sábado, 6 de agosto de 2011

Apuntes sobre lo camp

El grado de artificio y de estilización de lo camp en signos culturales ha sido objeto de estudio en diferentes tratados a lo largo del siglo XX. Como ya he señalado en anteriores entradas a este respecto, no podemos obviar uno de los mejores ensayos que hasta la fecha se han escrito sobre el fenómeno. Este es el de Susan Sontag titulado «Notas sobre lo camp» de 1964. “Sensibilidad” es uno de los términos claves a la hora de hablar de lo camp. Lo no natural, ese artificio y exageración, son las bases sobres las que se asienta esta estética.

Resumo estas anotaciones que ha establecido Sontag al respecto:

1.      Lo camp es una cierta manera de esteticismo.
2.      Esta sensibilidad no es comprometida y está despolitizada.
3.      La encontramos no solo en los objetos, sino también en el comportamiento de las personas. De esta manera tenemos edificios camp, canciones, novelas, personas, películas, vestidos…
4.      Todos los objetos, y las personas, camp contienen una parte considerable de artificio.
5.      Es una concepción del mundo en términos de estilo: amor a lo exagerado, el ser impropio de las cosas.
6.      Lo andrógino es ciertamente una de las mejores imágenes de la sensibilidad camp.
7.      El camp lo mira todo entrecomillado. La metáfora de la vida como un teatro.
8.      Lo camp es el triunfo del estilo epiceno. Con un solo género gramatical, masculino o femenino, puede designar al macho o a la hembra indistintamente o conjuntamente
9.      La línea divisoria parece pasar por el siglo XVIII; es en este periodo en el que encontramos los orígenes del gusto camp. Finales del XVII y principios del XVIII son el gran periodo de lo camp.
10.  Podemos remontarnos, sin embargo, más atrás en el tiempo—con artistas manieristas como Pontormo, Rosso y Caravaggio.
11.  Decir que algo es camp no significa sostener que son simplemente esto.
12.  Hay que distinguir entre lo camp ingenuo y lo deliberado. Lo camp puro siempre es ingenuo. Lo camp que se reconoce como tal (camping) suele ser menos satisfactorio. De ahí que los ejemplos puros de camp son involuntarios; son de una seriedad absoluta.
13.  El sello de lo camp es el espíritu de extravagancia.
14.  Lo camp es arte que quiere ser serio pero que sin embargo no puede ser tomado enteramente en serio porque es «demasiado».
15.  Por supuesto, el canon de lo camp puede cambiar. El tiempo es el juez.
16.  Camp es la glorificación del personaje. Lo que aprecia la mirada camp es la unidad, la fuerza de la persona.
17.  El gusto camp vuelve la espalda al eje bueno-malo del juicio estético corriente.
18.  La sensibilidad camp es enteramente estética.
19.  Es posible ser serio respecto de lo frívolo y frívolo respecto de lo serio. Lo verdaderamente importante de lo camp es destronar lo serio.
20.  Cuando la «sinceridad» en el arte no es suficiente una persona se inclina por lo camp. La sinceridad puede ser simple estrechez intelectual.
21.  El gusto camp es propio de sociedades opulentas.
22.  Aunque los homosexuales hayan sido la vanguardia camp, el gusto camp es mucho más que gusto homosexual.
23.  El gusto camp es una forma de deleitarse, de apreciar; no de enjuiciar.
24.  El gusto camp es una especie de amor y se nutre de él.

Creo que vale la pena adentrase en estas pequeñas notas resumidas de este magnífico ensayo. Sontag establece más matices, aunque creo que podemos tener la columna vertebral del gusto camp en estos veinticuatro parámetros apuntados.

Podemos considerar el Art nouveau como uno de los estilos camp más característicos y desarrollados. De hecho, es en esa intención de crear un arte nuevo para romper con los cánones establecidos hasta la época, en donde va a residir el encanto y la originalidad principales de este movimiento desarrollado a finales del siglo XIX y principios del XX. Hasta los objetos más cotidianos, para el Art nouveau van a ser fuente de belleza y valor estético. Esto no deja de ser un intento de la democratización del arte para hacerlo accesible a más personas, y no solamente a aquella incipiente burguesía y aristocracia. De ahí que no solo se dé en las consideradas hasta la fecha artes mayores sino también en objetos cotidianos.
Las bocas del metro de París, a modo de ejemplo, diseñadas por Hector Guimard, son de este estilo Art nouveau y poseen el don de producirnos un gran impacto estético. De hecho, si en su día fueron controvertidas por esa esencia rupturista en la que subyace lo camp, a día de hoy podemos afirmar que se han convertido en un emblema para la ciudad.

Un movimiento pictórico que tiene lugar en la Inglaterra es el prerrafaelismo o la Hermandad de los prerrafaelitas. A mediados del siglo XIX pintores como John Everett Millais, Dante Gabriel Rossetti o William Holman Hunt rechazan en su época el arte académico predominante y propugnan una vuelta al detallismo minucioso y al luminoso colorido de los primitivos italianos y flamencos, anteriores a la pintura de Rafael. Esta estética la consideran más auténtica. En su búsqueda del arte sublime tratan de apresar lo auténtico y sincero y lo hallan en dos esferas: la naturaleza y un concepto de mujer idealizado. Si observamos con atención sus lienzos, nos podemos encontrar con ciertos paradigmas camp, en esa búsqueda del esteticismo por encima de todas las cosas. Lo andrógino de algunas de sus representaciones, por otro lado, nos muestra esa sensibilidad camp más arriba aludida. Esas figuras desmayadas, esbeltas y sinuosas pueden ser también aliadas del estilo epiceno que señala Susan Sontag.
No creo que su pintura sea camping, puesto que es auténtica en su intención, pero sí tiene, sin duda, la fuerza de lo camp instalada en sus principios estéticos.

