jueves, 19 de enero de 2012

10 consejos útiles para aprender a espigar

Hay personas que nacen con un instinto para espigar la vida. Esto es, saber mirar las cosas, a las personas, los pequeños detalles cotidianos que pasan imperceptibles para el resto.

Los poetas, a modo de ejemplo, son espigadores natos. A un poeta de verdad, de corazón y no de farándula, las cosas se le transforman palabras y ritmo. Ahondan en ellas y les dan chispa, como si fueran herradores del alma. Todo poeta, estoy seguro de ello, lo es desde niño. Tiene un don y un castigo a la vez: el don de la luz, de la revelación, y el castigo de tener que trasvasar por su cuerpo el dolor de los otros.

Los músicos espigan el aire, la persistente sonoridad del tiempo. El misterio, la magia, reside en su plenitud balanceándose entre las ondas de viento y ellos saben rescatarla, y compartirla.

Los escultores atrapan el instante, la materialización de las formas.

Y así, todos tenemos un don. Un don que recogemos de una forma instintiva, a cada paso, tranquilamente, sin esfuerzo. Abrimos los ojos y desplegamos nuestra sensorialidad y recogemos esa materia allá donde se encuentre. Hay personas, por ejemplo, a las que les resulta muy fácil espigar el sentimiento de los demás. Solo con mirar al otro a los ojos saben si se encuentra feliz, o angustiado, o sencillamente necesita un abrazo. Es un arma de doble filo, porque hay personas buenas y personas malas. Pueden usar ese don según les venga en gana, por lo que pueden hacerte un poco más feliz o un poco más desgraciado.

Por lo visto hasta ahora, espigar es sinónimo de vivir. Desde el momento en que nacemos aprendemos a espigar. Pero puede que este sentido se quede adormecido con el paso de los años. En ocasiones, los avatares de una vida nos hacen desentendernos de nosotros mismos y perdemos. Perdemos en sensualidad y en criterio para observar. Una imagen que me conmueve es la de ver a una persona sola en una cafetería, o en un banco, mientras observa cómo viven los demás. La gente que entra y sale, que va y viene en sus quehaceres cotidianos. El observador es como una liebre tras un matorral. Escucha, abre los ojos, y tiene las patas preparadas para dar el salto que le ayude a encontrar el misterio que encierran acciones diarias que, de otra manera, pasarían inadvertidas.

Los diez consejos útiles que se me ocurren y que pueden ayudarnos a despertar del duermevela que a veces nos invade son los siguientes:

1.      Frótense la mirada y abran los ojos a los detalles más imperceptibles de nuestro alrededor. En una cafetería, como he señalado, se pueden encontrar actitudes muy interesantes y reveladoras de nuestras conductas.

2.      En una conversación aparentemente irrelevante de nuestro vecino, podemos averiguar el latido de muchas cosas que pasan cerca de nosotros. Quiénes están tristes o apesadumbrados o son, por el contrario, felices.

3.      Hemos de seguir aprendiendo a escuchar a los otros. Un mal actual es la soberbia de escucharnos a nosotros mismos, de contarnos y recrearnos. Pero, ¿escuchamos con sinceridad a los otros? ¿Sabemos, por tanto, escuchar? Menos yo y más tú, concluyo.

4.      Espigar nuestro pasado no es fácil. Puede hacernos daño. Rebuscar cartas antiguas, e-mails, fotografías, encontrar cajas con objetos que creíamos olvidados, nos hacen reencontrarnos con nosotros mismos y con lo que hemos sido. Esta acción nos puede ayudar a entender mejor quiénes somos ahora y lo que probablemente estamos camino de ser.

5.      Una buena forma de recolección es espigar a través de un zoom fotográfico. Colocar la cámara en aquellas partes de la vida que nos llamen la atención es un método más que eficaz para capturar un momento de nuestras vidas, sea dulce o amargo. Fotografiamos puertas, fachadas, piedras o laderas. Es lo mismo. Es una recolección del mundo más inmediato que nos rodea y, por ende, una forma de apresar la forma en la que existimos.

