca, hay que llevársela allá." Quijote, Sancho, Sancho, Quijote y sus rocines Alfa y Beto les llevan libros a todos los niños de las veredas. Esos niños que, en palabras de Luis, "están atravesados por una situación de violencia berraca aquí, -¿oíste?- Son niños que vieron gente ahorcada, gente muerta, mutilados... Son niños que de una u otra forma se quedan mudos porque creen que todavía se están escondiendo."

                                              
    No creo que existan palabras más puras y exactas para hablar de la soledad y el terror de esos niños que crecen al amparo del campo. Por momentos, esos niños son capaces de cerrar los ojos y soñar y jugar a ser una fantasía del destino. No encuentro una didáctica mejor ni más redentora que la evasión de soñar. La madre de Luis, doña Carmenza, una mujer entera, serena, nos dice que su hijo sacó esa idea de la mente, sin más explicaciones, rotunda, plácida, orgullosa de su hijo: "Él se perdía de la casa y se le encontraba en la biblioteca, -¿me entiendes?-, y eso le agradaba a él. Y él se fue con su mente hasta allá."

     Lo que el maestro Luis pretende con la ayuda de Alfa y Beto es cambiarles la vaina a los peladitos. Y continúa comentando unas ideas maravillosas que fulminan de un golpe seco todas las buenas intenciones de las vapuleadas leyes educativas de nuestro país: "Esto es un trabajo para largo plazo, donde vamos a cultivar colombianos con mentalidad crítica, con mentalidad constructiva y con mucha imaginación." Esa tríada de mentalidad crítica, constructiva y mucha imaginación son los pilares que todo sistema educativo habría de no solo contemplar (siempre digo que el papel lo soporta todo -refiriéndome a las leyes educativas-) sino llevar a la práctica con sentido común y vocación. ¿No es acaso uno de los fallos de la eduación en nuestro país? En numerosas ocasiones a los alumnos hoy día no se les enseña de ese modo, sino un recital memorístico de fórmulas, fechas, datos y terminologías asfixiantes para nuestros adolescentes. Se olvida enseñarles a pensar y a fantasear por sí mismos, de ahí que los niños o adolescentes, en su gran mayoría, se aburran y detesten las clases. Vivimos en un país en el que no se construye, no se piensa de una forma autocrítica y mucho menos se realza la fantasía e imaginación. ¡Qué triste! Los niños, todos los niños del mundo, deberían - y uso palabras textuales del maestro Luis- teñir el mundo del color que les dé la gana.

     Cuando los niños del monte colombiano poseen esos libros y los platican se ríen abiertamente y ya no se esconden detrás de un árbol, vencen, así, el miedo a vivir. Entonces viven en un palacio.  Gracias a todos los maestros que, como Luis, cambian la vaina a los peladitos. Y colorín colorado esta historia se ha terminado.

            Burros espigadores
      Debemos llevar cuentos a los niños, porque si ellos no tienen biblioteca hay que inventar una.