Al hablar de literatura española, me viene a la cabeza el movimiento Modernista que viene arropado por una época de crisis, de desazón y malestar vital. Nos encontramos nuevamente en las postrimerías del siglo XIX y principios del XX. El Modernismo, que no solo es literario, viene marcado por un fuerte anticonformismo ante lo imperante en su época. Es un movimiento de ruptura con la estética vigente y que se sumerge en influencias francesas (el parnasianismo y el simbolismo), además de influencias norteamericanas (se admira tanto a Edgar Allan Poe como a Walt Whitman), inglesas (Oscar Wilde) e incluso italianas (el decadentismo de D’Annunzio).
Es muy representativo que el Modernismo manifieste su disconformidad a través de un aislamiento aristocrático y de un refinamiento estético. Huye por los caminos del dandismo, la bohemia y conductas asociales y amorales. Es representativo —señalo— porque si volvemos la vista a la estética camp nos encontramos con bastantes de las características que la definen. De hecho, la estética modernista y la camp se amalgaman en una suerte de armonía y de búsqueda de la belleza, el esteticismo y los valores sensoriales.
No está de más señalar cómo en la literatura modernista se insiste en el enriquecimiento estilístico, en el sentido de la brillantez, de lo delicado, de lo delicuescente. El color, los efectos sonoros en su poesía, las sinestesias, la riqueza de imágenes, un léxico teñido de cultismos o voces de exóticas resonancias son elementos consustanciales a la estética camp.

[…]
Ámame así, fatal cosmopolita,
universal, inmensa, única, sola
y todas; misteriosa y erudita:
Ámame mar y nube, espuma y ola.

Sé mi reina de Saba, mi tesoro;
descansa en mis palacios solitarios.
Duerme. Yo encenderé los incensarios.
Y junto a mi unicornio cuerno de oro,
tendrán rosas y miel tus dromedarios.
                                         Divagación en Prosas profanas (1896). Rubén Darío

Ámame —invoca el poeta—, pero ámame en ese escenario rodeado de naturaleza y de lujos aristocráticos y sublimes, donde podremos encontrarnos incluso con unicornios de cuerno de oro. Es amor. Lo camp es amor y este es su alimento.

Seguimos instalados en la poesía. En los poetas conocidos como los «novísimos» desempeñan un papel importante la música, las canciones populares, imágenes visuales producto de lo que se han nutrido a través de los mass media. Se despreocupan de las formas tradicionales y usan técnicas elípticas, de sincopación y de collage en sus poesías. Jose Mª. Castellet, en Nueve novísimos poetas españoles (1970) señala de esta manera la influencia camp en la estética de este grupo:

«3. Introducción de elementos exóticos y artificiosidad.
[…] De pronto, aparecen en la poesía española —y como un elemento que no proviene de la formación táctil de los mass media, sino más bien de la elección de ciertas lecturas y de una actitud snob que enlaza con la sensibilidad camp— una serie de elementos exótico-literarios que encontramos en la poesía de Gimferrer y de Carnero, de Azúa y de Molina-Foix, especialmente. Son temas orientales, exaltaciones de ciudades desconocidas, nombres de lugar o de persona que atraen ante todo por su valor fonético, descripciones de vestidos, disfraces o fiestas, mitos clásicos o fábulas medievales, etc. Se trata del gusto por el descubrimiento por una literatura gótica o modernista, de la importante influencia de Pound y, no hay que olvidarlo, del horror por todo lo español, precisamente porque en los pocos casos en que se introducen temas españoles estos son tratados como elementos exóticos. Finalmente, no hay que considerar en este epígrafe la fuerte influencia de temas y mitos norteamericanos contemporáneos, producto más que de lecturas (y algunas han sido muy influyentes: Henry James o Scott Fitzgerald) del cine, la TV, la publicidad y los comics.» Págs. 42-43 en Nueve novísimos poetas españoles, Barral Editores, Barcelona, 1970.

Efectivamente, en muchos de los versos de estos poetas se enlaza con la sensibilidad camp. Veamos una pequeña muestra:

[…] una completa historia del traje,
y muchas otras cosas, como por ejemplo, varitas mágicas,
insectos de cartón-piedra,
una colección bastante amplia de cremas para payasos,
la botella de porcelana rosada donde el prestidigitador guardaba su
       elixir [… ] “El movimiento continuo” de Guillermo Carnero, 1967.

[…] las gaviotas, mis hijos y las noches de agosto—,
le digáis (con el gesto más Humphrey Bogart que
os permita poner vuestro pasado):
«Quita tus puercas manos de mis sueños». “Nuevas tendencias de la crítica literaria” de Miguel D’Ors, 1991.

Yo, que fundé todos mis deseos
bajo especies de eternidad,
veo alargarse al sol mi sombra en julio
sobre el paseo de cristal y plata
mientras en una bocanada ardiente
la muerte ocupa un puesto bajo los parasoles.
Mimbre, bebidas de colores vivos, luces oxigenadas que chorrean
   despacio, […] “La muerte en Beverly Hills” de Pere Gimferrer, 1968.

En la noche del sábado los reflectores buscan
los tres colores de tu maquillaje,
te siguen por los túneles del Metro,
escaleras arriba: por su alfombra de luz
llegas hasta el acero de la barra,
y con ojos de acero me susurras
una vieja canción de amor herido:
  I’m gonna get along without you now!Villancico en Gaunt Street”, de Guillermo Carnero.
                                                 

Sirvan estos versos para ejemplificar esa diferente sensibilidad que los novísimos tratan de instalar en nuestra poesía. Podemos observar, en estos fragmentos poéticos rescatados, figuras del cine clásico norteamericano, exagerados maquillajes, o imágenes tan estridentes como la de la muerte bajo los parasoles. Todo ello es rupturista, todo ello vuelve la espalda al eje bueno-malo del juicio estético corriente.

Una de las cintas más aclamadas no solo en España sino en el resto del mundo, especialmente en Estados Unidos, es la oscarizada Todo sobre mi madre (1999) de Pedro Almodóvar.  En la película nos encontramos con elementos camp que conforman muchas de las secuencias.

 
La obra de teatro que es representada, Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams, muestra un decorado perfecto para cualquier estética camp: el llamativo cartel en el que aparece una de sus actrices, Huma Rojo (Marisa Paredes), es hiperbólico y desmesurado, poderosamente llama la atención; el vestuario de los actores y actrices; el punto de mira en ese campesinado sureño o mejor diremos camp-esinado (no en vano se han visto elementos de vuelta a lo rural en estética camp); el hecho de que los diálogos que aparecen estén basados en la película de Elia Kazan de 1951 y no en el texto dramático original (lo camp se nutre constantemente del cine); la luz del escenario, azul, como eterna; la importancia de all about Eve o Eva al desnudo en su título en castellano para el conjunto del filme; el uso de algunas secuencias significativas de esta película dentro de la comentada (cine dentro del cine); Betty Davis, icono camp; el piso de Manuela (Cecilia Roth) en Barcelona y su decoración, un tanto retro; el nombre de Huma Rojo porque su “vida ha estado llena de humo”; el paraguas colorido que lleva Manuela el día que muere su hijo atropellado, etc.