6.      También podemos espigar cosas muy interesantes en los desechos de los demás. A veces me he encontrado con objetos valiosísimos que  habían tirado a la basura. De ahí, con un poco de mano y cierto gusto, pueden pasar a ser objetos esplendorosos que formen parte de nuestras casas. Objetos que nos dicen.

7.      Observar la naturaleza. En ella podemos encontrar un montón de sensaciones que nos complementan: sonidos, cantos de pájaros, el viento, la arena, el agua, las piedras…

8.      Espigar palabras que nos den ropajes nuevos. La mejor, la palabra caída o azarosa: palabras que leemos desde el coche; palabras escuchadas en la radio que de pronto son una revelación; las palabras del km 32 de la Autopista del Norte: http://www.juancarlosdelosreyes.blogspot.com/2011/07/proxima-parada-km-32-de-la-autopista.html; palabras de los sueños; palabras andantes, en suma.

9.      Espigamos el alma de los libros. Es un estado de búsqueda infinito y necesario. Pienso que podríamos vivir perfectamente sin escribir una sola línea en toda nuestra vida, pero no sin el placer que nos brinda la lectura. Lecturas medievales, renacentistas, barrocas o contemporáneas. En la intrahistoria más secreta de los libros florecen campos eternos de cereales que nos dan alimento y calor.

10. Por último hemos de espigar nuestro propio cuerpo. No en una imagen narcisista, sino como una forma de mirar y mirarnos. Nos espigamos las manos, la piel, los pliegues, los límites allí donde termina nuestra existencia corpórea. Es en ese límite donde terminamos y donde a su vez empezamos a existir, en otra dimensión, en el contacto con todo lo demás.

Estos son, en suma, 10 pequeños consejos que nos obligan a estirar un poco más el tiempo y el espacio en el que existimos. Podría haber muchísimos más, claro está, solo es una aproximación. ¿Qué consejo aportáis vosotros para llenar este carruaje de simientes?

martes, 17 de enero de 2012

Niñas enfermeras, bailarinas o amas de casa. Niños médicos, bomberos o policías

Imagínense algo tan bonito como una clase de lengua y literatura con un grupo de alumnos y alumnas de 12 años.  Estos chicos y chicas que tengo la suerte de enseñar, son educados, pertenecen a un estrato sociocultural medio-alto y tienen un potencial oceánico para fantasear y divertirse.

En una de las clases surgió el tema tan recurrente de lo que les gustaría ser de mayores. Escribieron redacciones llenas de sueños, voluntad e ilusión en un futuro que ven prometedor y muy, muy lejano. Después de leer sus redacciones les mandé que escribieran en la mitad superior de una hoja cuáles eran sus profesiones elegidas. Más tarde les mandé que en la mitad inferior escribieran también qué profesiones les gustaría elegir de mayores en el supuesto de que en lugar de chicos fueran chicas, y viceversa. La polémica estuvo servida. De 28 alumnos/as tan solo dos mantuvieron las mismas profesiones en los dos casos.

Vamos a ver algunos ejemplos que hablan por sí mismos:
Elena dijo que le gustaría ser enfermera. Si fuera chico policía, médico o ingeniero.
Carmen señaló que a ella lo que le gustaría ser es fotógrafa profesional o tenista. Sin embargo, si fuera chico las profesiones que elegiría serían futbolista, abogado o jugador de béisbol.
Pedro escribió que informático o policía. Al pensar que era una chica cambió sus profesiones por las de profesora o azafata.
A Tomás le gustaría ser jugador de baloncesto o piloto de aviones, pero si fuera chica ama de casa, actriz, enfermera, profesora o azafata.
A María le gustaría ser veterinaria o patinadora. De chico bombero.
Francisco, por otra parte, quiere dedicarse a la arquitectura o al submarinismo, pero si fuera chica elegiría ser modelo.
Javier sería deportista, sin especificar. Al ponerse en la piel de una chica elegiría ser cocinera.
Estos son algunos de los ejemplos copiados literalmente de sus escritos. He cambiado los nombres de los chicos por aquello del anonimato. Como he señalado al inicio, estos niños, ya adolescentes, son muy educados, buenas personas e inocentes. Son nuestro futuro, nuestras esperanzas en un mundo mejor y más satisfactorio. Es un placer darles clase y sentir el pulso de la vida en sus ojos. Entonces, ¿qué es lo que sucede para que ya bien entrado el siglo XXI se sigan manteniendo este tipo de prejuicios dependiendo del sexo que tengamos?