Todos estos elementos son representados en la película de una forma honesta y sincera. Aparecen entretejidos en la peripecia que sufren los personajes como elementos  consustanciales. Todo sobre mi madre es una película seria, no frívola, aunque en ocasiones lo uno se confunda con lo otro. Tiene toques extravagantes, como la mezcla de humor en un descampado donde se ejerce la prostitución. En ocasiones no sabes si reír o llorar.

Con Pedro Almodóvar, en esta montaña rusa de sentimientos, nos deleitamos. No crea juicios, solamente presenta a unos personajes y sus circunstancias. Y nuevamente el amor como alimento necesitado que buscan la madre, dos amantes lesbianas, prostitutas, monjas, transexuales. Amor filial, amor carnal.

Para terminar este acercamiento a lo camp, traigo a colación nuevamente palabras de Mcnamara en Laberinto de pasiones: “Lo sencillo nunca fue moderno, lo moderno siempre es futurista”. Quién sabe si en esta estética comentada lo sencillo ya se ha hecho moderno, dando un paso de gigante en ese malestar que a veces ha traído consigo cualquier forma artística de ruptura y renovación.


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Última nota: ¿Cómo definirían la estética del vestido que Salomé lució en el Festival de Eurovisión de 1969, diseñado por Pertegaz, que pesaba 14 kilos y estaba hecho de canutillos de porcelana azul turquesa y tres collares de 1 kilo cada uno? Quizás ahora tengamos más datos para explicar la desmesura.

viernes, 5 de agosto de 2011

Apuntes sobre lo kitsch

    

     No hemos de confundir el límite entre lo petardo y lo kitsch, puesto que a veces, se mezcla lo uno con lo otro, como hemos visto de cerca en el caso de Laberinto de pasiones. El kitsch como actitud estética incorpora elementos de dudoso gusto para muchas personas o incluso de mal gusto para otras. Efectivamente, lo que denominamos “buen gusto” no es sino un artificio cultural que comprende unas determinadas coordenadas espacio-temporales. En lo que sí disiento con la respetada María Moliner es  cuando enjuicia lo kitsch como algo “de escasa calidad”. Depende. Es cierto que el juicio estético ante lo kitsch pueda dar lugar a confusiones y nos dejemos enmarañar rápidamente por un sentimiento de frustración al no conseguir entenderlo. Pero la función de signos kitsch en determinadas obras culturales está justificada para lograr el producto final artístico deseado del creador. Muchos decorados de cine o de teatro se han valido de esos signos exagerados y grandilocuentes porque tienen una función estructural en los contenidos o en la dramatización que se persigue. Las películas de John Waters están revestidas de ese aparente “mal gusto” a favor de los personajes y sus circunstancias. Cuando Almodóvar recrea escenarios con colores llamativos, aparatos grandilocuentes, vestuarios desfasados, mobiliarios de abuela, pretende darle un uso artístico y envolvernos en esa atmósfera tan especial y suya. Entonces decimos: “es muy almodovariano”, creando con este nuevo concepto un mundo particular que se hace universal.

Los rasgos principales de esta estética que atraviesa casi todas las artes, sino todas, son los siguientes:

§  La aplicación de otras obras artísticas como mero objeto decorativo: los cuadros de Tamara de Lempicka, el teléfono en forma de langosta de Salvador Dalí, un cuadro con motivos religiosos, bien sea una madonna renacentista italiana o un Cristo crucificado.

§  La disociación entre la utilidad y la estética de un objeto: un cerdito en forma de salero, una jarra de cerveza con la forma sinuosa de una mujer desnuda, un collar de perlas en el cuello de un perro, un sofá de plástico rojo con forma de labios…

§  El juego de las dimensiones, de la proporción y su ubicación: un balón de fútbol del tamaño de una canica, una gitanilla de colores llamativos más pequeña que una barbie colocada al lado de la televisión, acompañada del toro de Osborne…

§  La utilización de materiales exagerados, excesivamente llamativos y en la mayor parte de las veces falsificados: el plástico, casas humildes revestidas como si fueran palacetes decimonónicos, candelabros tenebrosos que imitan la plata pero pueden ser comprados en un Todo a Cien…

§  La desubicación: un picnic en el campo con una cubertería y vajilla dignas de una mesa real, una mujer vestida de gala en mitad de un páramo, colores estridentes en la vestimenta en un entierro…

Estas son algunas de las características más destacadas de lo kitsch. En el caso particular de la cultura española nos encontramos con muchas manifestaciones de esta estética. Sin entender bien este juicio, poco podríamos decir de las escenas que tienen lugar en Bienvenido Mr. Marshall de Luis García Berlanga. En mi opinión, el pueblo Villar del Río y el despliegue de medios que sus pobladores ponen para que los estadounidenses se queden admirados al pasar por el pueblecito tiene cierto regusto ingenuo y un tanto kitsch. Es difícil clasificar dentro de una categoría concreta esta película de Berlanga. Se nos escapa de lo establecido en la época que fue rodada (1953). Es sabido que Berlanga se mueve por el terreno de la crítica social y es, sin duda, su humor, un aliado esencial para agudizar esa denuncia implícita que queda reflejada.

Berlanga comenta su obra con estas palabras:
“Yo he dicho siempre que esta sociedad es una mierda pero, por desgracia, mi cine y yo navegamos en el barco de esta sociedad. Puede que no sepa dar un golpe de timón a este barco pero, por si acaso, lo que hago es mear siempre en el mismo sitio, a ver si consigo abrir un agujero por el que se termine hundiendo el barco”. GÓMEZ RUFO, Rufo: Berlanga contra el poder y la gloria. Barcelona, 1997, p. 7.

Pues bien, es en este humor cínico donde no solo hace una crítica de los comportamientos dominantes, sino que es a su vez en donde deja entrever el amor y respeto que siente hacia España. En ese amor echa mano de aquellos topicazos con los era vendido culturalmente el país allende nuestras fronteras. Despliegue de farolillos, flamencos, peinetas y mantillas y acentos sureños son subrayados con ese cinismo en mitad de un pueblo del centro de España. La desubicación y el contraste no podrían ser más sorprendentes para el espectador. Sorprendente también es que burlara la censura dadas las impertinencias políticas al parecer no comprendidas. El mismo Franco, que vio personalmente la película en su cine privado, no fue capaz de detectar los numerosos detalles, comenta García Berlanga sobre su obra. Quizás ese carácter kitsch del folclore propuesto fue lo que se le escapó a Franco del entendimiento, que no supo revelar los códigos humorísticos que se presentan en un primer plano.

Sin duda, el paradigma de lo kitsch en nuestra cultura nos viene subrayado de la mano del internacional director Pedro Almodóvar. Hay un libro publicado que se titula Pedro Almodóvar  y el kitsch español de Carlos Polimeni en la editorial Campo de ideas. Este libro analiza la convulsión de su cine —que consiste en poner en frente al espectador personajes, temas, conductas, decorados y ambientes que no habían sido reflejados con el suficiente respeto en nuestra cinematografía. Almodóvar lo moderniza y lo convierte en clásico.
La estética de Marisa Paredes en Tacones lejanos, el ático que tiene Carmen Maura (Pepa) en Mujeres al borde de un ataque de nervios, el decorado de la escena final de La ley del deseo en la que se ve inmerso Antonio Banderas, el salón en el que transcurren los diálogos tan logrados por su humor en Parla, donde viven una Chus Lampreave y una Rossy de Palma en La flor de mi secreto, son todos ellos y muchos más, elementos kitsch de lo más genuino de nuestro país.

Otro director, heredero en bastantes aspectos del cine de Almodóvar, es Ramón Salazar. Aparte de ciertos toques kitsch en su primer corto, Hongos (1999), crea en hasta la fecha su última película, 20 centímetros (2005), numerosos números musicales al calor de la estética comentada. Me resulta entrañable el inicio del filme en el que una chica que sufre narcolepsia se cae al suelo vencida por el sopor del sueño y, mientras duerme, fantasea con otro mundo diferente y mejor. Es entonces cuando se sumerge en un número musical en el que ella es la protagonista. Canta, arropada por bailarines y bailarinas muy al gusto de los musicales de Broadway de los años 50 y 60, un conocido tema de Marisol, titulado “La vida es una tómbola”. Se despliegan por doquier un sinfín de escenas bellamente logradas al calor de lo kitsch, de lo llamativo y exagerado. Y así, si tiramos del hilo de esta película, nos vamos a encontrar con muchos otros elementos tan del gusto de esta estética. Véanse los números musicales de “Quiero ser Santa”, tema de Alaska versionado de una forma muy característica, “Piel Canela”, “Ponte la máscara” o el increíble acierto de concluir la película con una canción de Freddy Mercury, “I want to break free”, muy significativa desde el punto de vista argumental y estético para el conjunto de la cinta.

Si hasta ahora nos hemos centrado en una pequeñísima parcela sobre este gusto tan especial y determinado en nuestro cine, nos encontramos con estudios que son mucho más rigurosos y científicos sobre lo kitsch. En «El kitsch en el Barroco castellano» de Barbara Pregelj se analiza exhaustivamente esta estética en nuestras letras en el siglo XVII. De hecho, según la autora del artículo, “el título puede aludir a un tópico con el que muchas veces se ha designado a todo  el arte barroco”. Significativas son las palabras que siguen: Pero en la memoria popular que deja intuir el mencionado tópico, puede hallarse también otro rasgo de la cultura (y en particular de la literatura) del siglo XVII al que no siempre se ha estudiado con la debida atención: el principio del proceso, típicamente moderno, de la división de la literatura en dos tipos cada vez más opuestos. Por un lado tendríamos la literatura elitista, hermética y canonizada, y por el otro la literatura popular, masiva y no-canonizada, es decir, la del kitsch. La división bipolar de la literatura, que precisamente en el Modernismo había visto su culminación, parece haberse terminado con la Postmodernidad”.

Para aquellos que estén interesados en este tema, les dejo el enlace:

Sería demasiado extenso para la pretensión de este artículo adentrarnos en las difíciles complejidades del Barroco y su parcela de estética kitsch. Pero sí que he considerado conveniente señalar al menos un aspecto importante del alcance del tema en uno de los movimientos  más sobresalientes de nuestro país.

Por otra parte, los novísimos, grupo de poetas recogidos en la famosa antología de J. Mª. Castellet Nueve novísimos poetas españoles (1970) y otros poetas coetáneos o un poco posteriores a ellos, van a reflejar, entre otras muchas estéticas, cierto gusto por lo kitsch en algunos de sus versos. Al lado de tonos graves aparece una provocadora e insolente frivolidad: Marilyn Monroe se codea con Che Guevara, y Carlos Marx con Groucho Marx. No obstante, el límite entre lo kitsch y lo camp es difícil de vislumbrar. Ahondaremos en este grupo poético español en Apuntes sobre  lo camp.