Las estadísticas nos dicen que en el caso de nuestro país, España, sigue imperando un modelo machista en las relaciones laborales, el salario o el papel que desempeñamos según seamos de uno u otro sexo. Efectivamente, aún queda mucho camino por recorrer. Hemos avanzado en ciencia y tecnología a pasos de gigante. Cada vez visitamos más países, nos mezclamos interculturalmente con personas tan lejanas espacialmente que hace cien años sería impensable para un español medio; hemos conquistado cimas altísimas y el mundo es cada día un poco más pequeño, más conocido. Sin embargo, el lastre de la tradición del papel que debe asumir cada sexo parece mermado, pequeñito, estancado como lluvia atrapada en un caldero.

No tengo la fórmula ni sé qué solución habría que emplear para amalgamar el rosa con el azul. Aún se ve, en las tiendas de ropa infantil, esos dos colores divididos en estantes, tan monos, tan pulcros. A ver si vamos dejando un rato a nuestros genes en paz y aprendemos a pintar un mundo con más matices. Que para eso existen las paletas de colores.

jueves, 5 de enero de 2012

Mercadotecnia y libros, libros, libros

Hay muchas formas de decir y de no decir nada. Me explico. Voy a hablar de libros y de sus portadas o, en la mayoría de las ocasiones, de las contraportadas. Es muy común encontrarnos con un aspecto que me irrita sobremanera; no es otro que el de imprimir el código de barras. ¿No se ha inventado un sistema un tanto más neutro para la comercialización de un ejemplar sagrado, como es el libro? En ocasiones les pegan etiquetas como una muestra de solución del problema. Sin embargo, a veces creo que es peor, puesto que al despegarlas parte del papel se va con ellas quedándose el libro con una gran cicatriz que rememora las transacciones que se hicieron con él.
Pero hay otra cosa que me irrita aún más. Muchos libros aparecen con el precio grabado a fuego, sin etiqueta y sin nada. Directamente impreso en la contraportada con su P.V.P. expresado en euros, libras, dólares o la moneda que se tercie. Tengo por norma no comprar esos libros. Las personas que los han creado (y no me refiero al texto ni a los escritores) han demostrado un mal gusto que raya la grosería y un pragmatismo exacerbado. ¿Cómo se les puede ocurrir hacer eso con un objeto sagrado y mágico? Especialmente en libros de bolsillo hay una moda generalizada (no en todas las editoriales, menos mal) de ponerles en la portada, y bien grande, una cifra en colores llamativos sobre lo que vamos a pagar por el libro. ¡Qué horror! Sí, todos sabemos que los libros hay que comprarlos y que tienen, por supuesto, un valor en el mercado. Pero de ahí a intentar venderlos como si de patatas fritas se tratase hay un trecho muy grande. Insisto, me pone de mal humor esa falta de estética y refinamiento en un sector del mercado editorial.

Volvamos al principio. Hay muchas formas de decir y de no decir nada. Siguiendo con las estrategias de venta, las campañas de marketing son asombrosas dentro del mercado editorial. Me refiero a la publicidad que de los libros se hace. A veces esta publicidad es hermana de la estulticia más alta. ¿Cómo se puede intentar decir algo sin decir nada? Resulta que hoy día, casi todas las novelas que salen al mercado, por poner un ejemplo, son imprescindibles, necesarias y más que recomendables en nuestras bibliotecas. No hay publicidad que se resista a esta triple vertiente de palabras que ya resultan tópicas y manidas, desgastadas. Lo que las editoriales hacen, en bastantes ocasiones, es extraer el trozo más subjetivo y concluyente de algún crítico de bien que ha publicado sus impresiones sobre la novela en algún diario de prestigio. Diarios como El País, El Mundo, Público, ABC, Le Figaro Littéraire, ELLE, LIRE, LA Gaceta de los Negocios, The New York Times, Il Giornale y un largo etcétera, son la fuente principal de la que se nutren los estrategas publicitarios para vender más ejemplares. En ocasiones estos mismos medios de comunicación sacrifican muchas otras obras literarias de alta calidad no dándoles un espacio entre sus páginas porque, quizás, no van a ser tan vendidas como las que ellos presentan. No siempre esto es así. Pero las otras obras, vamos a llamarlas de segundo orden en su popularidad, aparecen recogidas en suplementos más especializados, a los que el público en general no accede con tanta facilidad.

Pero el tema que nos ocupa, una vez comentados los problemas de las pegatinas y los precios grabados con forja, son esos comentarios críticos que no dicen nada y que podrían ser puestos en una novela u otra y no caeríamos en cambios significativos. Son, por tanto, comentarios intercambiables entre las novelas. Pasen y vean:

1.      «Pocas novelas podemos calificar como imprescindibles.»

2.      «La materia que trata tiene en sí tal fuerza emocional y apela a principios éticos y humanitarios tan fundamentales, que basta por sí sola para proveer de interés el relato. No dice cosas en detalle nuevas, pero sí las dice con emoción y coraje.» SANTOS SANZ VILLANUEVA, El Cultural de EL Mundo.

¿De qué novela se trata? Estas palabras aparecen en la contraportada de una magnífica novela, cierto es, pero, ¿nos aportan algún aspecto relevante respecto a la misma? ¿No podrían  ̶ ̶ insisto ̶  aparecer reflejadas en muchas novelas de distinta temática y estilo?

Doy por sentado, como ya he comentado, que el crítico en este caso no tiene culpa alguna. Seguro que la crítica que él hizo es más que enjundiosa y de interés. No lo pongo en duda. Son los mecanismos de publicidad los que hacen perder fuerza a esos comentarios seleccionados y extraídos en aras de algunos intereses. Están, por lo tanto, manipulados.

Continuamos con nuestra retahíla de palabras vacías:

3.      «Una gran novela donde se confirman magistrales dotes de narrador.» Le Figaro Littéraire.

Por supuesto que es un comentario crítico muy revelador. Deducimos que ya ha escrito más novelas y que tiene unas grandes capacidades para escribir, cosa un tanto extraña al tratarse de una novela que ha sido editada en bastantes ocasiones.

4.      «Una novela impresionante, de una temible gravedad.» Le Figaro Magazine.

5.      «No se puede decir más en menos papel. Una grandísima novela. Regálenla.» La Gaceta de los Negocios.

Regálenla. Claro que me gusta regalar libros y todo lo que tenga que ver con la cultura. Quizás, para atreverme a regalarla debería, primero, leerla. No me fío de la cáscara de palabras con la que en tantas ocasiones adornan los libros. Demasiado ruido. Me quedo antes con una imagen sugerente a modo de paratexto. Y si no, siempre nos pueden quedar los clásicos. En ellos no hay tanta trampa. Los siglos nos lo atestiguan. Además no hace falta leerlos, porque como dice Ítalo Calvino, los clásicos nunca se leen, sino que se releen.
Nota: Para aquellos amantes de los libros, os dejo unos enlaces en este mismo blog sobre lo que para mí significan. Porque los libros tienen vida, y hay que saber cómo cuidársela:
http://www.juancarlosdelosreyes.blogspot.com/2011/07/la-vida-de-un-libro-iii.html

domingo, 11 de diciembre de 2011

Tríptico poemático: En Cruz. I

Tengo miedo a perder la maravilla

I

 
Tengo miedo a perder la maravilla
de tus manos volcánicas,
enraizadas en sarmientos
que abrazan la tierra con esperanza.

Temo la llegada de la nieve
que en invierno oculta su rostro
entre racimos doloridos.

Tengo miedo de la ausencia,
de palpar paredes encaladas a solas,
de encontrar tibias las aceras
y aún más frías las madrugadas.

Me dan pena los colores,
y las piedras,
las espigas quebradas,
los cordeles abandonados.

Por eso tengo miedo a perder tu maravilla
de la mirada delicada de tus ojos,
el roce de tu tacto en el lienzo,
maravilla,
maravilla de un día soleado
que quiebra las serenas estatuas
con la furia contenida de Dios.
________________________________________________________
Tengo miedo a perder la maravilla, según un verso de Federico Gª Lorca



sábado, 10 de diciembre de 2011

Tríptico poemático: En Cruz. II

          Te doy un poema



                II

Te doy un poema
de tarde intermitente
en esta hora en que los colegiales
juegan con las cerezas de la infancia.