jueves, 4 de agosto de 2011

Apuntes sobre lo petardo

Vamos a examinar  desde los parámetros de la cultura española la acepción de “petardo” y
“petardeo”.  Efectivamente, como señala María Moliner, petardo puede ser una persona que nos resulta aburrida, fea en su actitud con los otros y carente de atracción personal. Huimos de esas personas que nos resultan tan poco atractivas desde distintos puntos de vista o, por el contrario, las podemos ensalzar en paradigmas de formas de vida extrañas o peculiares. La televisión nos da muestras desde hace ya décadas de esas personas petardas que nos alegran un poco el momento con sus delirios y excentricidades. Como bien apuntó en una ocasión Olvido Gara, ser un poco petardo es sinónimo de cierta inteligencia. Las extravagancias de Fabio Mcnamara en sus actuaciones de los años 80 son un ejemplo exquisito de esa actitud petarda y trasnochada de pasar por la vida. Podríamos decir incluso que es una rebeldía ante los corsés sociales impuestos por una parte de la población española, conservadora y biempensante. Recuerdo que en una entrevista que le hicieron le preguntaron que dónde iba a pasar sus vacaciones. A esta pregunta Mcnamara responde: “en Usera”. Usera, para aquellos que no lo sepan es un barrio de la capital madrileña alejado del glamour y de zonas adineradas. La respuesta, creo, no podría ser otra que la acidez de decirnos que no tiene por qué ir a ninguna parte exótica para justificarse socialmente. Esta es la interpretación que yo le hago. Es una respuesta petarda, irónica y humorística. La realidad, sin embargo, podría ser que Mcnamara ni ironizara ni bromeara, aunque sí intuyo que podría considerar tan divertida su respuesta que entrara en el juego del “petardeo”.
Junto con Pedro Almodóvar Mcnamara ha creado, de una forma espontánea e ingenua, todo un protocolo de actitudes petardas; situaciones inverosímiles si no las consigues entender. Desde luego, como señalaba Olvido Gara, hay que tener cierto sentido del humor y cierta inteligencia, que te hace colocarte por encima de la situación creada, para llegar a empatizar con momentos como los que se muestran en Laberinto de pasiones. Hoy día, esa película de 1982 sigue siendo extravagante pero muy, muy auténtica y quizás con alguna dosis de improvisación. Pertenece al cine de culto y se sigue reeditando en cualquier colección sobre el cine del aclamado director manchego. Las muestras de petardeo aparecen por todas partes, casi como un manifiesto de lo divertida que puede ser tomada la vida si la miramos desde esta óptica. Una secuencia que es muy ilustrativa del asunto abordado, es la sesión fotográfica de Mcnamara siendo asesinada por un supuesto loco, conocido como el loco del taladro. En esta secuencia se ve al actor tirado en el suelo mientras es dirigido en su agonía por Almodóvar para una secuencia de fotos de una fotonovela, tan de moda en aquellos años. Desde el vestuario estridente de Mcnamara (braguita de bikini, tacón de aguja, torera de pelo artificial, efectos especiales notoriamente artificiosos), hasta la cadencia que usa al hablar y su dicción, son manifestaciones plenas de lo petardo. Los diálogos, asimismo, complementan este acercamiento a esta forma artística:
—“Si consigo sobrevivir luego nos iremos a un cutrebar a comer algo con muchísima grasa: una fabada”—, dice instruido Mcnamara por el director de la fotonovela. Antes se había hablado de que podría ser también una empanada gallega.
Se necesita mucha idiosincrasia cultural española para poder alcanzar en su conjunto diálogos de este calibre en la película reseñada. Por mucho que podamos traducir “fabada” o “empanada gallega” o “cutrebar” a otras lenguas, es evidente que las connotaciones culturales que conllevan son difíciles de decodificar para otros países. Sin embargo, el humor que tiñe esta escena se puede calificar de petardo, por lo frívolo del momento, por echar mano de todos esos elementos culturales, folclóricos; por esa asociación humorística entre el placer y el dolor, por la verosimilitud con que son tratados los diálogos, a pesar de la extravagancia y por la artificiosa naturalidad con que el actor se desenvuelve en el plató a la hora de hacerse la sesión fotográfica.
No obstante, y ya vamos ahondando en otra de las etiquetas apuntadas más arriba, se me revelan algunos elementos kitsch en la escena: véase el decorado de fondo, con ese paisaje tan poco natural como uno de los numerosos tapices que poblaban los salones de los hogares españoles en los años 70 y 80; véase la revista con peinados y cómo al usar esas secuencias, la lengua que se utiliza es el francés, tan chic, tan kitsch a su vez en el momento en que fue rodada la película. Asimismo, se usa el inglés como otro elemento que se contrapone a todos los signos señalados:
—¿Y ese look?
—Es el nuevo look para foto porno sexy killer.

La mezcla de tres lenguas es significativa, según el momento, para lograr esa esfera de lo petardo y crear, con ello, una atmósfera divertida y relajada. Por otra parte, no creo que Almodóvar quiera hacer ninguna denuncia directa a nada ni a nadie en particular, sino solo crear un nuevo mundo posible fuera de convencionalismos y estereotipos de la tradición.

ENLACE SECUENCIA COMENTADA: http://www.youtube.com/watch?v=xdp2MX77I1o

Nuestra cultura se sigue nutriendo de esa forma de petardeo que, quién sabe, pudiera tener su origen en el esperpento valleinclanesco, aunque de una forma mucho más liviana e inocente. Pero está claro que lo petardo atrae a muchas personas y parte del humor de nuestro país se alimenta de esa actitud. Enumero algunos momentos de petardeo nacional:

-          Los sketch de los Moranco y su omaítas y charinis, de gran aceptación popular.
-          Momentos dignos de mención del humorista canario Jabicombé, altamente idiosincrásicos de esta región de España y difíciles de entender si no se ha vivido en el archipiélago. (Animo a los que aprecien esta forma de mirar el mundo a ver sus vídeos en Youtube). Destaco las parodias de los anuncios de Activia y los de Schweppes en los que aparecen Uma Thurman y Nicole Kidman.
-          Momentos protagonizados por grupos musicales como Fangoria o las Nancys rubias y el aludido Fabio Mcnamara, la Terremoto de Alcorcón o Paco Clavel.
-          Las parodias del que fuera uno de los grupos de humor más relevantes de los años 80 y 90: Martes y 13. Parodias de Isabel Pantoja, Encarna Sánchez, Ana Torroja, etc.
-          Distintas secuencias de cineastas como el comentado Pedro Almodóvar, Ramón Salazar, Yolanda García Serrano y Juan Luis Iborra, el trío de directores Alfonso Albacete, David Menkes y Miguel Bardem, momentos del cine de Álex de la Iglesia,
-          Series españolas rehogadas, entre otros muchos aspectos, de un toque petardo: Aquí no hay quien viva, La que se avecina, Aida, Los hombres de Paco, Yo soy Bea, Mis adorables vecinos, etc. Se ha de recordar, para los incrédulos, que estas series han sido seguidas y algunas todavía lo son, por millones de personas.
-          Algunos momentos encontrados en artículos de Elvira Lindo, Boris Izaguirre…
-          Ciertos seguidores de Eurovisión y su manera de entender el festival musical.