Te doy un poema,
chico eterno de mirada montaña
que me hace hablar entre los ecos
aunque solo sea una voz
atenta a ti.

Y como pasan los relojes,
fusiles despiadados,
aquel tempus fugit,
carpe diem,
rosa-ae, puella-ae,
pasan,
ubi sunt,
vita-ae.
Mientras tanto la vida late lunas y lunas
y yo te doy un poema
en este ángulo del Mundo
arriesgado,
tenso,
armónico,
feliz,
tuyo.

Te doy un poema,
y es suficiente.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Tríptico poemático: En Cruz. III

Espera


III

Así como el campesino espera la lluvia de abril
y el panadero el olor de la harina fermentada,
                                  el artista espera su oficio algunas veces.
                                                 − Tal vez
sea mejor apuntar: siempre, siempre espera.
Por eso no encuentra una habitación para llorar,
sencillamente porque no existe.
Mas a pesar de todo
llegará otro tiempo distinto
en el que se confundan las algas y las mareas,
el trigo y la tierra,
las manos y el cemento.
A pesar de todo
ha estado bien la vida,
haberla vivido a manos llenas,
                              qué más quisieran muchos,
haberla bebido a grandes sorbos,
                             qué alegría la ebriedad,
haberla sentido a corazón abierto,
                             qué desazón maravillosa el amor.
A pesar de todo,
la espera es la misma vida,
y desde luego,
merece la pena haber sido,
ser
esa hora tan breve.


martes, 6 de diciembre de 2011

"Voy a dedicarme a contemplar los pájaros"

Hace muy poco que conozco a Maribel. Maribel no es ni alta ni baja, aunque tiene una mirada que delata cariños, y una voz que se ondula entre la calma y la tormenta. Maribel va a prejubilarse en medio año. Quiere dedicarse, entonces, a contemplar los pájaros. Esa va a ser su gran meta. Ver el vuelo del halcón, el serpenteo aéreo de una golondrina o la cotidianidad de los gorriones de ciudad.

Me pregunto si hay algo más fructífero que esta tarea que nos regala el cielo. Maribel no quiere otras metas, otros menesteres ni ataduras. Eso es, el trino y el vuelo serán sus armas vitales que acompasará al júbilo de las horas abiertas, sin dueño.

Maribel escribe su propia intrahistoria en sus gestos, sus pequeños comentarios sobre su vida — la vida— sobre el arte de estar aquí, a pesar de todo.

Tuvo hijos, se divorció, aprendió un idioma europeo, vivió en otras ciudades y ahora quiere escribir un blog. Maribel se adapta a los tiempos. A ella le preocupa la vulgaridad y esas pequeñas cosas que hacen daño con solo mencionarlas. No le gusta que se queden las pegatinas de los precios en las suelas de los zapatos (y más si son de tacón), ni que las chicas se afeen con tanto maquillaje ni con prendas en exceso provocadoras. Ella —pienso— cree que la belleza y la sensualidad residen en la mirada. No es necesaria tanta alharaca para decir que estamos ahí y que queremos gustar y seducir. A Maribel, por lo tanto, le gusta el detalle, los mensajes en las botellas con palabras sencillas y verdaderas.

Maribel es el futuro. Un futuro prometedor. Mujeres como ella son las que han hecho posible que vivamos en un país democrático y libre. Y no solo eso, sino también en un país en el que hemos podido crecer con el estómago lleno y la piel aseada, los cielos abiertos a aves migratorias y el reloj en el bolsillo para hacer aquello que más nos gusta: soñar.

Ella, como tantas otras, es responsable de ese anhelo que ha sido el estado del bienestar. Según los diarios, está a punto de resquebrajarse. Los más jóvenes, si esto sigue así, no podremos dedicarnos a contemplar el delicado vuelo de las aves. O al menos, no tanto como quisiéramos. Vamos a ver qué pasa. Viviremos para contarlo, que diría el colombiano. Y si no, al menos para evadirnos como hizo El principito, aprovecharemos una migración de pájaros silvestres. Se lo debemos a Maribel.