Se ha de puntualizar, por supuesto, que no todo lo que aparece en estas obras reseñadas es petardo. Ni mucho menos. Pero sí algunos momentos que forman parte de nuestro subconsciente cultural y de una actitud ante la vida y su forma de pasar por ella.

Sobre lo kitsch, sobre lo camp, sobre lo petardo

Sobre gustos y juicios estéticos hay mucho escrito. No sé de dónde ha salido la expresión que niega

 lo contrario con la que muchos tratan de taparte la boca cuando no coinciden con lo que tú crees que es una forma artística o un placer para los sentidos: Bueno, sobre gustos no hay nada escrito. Es un argumento falaz y estúpido, sobre todo porque si nos atenemos a todos los tratados que desde la antigüedad se han conservado, a todas las teorías interpretativas de la estética a lo largo de los siglos, tanto en Oriente como en Occidente, es totalmente falsa esa opinión, o mejor, esa aseveración.
Busco en el diccionario de la RAE (en su vigésima primera edición) estos tres términos y los dos primeros no aparecen. Respecto al tercero, Petardo, no viene ninguna acepción que haga alusión a ningún gusto o estética. Esto me demuestra una vez más el conservadurismo de este diccionario y su reticencia a la incorporación de términos extranjeros, por más que se hayan usado en ensayos o tratados filosóficos, poéticos, artísticos. Sigo buscando en otro diccionario, en mi querido diccionario de uso del español María Moliner y ahí, tal y como esperaba, sí que me encuentro con estos tres términos y su correspondiente definición para el criterio estético. Veamos lo que dice María Moliner:
Kitsch [quich] (al.) adj. Se aplica a un objeto o estilo pretenciosos y de escasa calidad: “Una decoración kitsch”. Ese estilo.
Camp (ingl.) adj. Se aplica al estilo, manifestación artística, etc., propios de una época pasada, especialmente de los años treinta y cuarenta del siglo XX.
Petardo, -a (del fr. pétard) 6. inf. Persona o cosa fea, inútil o aburrida: “Esa chica es un petardo. ¡Vaya petardo de película!”. Petardeo 2 inf. Comportamiento frívolo, frecuentemente asociado a fiestas y vida nocturna.
Los dos primeros conceptos ha sido difícil de deslindarlos, aunque cada uno tiene características propias. Podríamos definir lo kitsch como una imitación estilística de un pasado histórico que ha gozado de prestigio o de formas y productos que son propios de la alta cultura moderna, que ya son aceptados como tales. En ocasiones, el término de procedencia alemana, se ha referido a cualquier arte pretencioso y de mal gusto. Todas estas significaciones habría, no obstante, que matizarlas.
El término camp procede del argot francés “se camper”, es decir, posar de una forma exagerada. Sin embargo, el término es recogido en 1909 en el Oxford English Dictionary  en donde se propone una definición para camp: "ostentador, exagerado, teatral, afeminado u homosexual; que tiene características de la homosexualidad. Como el nombre, conducta camp maneras camp, etc.; un hombre que exhibe tal comportamiento"; proveniente, con probabilidad del término francés señalado. Ha sido sin duda la escritora norteamericana Susan Sontag, en su ensayo de 1964 Notes on camp, donde  describe esta estética y actitud. A raíz de este ensayo se expande el término y pasa ya, sin más trabas, a formar parte de teorías y juicios sobre la estética artística. Recomiendo a aquellos interesados en lo camp la lectura íntegra del ensayo de Sontag que se puede encontrar en Contra la interpretación y otros ensayos, en DEBOLS!LLO. Para la autora, “lo camp es una cierta manera de esteticismo. Es una manera de mirar al mundo como fenómeno estético. Esta manera, la manera camp, no se establece en términos de belleza, sino de grado de artificio, de estilización”.
Algunos ejemplos que la ensayista extrae al azar sobre el fenómeno camp son los siguientes:
las lámparas Tiffany
el restaurante Brown Derby, en Sunset Boulevard
El lago de los cisnes
la dirección de Visconti de Salomé y Lástima que sea una puta
King Kong de Schoedsack
la cantante popular cubana La Lupe
los vestidos de mujer de los años veinte (boas de plumas, vestidos con flecos y abalorios, etcétera)

Obviamente, Susan Sontag no se queda en este reduccionismo de lo camp, sino que va mucho más lejos y ahonda en terrenos dispares para esclarecer los postulados de esta “sensibilidad”.

Respecto al término petardo creo que no ha sido estudiado en profundidad. Más bien se ha quedado como una etiqueta que nos ayuda a determinar algún aspecto o actitud que nos resulta frívolo hasta el extremo, superficial y con una dosis importante de grandilocuencia. Un producto de la subcultura. Términos como cutre, petardeo o cultura suburbana aparecieron en España al compás de la famosa movida madrileña de los años ochenta. Lo que sí parece claro es que el término petardo está asociado a un tipo de humor muy particular y especial en determinadas atmósferas culturales, bien elitistas, bien populares.

martes, 2 de agosto de 2011

Personas con complejos: ordeno y mando

                       Uno de los principales escollos con el que nos encontramos las personas a la hora de

relacionarnos es estar o ser  acomplejado. El complejo es algo irracional, algo que surge por comparación con los otros y que nos hace sumirnos en algo parecido a la infelicidad. Si nos sentimos acomplejados nos sentimos inferiores al resto, con las consecuencias negativas que puede llevar para nosotros mismos y para nuestro entorno.

Nos asaltan complejos físicos por tal o cual característica externa, que no se adapta a los moldes establecidos en una determinada cultura y en tiempo concreto. Las clínicas de estética se multiplican por doquier para paliar ese aspecto torcido. El problema —pienso— no es corregir ese defecto, sino aprender a querernos tal y como somos. Únicos e irrepetibles. Entiéndanme, no tengo nada en contra de las operaciones de estética; es más, las encuentro incluso beneficiosas si no se llega a caer en el patetismo. El problema es ese no quererse por comparación, puesto que esos complejos pueden llegar a influir y a condicionar no solo la vida del que lo sufre, sino, como he señalado, su relación con los demás.
Pero no solo encontramos complejos físicos, sino de diversa índole: complejos en la pareja (uno se siente inferior al otro y surgen, inevitablemente, problemas), en el trabajo (los otros siempre lo van a hacer mejor), entre amigos, en comparación con otros familiares, Peter Pan, edipo, electra… Así, la relación de esa persona que sufre ese complejo va a ser muy difícil de sobrellevar. Y digo difícil porque el ser acomplejado puede llegar a ser hiriente con los otros, a tener conductas extrañas e inexplicables o, en el peor de los casos, a convertir su propio estigma personal en un arma arrojadiza y despiadado con aquellos a los que cree superiores. Entonces es cuando esta persona atormentada va cubriendo esas carencias al instalarse en el pedestal de la prepotencia y el despotismo.
Estoy seguro de que muchos de los mandatarios (vamos a decir ya, desde este punto, dictadores) que han gobernado o gobiernan países son personas tremendamente acomplejadas. Un caso particular es el que Desmond Morris, en El zoo humano, 1970, Plaza & Janés,  atribuye a mandatarios tan destacados como han sido Hitler o Napoleón. Su enredada relación consigo mismos y con las gentes que vivieron bajo sus órdenes sufrieron, probablemente, las carencias íntimas de estos dos seres humanos. Leamos estas palabras del libro señalado:
«Una cuestión final sobre el sexo de status: resulta intrigante descubrir que ciertos individuos provistos de una manifiesta vasta ansia de poder padecían anormalidades sexuales físicas. La autopsia de Hitler, por ejemplo, reveló que sólo tenía un testículo. La autopsia de Napoleón puso de manifiesto las "atrofiadas proporciones" de sus genitales. Ambos tuvieron una vida sexual poco común, y no puede uno por menos de preguntarse cuánto habría cambiado el curso de la Historia europea si hubieran sido sexualmente normales. Al ser inferiores por su estructura sexual, fueron quizás empujados a formas más directas de expresión agresiva. Pero, por extrema que llegara a ser su dominación, nunca podía saciarse su ansia de súper status, porque, independientemente de lo que consiguieran, ello no podía darles jamás los genitales perfectos del macho dominante típico. Aquí se cierra el círculo del sexo de status. Primero, la condición sexual del macho dominante es tomada como una expresión de la agresión dominante. Luego, se vuelve tan importante en este papel que, si existe algún defecto en el equipo sexual, resulta necesario compensarlo cargando aún más el acento en la pura agresión.» Capítulo III. 10. Sexo de estatus.
Creo que el párrafo rescatado puede hacernos entender esa agresión a la que se puede llegar por no saber encajar bien las piezas del puzle que a cada uno le ha tocado vivir, con nuestras virtudes y nuestros defectos. Desde luego, la lista de mandatarios acomplejados sería extensísima y muy, muy ilustrativa para la tesis de este escrito. Si tiramos del hilo podríamos hablar de Franco y de su baja estatura, así como de su voz meliflua, —tan extraña para un hombre de su condición—, de lo rechoncho de su cuerpo, de esa cara de eterno mediodía sin sustancia ni atractivo. Y qué decir de actuales políticos que subyugan a su pueblo en aras de un nacionalismo trasnochado y apocalíptico. Véase el caso de Hugo Chávez: maleducado, grosero, terco en sus ideas y poco dialogante. ¿De dónde le vendrá esa actitud altiva que trata de camuflar con el “compañerismo” que dice tender a sus conciudadanos?
Para muchos de nosotros George Bush ha sido también uno de esos mandatarios torpes y ridículos en su compostura. Yo diría que es un acomplejado que ha tratado de salpicar sus miedos allá por donde pisaba, es decir, por todo el mundo. No podría saber, ni tengo la intención de hacer, ninguna teoría psicoanalítica sobre esos miedos o fracasos personales que, sin duda tiene que tener, a la vista de su actitud y comportamiento en muchas decisiones cruciales para su país y el resto del mundo. Pero lo que sí notaba era  la actitud de un ser inseguro, con lagunas considerables culturales. Un traje y corbata que se le quedaban grandes. Estoy seguro de que si se hubiera quedado en su rancho de Texas, sin más horizonte que su ganado y sus pastos y el amor a su mujer, todos habríamos salido ganando, incluido él mismo.
También puede ser que el poder, esa esfera anhelada por muchos, esa teta que todos quieren mamar, pueda llegar a cambiarte la percepción de las cosas y de ti mismo, instalándose un complejo grandilocuente, megalómano. Esto es, creo, lo que le ha llegado a pasar, al dialogante y aparentemente tierno Rodríguez Zapatero. Poder no es saber, y él, pienso, ha llegado a confundir estas dos acciones. Creía que al poder, sabía; y se coló.
 Si en el poder de personas individuales asistimos a un paroxismo desbocado de traumas y miedos, ¿qué decir de los países? Como he señalado recientemente en una entrada sobre Somalia y su hambruna, unos países se especializan en ganar y otros en perder. Aquellos territorios que se creen inferiores les asalta la duda y lo revisten de nacionalismos trasnochados y anclados en el pasado. Sacan a sus muertos centenarios para arrojar, como balas ácidas, teorías en contra de una situación que dicen no les corresponde.
No voy a abordar, al menos de momento,  este vergel de los sinsentidos nacionalistas pero sí que sería bueno replantearse si bajo esos territorios infunden a las personas un sentimiento de inferioridad y complejo y, por ende, de odio. Observo diariamente, sin salir de mi país, personas que se creen que lo suyo es lo mejor, que su tierra es la más agradecida y hermosa y que el resto  les importa un pimiento. Desdeñan otras culturas para reivindicar la suya y tienen miedo, sí, esa es la palabra. Pero, ¿miedo de qué? Escapan de lo que ellos consideran un nacionalismo imperante para refugiarse en otro y mientras tanto, se desprecia, humilla y mata al vecino.
El nacionalismo se cura viajando y abriendo los ojos al resto del mundo; el complejo mirando dentro de nosotros mismos y valorando lo que somos, la fuerza que toda vida posee, única e insustituible, irrepetible y perecedera. Querámonos un poquito más, esa es la cuestión.

lunes, 1 de agosto de 2011

Gente con-tacto


     Tengo dos lugares predilectos para observar las conductas humanas y sus relaciones. Estos
 lugares me han servido para captar ese instante del encuentro entre amigos, amantes, infieles, solitarios o necesitados. Esas dos atalayas han sido los cafés y los bancos que están en cualquiera de las avenidas o parques que he visitado.
Te sientas en un café, con el propósito de descansar, de leer un rato el periódico o de degustar la magia del local y te dejas estar. Entonces aparece una persona que por algún motivo desconocido te llama la atención y la persigues con la mirada, discreto, intentando que no se te note. Esa persona que ha llegado se sienta y cruza unas palabras con el camarero para pedirle algo. Duda, mira la carta, mira al camarero y señala algo que le apetece. Pasan unos minutos y se le ve vacilante. Mira el reloj y nadie aparece. Hojea distraídamente una revista que ha cogido del bar, o mira el móvil, apunta algo en un cuadernito de notas (los más modernos en su blackberry) o simplemente se dedica a mirar a otros que él o ella ha elegido como yo lo he hecho. Al poco aparece otra persona y se dirige a su mesa y se saludan. Este es el momento que quiero rescatar. ¿Cómo nos saludamos? ¿Qué desprenden nuestros gestos y nuestra actitud ante esa forma de decir que estamos ahí y que te estábamos esperando?
Hay infinitas maneras de abordar el encuentro. Depende de tantos factores como de relaciones humanas. Los amigos que hace tiempo que no se ven y se aprecian tanto que se abrazan fuerte. Se detienen un tiempo en esa estrechez de los dos cuerpos. Un brazo que acerca al amigo a su pecho, el otro por la cintura, y los rostros muy cerca del cuello, detenidos, como en un pensar cuánto te aprecio y cuánto te echo de menos. Por eso el mundo parece detenerse en ese instante en el que se aprietan férreamente, sin prisas, sin desdobles.
En otra mesa otras dos personas se encuentran y su saludo es más ágil. Uno de ellos llega y se acerca al que esperaba y le da un simple beso, rápido y fugaz pero tierno. Se aprecia que tienen una relación diaria y que ese es un gesto cotidiano.
Muy cerca se encuentran a su vez otras dos personas. Una de ellas duda y se va acercando lentamente, como con pudor. Intuyo que es una de las numerosas citas a ciegas que hoy día provoca el encuentro de Internet. Esbozan una gran sonrisa por ese querer agradar. Se tocan ligeramente el hombro sin son dos chicos, o se dan un tímido beso apenas con roce si se trata de un hombre y de una mujer. Ese podría ser el primer encuentro de un amor apasionado, o de una noche que termina de forma precipitada después de un coito frío pero no por ello necesario, o de un primer contacto a las puertas de la amistad.
Salgo de la cafetería y después de caminar distraídamente, no tengo ninguna prisa, me siento en un banco estratégico para ver pasar la tarde y, con ella, a cientos de personas que van de acá para allá en el trajín de un día cualquiera. Me encuentro con gente que no tiene paisaje y que se me diluyen como acuarelas borrosas entre la multitud. Pero siempre hay alguien que brilla en este pasto de cemento de la tierra. Alguien que también espera en una esquina señalada de la ciudad y que su encuentro será parecido al de la cafetería. Alguien que se encuentra por casualidad con una persona conocida y de nuevo salta ese mecanismo que tenemos aprendido por imitación de conductas. Se nota en su lenguaje no verbal si se aprecian; si se han parado por obligación y su cuerpo denota que llevan una prisa fingida, como de no querer pararse mucho. Mientras se despiden ya se van separando y hacen gestos alzando los brazos como para reencontrarse de nuevo, sabedores de que todo es una farsa y de que no tienen ni la más remota gana de volver a encontrarse porque se incomodan mutuamente, o simplemente porque ya no se tienen nada que decir.
Un escenario maravilloso en nuestra cercanía con los demás es la terminal de llegadas de los aeropuertos. Ahí sí que he observado esos reencuentros que son férreos y empañados de lágrimas de emoción. El instante del abrazo dura bastante. Los rostros están tan cerca que se dejan rozar, complementarse con el otro rostro de una forma sólida y duradera en la mayor parte de los casos y circunstancias.
¿Por qué percibimos todos estos matices aunque no escuchemos lo que están diciendo? No solo son los gestos (lo no verbal quinésico, dicen los expertos en la materia) los que nos arrojan señales de estas variopintas conductas humanas, sino también el uso que hacemos de nuestro espacio (signos proxémicos) y de nuestro tiempo (signos cronémicos).
Efectivamente, el abrazo es sagrado, el toqueteo con las manos, la dirección de los ojos, su intensidad, la distancia que mantenemos con las personas con las que interactuamos, los silencios, las pausas, los chasquidos, la rigidez o distensión de nuestro cuerpo, etc. son fundamentales a la hora de percibir esa amalgama de relaciones. Movimiento, distancia y tiempo son la tríada que nos pueden delatar en ese sutil misterio que son las relaciones humanas. 
Y todo ello, ese encuentro en los cafés, los aeropuertos, las estaciones de tren, de metro, las esquinas de nuestra ciudad, los cementerios o los hospitales, todo ello es como nuestra propia lengua silenciosa. Digo nuestra propia lengua, porque desde luego, donde nadamos como pez en el agua es en el territorio del español para aquellos que somos nativos de este código. Si saltamos fronteras y culturas todo lo dicho anteriormente va a variar considerablemente. Nuestra manera de tocar y acercarnos al mundo es cultural e idiosincrásica. Si viajamos a Japón, por poner un ejemplo extremo, todo lo comentado en esos encuentros de los cafés va a ser my diferente. Esto no es ninguna novedad. Sin embargo, a veces nos empecinamos en no entenderlo y es entonces cuando ponemos la etiquetita a otras culturas. Es que los alemanes son muy fríos, o los árabes me miran tanto que parece que me desnudan, o los japoneses es que ni se tocan. Pues bien, ni los alemanes son fríos (los habrá, como en España o Cuba), ni los árabes te quieren desnudar, ni los japoneses tienen ningún problema que les impida tocar. Son tan solo diferencias culturales aprendidas desde que nos relacionamos en un determinado país en el que hemos crecido y degustado la leche materna.
De lo que no me cabe la menor duda es de que a todos los habitantes de este planeta nos gusta el tacto, el roce y la mirada, sea cual sea la forma en que nos acerquemos, nos miremos o nos rocemos. Y es en la forma del abrazo en donde no podremos mentir ni mentirnos.